“¡Qué alegría cuando me dijeron «vamos a la casa del Señor»!”[1]

Aunque propiamente no tenemos todavía en Islandia ningún Santuario oficial, sí tenemos un lugar muy significativo que es objeto de la devoción de muchos católicos en nuestra nórdica isla: Maríulind, que está ubicado en un lugar que se llama Hellnar, en la península de Snæfellsnes. Se trata de una Imagen de Nuestra Señora insertada en la lava de una montaña en pleno campo, escenario natural y silencioso que fue testigo de lo que, según una antigua tradición islandesa, fue una aparición de la Bienaventurada Virgen María.

Según esa tradición, la Virgen se apareció al Obispo Guðmundur góði (Gudmundur el bueno) hacia el año 1230. Ella se apareció rodeada de tres ángeles, y pidió al Obispo que consagrara la vertiente de agua que todavía hoy se encuentra a los pies de la imagen, la cual fue colocada en 1989 por un pastor luterano en conmemoración del hecho.

El pasado 20 de julio, fue Maríulind el destino de la peregrinación que hicimos las Servidoras que misionamos en las dos comunidades que tenemos en Islandia, siete hermanas en total. Esa fecha es por demás providencial para hacer una peregrinación en Islandia: se trata de la Solemnidad de Heilagur Þorlákur (San Thorlaco), Obispo de Skáholt, el único santo islandés y patrono del país por nombramiento de Juan Pablo II en su visita a la Isla en 1989.

El domingo 19, día anterior a la peregrinación, las hermanas de la comunidad que está en Hafnarfjörður (cerca de la Capital) salimos hacia Stykkishólmur para juntarnos con las Servidoras que misionan ahí, ya que Stykkishólmur se encuentra en la misma península que Maríulind. Ya el lunes inició nuestra peregrinación en un pueblo cercano llamado Ólasvík, y de ahí comenzamos a caminar los 25 kilómetros que lo separan del lugar donde se encuentra la imagen de la Virgen.

Ofrecimos la peregrinación por nuestra querida Familia Religiosa, y para que Dios la bendiga con muchas y santas vocaciones. ¡Hemos llevado con nosotras a cada miembro de la Congregación presente en los cinco continentes! Ya sabrá nuestra Buena Madre cómo repartir los frutos que quiera sacar. Por supuesto, hemos rezado también por nuestra misión en Islandia y por todos los misioneros aquí, particularmente por la comunidad de los Padres del IVE, cuyo Patrono (precisamente S. Thorlaco) festejaban ese mismo día.

Durante las siete horas que duró nuestra caminata, nos acompañó ininterrumpidamente el espectáculo natural de glaciar y montaña, valles de lava, ríos, lagunas, cascadas y mar. ¡Cuánto nos habla de Dios el paisaje virgen de Islandia! Tan hermoso y cautivante como sereno y arcano, en gran parte inexplorado, ¡como Dios mismo! Con tanta belleza se le hace a uno fácil dirigir la mente al Creador y así consagrar la larga caminata que de otro modo podría hacerse pesada. Y así fuimos caminando, “entre la fatiga del camino y la esperanza del reposo, entre el llanto del destierro y el anhelo del gozo de la Patria, entre el afán de la actividad y el deseo de la contemplación serena”[2].

Fuimos rezando los cuatro misterios del Rosario, cantando, contemplando… y así, mientras tanto, íbamos implorando la santificación de ese suelo que íbamos pisando, suelo de una tierra que, aunque tan llena de la belleza de Dios, parece tan lejos de conocerlo. De hecho, ese es un fruto que ya entonces pudimos ver: “hacer presente a Dios donde no se lo conoce”. Al ver esa montaña, o ese valle, o esa cascada… ¿habrá alguien que haya alguna vez pensado en su Creador? ¿Se habrá rezado alguna vez un rosario en este suelo en el que lo hicimos? ¿Habrá alguien alguna vez entonado un Himno a Dios o a su Madre Santísima en ese mismo lugar? ¿Cuántas almas en gracia de Dios, portadoras del Creador, habrán pasado por esos caminos? Si hubiese resultado que nunca se había alabado a Dios en ese lugar por el que caminábamos, entonces, ahora podemos decir que ya alguien lo ha hecho. “¡Como tu Nombre, oh Dios, tu alabanza llega hasta el confín de la tierra!”[3]

Al final, esa debe ser toda nuestra recompensa: glorificar a Dios en el lugar en el que nos puso… ¡y qué honor que sea un lugar tan recóndito! Parafraseando al Beato Mauricio Tornay: “correr por Dios es ya en sí misma una obra nobilísima y hermosísima, aun cuando no haya frutos”.

Llegamos a la gruta hacia las 19:30 hs, y nos acercamos a la Imagen entre cantos, honrando a nuestra Madre Celestial. Ahí rezamos las vísperas, y terminamos muy agradecidas de haber podido peregrinar en nuestra lejana isla.

Que la Virgen María haga fructificar los esfuerzos de sus “misioneras boreales”, para que desde nuestra isla sigamos edificando el Reino de Cristo.

¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen! ¡Viva la misión!

María de Jesús Glorioso, misionera en Hafnarfjörður, Islandia.

[1] Sal 121

[2] P. Carlos Miguel Buela, “Mi Parroquia”, EDIVE, p. 575.

[3] Sal 48,2