«Todas las cosas se disponen para el bien de los que aman a Dios» (Rom 8,28)

Nuestro directorio de espiritualidad dice que hemos de «ver todo a la luz de los designios amorosos de la Providencia de Dios» [DE #67] Nuestra casa de formación monástica en Génova es uno de los ejemplos clarísimos de su Providencia.

En 2015 fuimos invitadas por el obispo de Génova, el Cardenal Angelo Bagnasco, a convivir con las hermanas de la Santísima Anunciación, llamadas “Turquinas”, por el color celeste o turquesa de su escapulario.  Como contamos en la primera parte de esta crónica, se trata de una orden dedicada a la Santísima Virgen y a la Encarnación del Verbo.  No es mera coincidencia que ahora nosotras, que tenemos un cuarto voto de esclavitud mariana, y nuestra patrona es la Virgen de Luján (la Virgen de blanco y celeste), con el carisma de prolongar la encarnación en cada hombre, nos encontremos en este monasterio.

  1. Vida de la Beata María Vittoria de Fornari Strata

La fundadora de este orden, la Beata María Vittoria de Fornari Strata, es la patrona de nuestra comunidad.  Cuanto más conocemos su vida y el carisma de su orden, más nos ayuda a profundizar en el misterio de la Encarnación de Cristo, y a honrar a la Virgen en cuyo seno se hizo carne.   Queremos compartir su vida con ustedes, nuestra familia religiosa, para que pueden conocer a este modelo de santidad e intercesora en el cielo.  Su fiesta se celebra el 15 de diciembre.

Nuestra beata nació en 1562 de una familia noble de Génova.  Sus padres, Gerolamo de Fornari y Barbara Venerosa eran generosos con los pobres y modelos de virtud, y criaron sus nueve hijos en la fe.  Vittoria era muy amable y se notaba su piedad.  Obediente al deseo de sus padres, a los 17 años se casó con Angelo Strata, un hombre de grandes talentos y también muy devoto.  Ambos se respetaban y se amaban muchísimo.  Tuvieron seis hijos, y la joven mamá recibió cada uno como un precioso regalo de Dios, ofreciéndolos al Señor y la Virgen.

En 1587 Angelo se enfermó y murió, dejando a Vittoria con 5 hijos y el último por nacer.  A causa de la muerte de su esposo, la desconsolada esposa cayó en una gran depresión. Recurriendo a la Santísima Virgen, rezando delante de un cuadro en su cuarto, le pidió que cuidara a sus hijos. Vittoria vio que la Virgen tendiéndole el brazo, le dijo estas palabras: “Vittoria no dudes de tales cosas, porque yo no solo quiero tomar tus hijos, sino también a ti misma… Quédate tranquila y alegre, y no temas. Una sola cosa quiero yo de ti, y del todo el resto déjame que lo piense yo. Quiero que en todo te dediques y procures sólo amar a Dios sobre todas las cosas”.

Este acontecimiento consoló a Vittoria, que salió y tomó otra vez el cuidado de su familia.  Comenzó a vivir de manera mas simple, a hacer grandes penitencias, ayudar a los pobres y enfermos.

Vittoria fue un modelo para sus hijos, que crecían en cuerpo y espíritu, aprendiendo de su mamá a ser generosos, a rezar y buscar la gloria de Dios sobre todas las cosas.  Alessandro murió a los diez años, habiendo ofrecido todo su dolor con alegría; las dos hijas entraron al monasterio de las Canonesses Laterensis; y los tres varones en los Frailes de San Francisco de Paula.  Todos religiosos ejemplares. Fray Tomaso, el más joven, murió siendo diácono y fue declarado venerable.

Con sus hijos entrados en religion, Vittoria pudo concretar un deseo que tenía en el corazón desde la intervención de la Virgen: la fundación de una nueva congregación que será dedicada totalmente a María Santísima. El 15 de Mayo de 1604, el Papa Clemente VIII aprobó la nueva fundación y las constituciones, tomando como regla la de San Agustín.

Era su deseo: “Queremos hacer un monasterio del cual no se pueda ver otra que dos cielos: el de nuestra celda y el cielo externo, y nada más…”  El 5 de agosto de 1604, fiesta de la Virgen de las Nieves, tuvo lugar la fundación oficial.  El hábito consistía en una túnica blanca (símbolo de la pureza de cuerpo y alma), un escapulario celeste (en honor a la Virgen) y un velo negro.

María Vittoria fue nombrada la primera priora. Guiaba sus hermanas con solicitud materna, a crecer en unión con Dios haciendo todo por su amor, dándoles ejemplo en todo.

