Por: P. Diego Cano, IVE
Tanzania, 22 de enero de 2019
Pasó mi octavo año por estas tierras casi sin darme cuenta, y sin escribir nada. Hubieron muchas cosas en esos días, y siempre me ha gustado recordar como una fecha muy importante el aniversario de la llegada a la misión y escribir algo. Me gusta hacerlo, pues cuando miro hacia atrás me lleno de asombro y de agradecimiento. Y el agradecimiento produce siempre mucha alegría. Podemos ver en el tiempo que hemos pasado, cuánto nos ha cuidado Dios, y cuántos miles de detalles rodean nuestra vida cotidiana. Tantas veces pasa desapercibido a nuestros ojos, por el mismo trajinar del día, por estar preocupados, por atender a lo que tenemos entre manos. Es lógico todo esto, y pero por eso mismo los aniversarios son oportunidades únicas para detener el paso, como cuando escalamos una montaña. Vamos caminando pisando con cuidado, eligiendo el lugar, haciendo el esfuerzo en cada paso, mirando hacia el suelo. Y cuando al cabo de un tiempo razonable paramos para mirar el paisaje, tan sólo nos admiramos, y nos produce gozo espiritual.
El día anterior a esta fecha de acción de gracias personal, fue el domingo 17 de enero. Tuve que celebrar dos misas, una de ellas en el centro parroquial, y la otra en una aldea muy pequeña, pero que queda cerca. Es la aldea de Mkwangulwa, en la capilla “San Pedro Claver”. Se accede muy bien al lugar, pues el camino no es tan malo como en otros lugares, y en vehículo se llega en 10 minutos. La aldea está particularmente habitada por paganos, muchos paganos. El conglomerado de casas es chico, y uno puede contar en el “centro” unas 20 casas, pero hay muchísimas casas esparcidas en los alrededores. Estos centros tienen siempre la máquina moledora de maíz, que funciona a gasolina. También hay algún techado bajo, de pajas y palos, donde se reúnen los hombres, a veces a tomar café, otras veces a tomar alcohol, y a veces a charlar sin más, o jugar a las cartas. Hay también algún que otro pequeño negocio que vende los diez o quince artículos que suelen comprar la gente de estos lados, como fósforos, aceite, azúcar, sal, cosas de escuela, y cosas por el estilo.
A esta aldea vienen de apostolado las Servidoras, en particular las hermanas del noviciado y aspirantes. Vienen todos los domingos y a veces también los miércoles. Desde que se les encargué vienen sin abandonarlos, y realmente las necesitan mucho a las hermanas. Esta comunidad nunca pudo andar sola. No hay cristianos firmes, están los que vienen sólo cuando hay una fiesta, como los bautismos por ejemplo, y después no se los ve más. Antes de que vinieran las hermanas se ofrecieron algunos catequistas, que hicieron su trabajo por un tiempo, pero que siempre era desalentador, pues arrancaban muchos fieles con mucho entusiasmo, y tan pronto como comenzaron, abandonaban todo. A las hermanas les ha pasado lo mismo, en cuanto a que se encuentran con mucha gente en algunas oportunidades, pero lo común es que asistan los niños, y dos o tres adultos. La diferencia es que las hermanas no se han desanimado, y hace más de tres años que vienen sin interrupción. Los frutos de ese esfuerzo, desinteresado, y con la mayor de las caridades, que es el amor a las almas, da sus frutos. Hay que imaginarse lo duro que es misionar en una aldea de esta zona, en donde los días de sequía son muy duros, el viento y el calor son agobiantes, y recibir la indiferencia de la gente. Se necesita un verdadero amor a las almas y sentido sobrenatural de lo que se hace. No todos están en condiciones de hacer esto, y es muy fácil desanimarse, como les pasa a los catequistas, algunos de los cuales dependen mucho de que la gente los quiera, y les retribuya con bienes. Tenemos varias aldeas como esta, y en general las atienden las hermanas y los religiosos nuestros, porque están acostumbrados a ir por las almas, y lo hacen con mucho espíritu misionero. La mayoría de los catequistas también lo hacen con verdadera vocación, pero ellos necesitan tal vez mucho más que nosotros que su trabajo sea correspondido, sino se desaniman.
