Ushetu, Tanzania, 26 de agosto de 2020

El año pasado, en mayo, escribí una crónica contando sobre un proyecto de hacer una ermita de la Virgen en una montaña, el Monte Irondo. Pudimos obtener esa montaña gracias a que hace mucho tiempo, cuando llegaron los primeros misioneros, pusieron allí una cruz. La gente del pueblo reunido en “cabildo” decidieron darnos esa montaña, que en realidad consiste en una gran roca granítica, y queda a quince minutos caminando desde nuestra casa.


Gracias a Dios hemos podido comenzar a concretar los proyectos, de a poco. Una de las primeras cosas era volver a poner una cruz en el mismo lugar donde estuvo la antigua de madera. Todavía queda un hueco en un poco de cemento, que rodeaba la cruz de madera, inexistente ahora. Allí mismo, ni un centímetro a los lados, pusimos la nueva cruz, una bien grande, de cuatro metros de alto, de hierro. Y se la fijó con una base grande de cemento y piedra, de casi un metro de alto.


Para llevar la cruz quisimos que participaran nuestros fieles, y de esta forma también van tomando más cariño a ése lugar, como un lugar de oración y peregrinación. A esta montaña también fuimos este año en procesión eucarística, para desde allí bendecir con el Santísimo Sacramento a los cuatro puntos cardinales, pidiendo la protección de Dios contra el coronavirus.


El sábado 25 de julio, a las nueve de la mañana, partimos en procesión desde la iglesia parroquial de Ushetu, y se había juntado un buen grupo de niños, jóvenes, y adultos, en su mayoría miembros de la Tercera Orden y Voces del Verbo. Fuimos cantando y rezando el rosario, en una procesión muy animada, o mejor dicho, festiva. Cada grupo fue tomando la cruz para llevarla, los jóvenes, luego las señoras, luego los hombres, las aspirantes, los niños… y cada grupo que comenzaba a llevar la cruz, comenzaba a correr con ella, volando, y debíamos frenarlos para marcarles el paso, y que podamos ir todos juntos.

Al llegar al pie de la montaña pudimos ver que se había juntado un gran número de fieles, y fue muy emocionante la subida del último tramo, en los senderos entre la foresta, y la roca misma con la gran vista que domina. Hubo una gran exclamación de alegría cuando elevamos la cruz, allí mismo bailaron cantando cantos en sukuma, todos cantos con el tema de la cruz. Después rezamos un misterio del rosario, todos juntos, arrodillados rodeando la cruz. Hubo mucha emoción también… sobre todo cuando les conté que ya estábamos trayendo la imagen de la Virgen del Monte, que viene para quedarse en ése lugar. Una imagen grande, hecha en Ecuador, de la que les contaré más adelante, en otra
crónica, porque ya la tenemos entre nosotros.
En ése lugar, junto con la gente, nuestros fieles y amigos de la Tercera Orden, con las hermanas y los padres, le pedimos a Cristo y a
su Madre que siempre pueda estar la Familia Religiosa del Verbo Encarnado en éste lugar, en ésta misión, que podamos permanecer siempre custodiando esta cruz y la imagen de la Virgen. Allí me emocioné un poco, y creo que todos experimentábamos lo mismo. Rezamos, cantamos, y terminamos con la bendición.
Después de esto, todos los adultos y jóvenes se quedaron para ayudar a llevar los materiales hasta la cima, porque había que portar el agua en baldes, la arena, el cemento… para construir la base de la cruz.

Fue admirable ver a todos colaborando, las hermanas y los padres, llevando baldes con arena, las mujeres llevando el agua.
Con gran satisfacción podemos ver la cruz del Monte Irondo desde la casa de la misión. Y nuestro deseo es que la cruz les recuerde a todos el amor de Dios, cuánto nos amó Cristo desde la cruz, y que comprendan que es la caridad de Cristo la que nos atrae, y atrae nuestras miradas… “Cuando yo sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32).


¡Firmes en la brecha!


P. Diego Cano, IVE