En imitación de María las nuevas religiosas llevaban una vida de oración, sacrificio, silencio, claustro estricto, y una vida comunitaria modelada en la de la Sagrada Familia.  La navidad y la Encarnación eran fiestas centrales, preparadas con novenas y ayunos.

Durante los primeros años, la nueva congregación pasó un tiempo de prueba.  María Vittoria se mantuvo firme, y viendo el peligro que amenazaba su congregación, encomendó todo en manos de la Virgen rezando delante de un cuadro de la Sagrada familia.  Entonces escuchó a la Virgen que le dijo: “¿Qué tienes Vittoria? ¿Qué temes? ¿Por qué te lamentas? Este Monasterio es mío.  Yo soy la que lo ha hecho y yo quiero tenerlo bajo mi cuidado. Deja entonces el pensar a mí, y no dudes que todo pasará bien.”[1]

Solucionándose tiempo después las dificultades por intervención de la Santísima Virgen, siguió adelante la obra de Dios. A esta imagen, amada por las hermanas Turquinas, la veneran bajo el título de la Virgen de la Protección, cuya fiesta se celebra el 16 de junio.

Con ternura materna y gran entrega María Vittoria inculcaba en sus hermanas el espíritu de la orden, cuyo fin específico era de «agradecer a Dios por el don inmenso de la Encarnación y de amar ardientemente a la Santísima Virgen, cooperadora en este misterio inefable».[2]  En sus constituciones dice: «Queremos que todas nuestras oraciones, mortificaciones y observancias sean primero para la gloria de la Santísima Trinidad; en acción de gracias por su determinación desde toda la eternidad de querer salvar el género humano por medio de su Verbo hecho carne; y por todas las gracias concedidas a la humanidad Sacra de Jesucristo nuestro Señor.  Segundo, a la alabanza y honor de la Bendita Virgen, y para rendir gracias a Dios por todos sus dones y privilegios que ella ha recibido de su divina majestad; en especial que fuera escogida para ser Madre de Dios….  »[3]

Dos años antes de su muerte, después de recibir la comunión fue movida a ofrecerse a Dios. En su última enfermedad, soportó todo en perfecto acuerdo con la voluntad divina.   Pasó estos días de dolor en coloquio íntimo con el Señor, siempre sonriente y en calma. Fijando el crucifijo, con sus últimas palabras invocó a Jesús y María, y dejó esta vida.  Era el 15 de diciembre de 1617.

Su fama de santidad ya era conocida antes de su muerte y luego se hizo más patente con los milagros.  Su cuerpo despedía un perfume “que no era de este mundo”; y a pesar de los años quedó incorrupta.  Los dos milagros para su beatificación fueron curaciones de algunas de sus Hijas de la Congregación por ella fundada.

En1828, fue beatificada por el papa León XII.

  1. Tiempo post-fundacional

Después de la muerte de la Fundadora, los monasterios se multiplicaron, varios en Italia y también en otros países. Vivian en ferviente oración, ofreciendo sus vidas en oculta alabanza a Dios y a la Virgen.[4]

A mitad del siglo XX, luego de la Segunda guerra Mundial la orden solo contaba con dos comunidades en Génova. Como ambos edificios sufrieron bastante con los bombardeos, y por otras circunstancias, se unieron en una comunidad y se trasladaron a un nuevo monasterio.  Así, las hermanas “turquinas”, llegaron al monasterio en solemne procesión, acompañadas de muchos fieles, llevando el cuerpo incorrupto de la beata fundadora, y fue el obispo quien presidió la misa de bendición del monasterio.  Aunque la Beata Maria Vittoria nunca vivió en ese monasterio, sin embargo, gran parte del patrimonio de la orden se encuentra aquí.

Y este es el monasterio que Dios, en su Providencia, ha querido confiar a las Servidoras, el cual se encuentra sobre una colina en el pequeño pueblo de San Cipriano.

Pedimos la intercesión de la Beata María Vittoria, para que siguiendo su ejemplo podamos imitar al Verbo Encarnado y llevar muchas almas al cielo.  A nuestra Madre Celestial, quien prometió siempre proteger a las monjas de este monasterio, pedimos la gracia para nosotras y cada miembro de nuestra familia religiosa, de ser siempre fieles a nuestro carisma y nuestros votos para la gloria de la Santísima Trinidad.

Hermanas Contemplativas, Génova


[1] Risso, p. 41

[2] Cf. Une Religieuse du Monastère de Joinville.

[3] Constituzioni delle Monache dell’Ordine della SS. Annunziata, Genova, 1934, Art. 4.

[4] Cf. Ibid p. 18