Estuve leyendo las crónicas de las primeras visitas a esta aldea de Mkwangulwa, crónicas del año 2014, y me ha hecho recordar que al principio no había nada allí, sólo el recuerdo de alguna capilla que había existido. La primera visita la hicimos con el catequista Filipo, que comenzó a reunir a los cristianos otra vez, luego celebramos una misa en la escuela primaria, y de allí fuimos a poner unas medallas en el terreno donde había estado la capilla de la cual en aquél entonces ya no quedaban rastros. Ése campo, después nos enteramos, era de una persona que solo lo había prestado para la capilla. Después buscamos otro terreno, y comenzamos a trasladar las piedras para los cimientos, pero se veía que estaba muy en el “centro”, al lado de los bares y el ambiente no sería el más adecuado. Así fue como se buscó un tercer lugar, el terreno actual de la capilla. La gente levantó la iglesia con sus propias fuerzas, y ellos mismos hicieron los ladrillos. Las hermanas les ayudaron para el techo. Pero siempre los adultos son pocos, y los “lideres” nunca están. Cuando comenzaron a ir las hermanas, comenzaron el apostolado desde abajo, con la visita de las casas, jugando con los niños, y dando catecismo. La liturgia de la palabra de los domingos es participada sobre todo por niños. Pero es que los niños comenzaron a atraer a los adultos.
Por ejemplo, hay tres niñas que sus papás son protestantes, pero sin mucha formación. No saben siquiera la diferencia entre una iglesia u otra. Pero ellos no han impedido que sus hijas se hagan católicas, y todas han recibido el catecismo, el bautismos en la iglesia católica, y la primera comunión. Los papás vienen siempre a la iglesia, y están todos los domingos con nosotros. El domingo, para la misa que celebramos, allí estaban, y uno de ellos leyó una de las lecturas a falta de más gente capacitada para eso. Ellos estiman muchísimo la educación y la formación de la iglesia católica. Tal vez más adelante sea el día que decidan, libremente, entrar a formar parte de nuestra iglesia. Otros niños más pequeños, siempre venían a jugar cuando llegaban las hermanas, y ahora la mamá comenzó a venir a rezar, y también estuvo el domingo en la capillita, y era uno de los cuatro adultos que asistieron.
Me alegraron muchos detalles de la misa en esa capillita. Cuando llegué, estaban todos esperando, como les digo, cuatro adultos, y el grupo de niños. Las niñas mayores eran las que guiaban los rezos y los cantos. Comenzamos el rosario mientras me senté a confesar. Se confesaron unas cinco personas, que es todo un logro, porque antes llegábamos para la misa allí, y nadie podía recibir los sacramentos. El piso de tierra estaba bien barrido, y habían adornos de flores. Me llamó la atención. Nunca suele pasar, pues no están acostumbrados a esto, las capillas son simples y no se puede dar mucho esplendor a la liturgia, aunque hacemos todo lo posible. Pero allí me llamó la atención, un ramito de flores muy pequeñas, pero que vistas bien de cerca eran muy hermosas, de varios colores, con mucho detalle. Le habían puesto un ramito junto a la cabeza del crucifijo de la pared, y también a la cruz que estaba sobre el altar. Me gustó mucho el delicado detalle para Cristo, en un lugar tan humilde. Es decir, alguien se da cuenta que lo que allí sucede es algo especial. Me dijo la madre Protectrice que una de las niñas que ha estado en los campamentos y en fiestas en la parroquia, han visto el ejemplo de cómo se prepara en la iglesia principal, como hacen las hermanas. Ahora ella prepara las flores todos los domingos.
Durante la misa las niñas cantaron y bailaron. Las lecturas fueron bien leídas y escuchadas. Todos participaron muy bien, y terminamos en un clima de mucha simplicidad… con mucha alegría interior. Los niños jugaban con total soltura, sin pensar en el padre, sin timidez, porque están acostumbraos a ver a las hermanas con ellos. Y todo eso me hizo pensar en tantos detalles, en una aldea tan simple, y en la que todavía hay que seguir rezando por los paganos, y seguir llevando la luz de Cristo en medio de esas tinieblas, a los que no conocen a Cristo. Pero esos detalles, me dijeron mucho. Hay cosas que se elaboran con detalles, y como nos enseñaron en nuestro tiempo de formación, las obras de arte se hacen con muchos detalles.
Ahora que agradezco a Dios por los ocho años de misión, le agradezco a Él, y a la Santísima Virgen por tantísimos detalles en lo cotidiano de nuestra vida misionera, que nosotros tantas veces no vemos. Y puedo dar gracias porque al mirar hacia atrás, hace varios años, cuando comenzamos otra vez a llegar a esa aldea, no había nadie que recibiera los sacramentos, no había nadie que preparara las flores del altar y de la cruz. Dios nos llena de sus detalles en todos nuestros días, y cuando uno mira hacia atrás, el año que pasó, y los ocho años que pasaron, no queda más que un gran sentimiento de gratitud, y de gran felicidad por esa obra de arte que es la misión y la acción de la gracia en las almas.
¡Firmes en la brecha!
P. Diego Cano, IVE