Por: P. Bernardo M. Ibarra, IVE

 

Visitando nuestra misión en Tanzania

Llevo ya más de tres semanas visitando nuestra hermosa misión en Tanzania, y como era de esperar, cada día tengo siempre nuevas impresiones e historias que contar. Muchas cosas son muy nuevas para mí y no ceso de encontrarme con cosas que me dejan boquiabierto. Pienso sobre todo en el trabajo inmenso que hicieron y hacen los misioneros aquí. Un trabajo ciclópeo. Las innumerables capillas que se atienden espiritual y materialmente y el extenso terreno de misión, ya hablan por sí solos.

Para comprender este trabajo colosal les pongo este ejemplo: me encuentro ahora, que escribo estas líneas, en un centro misional en la aldea de Nyasa, a un par de horas de la parroquia. Aquí hay una hermosa capilla construida por los misioneros de aquí y junto a ella una casa para el misionero, donde se puede descansar y pasar algunos días con muchas comodidades. Además de ser una construcción de buen gusto y bien terminada, la casa tiene un tanque donde se junta el agua de lluvia, paneles solares, cuartos cómodos, baños y un comedor amplio junto a una cocina. Para donde estamos, o sea, el medio de la África subsahariana, esto es un lujo y una muestra de que se ha trabajo denodadamente para poder levantar esta casa de descanso para el misionero, de tal modo que pueda pasar algunas noches aquí mientras visita las aldeas de los alrededores.

Si ponderamos todo los pormenores y las dificultades que se tuvieron que sortear para poder hacer este centro misional en el corazón de África, no podemos sino decir que es una obra colosal y magnífica. A uno le cansa simplemente el considerar la interminable lista de cosas que hicieron falta para llevar a término esta obra. Y así con todo lo demás.

 

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Pensaba yo, mientras andaba por estos caminos casi intransitables, bajo este sol de África tan gigante y haciendo de copiloto al p. Pablo Folz, IVE, que con gran destreza esquivaba los pozos y zanjas del camino, que todo este trabajo extraordinario de los misioneros no tenía -ni tiene- razón de ser, sino fuese porque cada una de las personas que aquí nacen, crecen, viven y mueren son los amados de Nuestro Señor. Cada una de estas personas, con sus pieles negras como la noche y brillantes como la luna, valen la misma vida y muerte del Redentor del mundo. Porque, como dice en su Historia de la Pasión el p. Luis de la Palma, Nuestro Salvador tiene tanto amor por las almas que ve como poco morir tantas muertes como hombres existen. ¡Nuestro Señor es capaz de morir millares de muertes, tantas como almas existen!

Mientras rumiaba estas cosas, llegamos a la aldea de Bulela. Allí la capilla en honor a san Luis Orione, no ha podido construirse aún por falta de dinero. De todos modos, la gente no se desanima por la escasez de medios, y bajo unas chapas de cinc, que hacen de cúpula y cielorraso, se junta para la Misa o para la Celebración de la Liturgia de la Palabra, como si tuviese la iglesia más linda del mundo. Y así fue que, rodeados por plantaciones de maíz, celebramos la santa Misa, festejamos al santo patrono y rezamos el via crucis.

Durante todo esto, yo no podía entender casi nada porque todo se decía en swahili, por lo que no pude sino seguir pensando que cada una de esas personas que participaba de la Misa, aquellos niños de ojos grandotes y mirones, aquellas niñas que festejaban a Nuestro Salvador con sus bailes, aquellos hombres rudos y trabajadores y aquellas señoras curtidas por el hogar, vuelven loco de amor a Nuestro Señor. Cada uno de ellos es el amado de Jesucristo, porque por cada uno Él se encarnó, nació en Belén, predicó por tres años, fundó la Iglesia, murió en la Cruz muerte afrentosa y resucitó de entre los muertos. Y si en el mundo existiese solamente una de esas personas que asistieron a la Misa en la aldea de Bulela, Nuestro Divino Redentor habría muerto lo mismo, con el mismo amor y la misma entrega.

Visitamos también la capilla de Ndairunde, para lo cual hizo falta andar caminos cada vez más escabrosos y lejanos, donde uno piensa que en cualquier momento se topa con el finis terrae. Y por esos mismos caminos veíamos cada tanto, mujeres llevando sus hijos en sus espaldas, pastores de vacas y niños recorriendo largos kilómetros para ir a la escuela. Y como quien dice, notábamos en sus rostros el amor del Redentor.

Los misioneros siempre hacen el esfuerzo de amar a las almas y a cada persona con la que se encuentran en la misión, aunque sea la primera vez que la vean y en un paraje tan remoto como Ndairunde. Aún así, el misionero llega tarde y no es el primero en amarla, porque Nuestro Señor ya ha estado amando a esa persona desde toda la eternidad: Él los amó primero.

 

Desde nuestro centro misional de Nyasa, mientras escucho los cantos del via crucis, les mando mis saludos a todos, ¡y que viva la Misión!

 

Firmes en la brecha,

P. Bernardo M. Ibarra, IVE