Por: P. Bernardo Giacinti, IVE

 

Al cumplirse un año de haber llegado a Rusia, quisiera agradecer tantos beneficios recibidos de Dios y de la Virgen. Tantos bienes recibidos de la congregación, de la fidelidad de nuestro fundador al carisma, y de tantos otros, recibidos de mis superiores y de la generosidad de mis papás al entregarme a Dios y a su Santa Madre.

Como dice San Pablo: ¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo tienes, ¿de qué te glorías como si no lo hubieras recibido? (1Co 4,7) “Todo es gracia de Dios”. Y por eso, nos toca corresponder a ese amor tan alto, y vivir a la altura de nuestra vocación, muriendo cada día, sabiendo que Dios no se deja ganar en generosidad.

Por eso, el mejor modo para disponerse a la gracia y a la misión, es morir cada día a uno mismo. Como decía Santa Teresa: “Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero”.

Y así, cuando uno “muere un poco” visitando a los feligreses un poco distantes, como a unas dos horas en auto desde la parroquia que tenemos aquí en Uliánovck, y se administran el sacramento de la reconciliación y el de la eucaristía, los fieles agradecen enormemente la presencia del sacerdote y la asistencia espiritual. Son almas que nos esperan y que tienen sed de Cristo.

Al experimentar esa alegría tan espiritual, y tan inmerecida, a uno lo incentiva a tomar conciencia y a reflexionar sobre lo que uno es: “Ministro de la Sangre de Cristo” como decía Santa Catalina. No somos más que siervos inútiles de Cristo que quieren apagar su sed de almas.

Como dice Nuestro Señor: «Así cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: “Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber”». (Lc 17,10)

Y también, como dice San Pablo: 2Co 5,20 “Nosotros somos, entonces, embajadores de Cristo, y es Dios el que exhorta a los hombres por intermedio nuestro”.

De aquí, que uno comprende la importancia de vivir íntimamente unidos a Cristo y a María, la importancia de la vida interior y de saber que llevamos un tesoro en vasijas de barro. El poeta Pemán coloca en labios de san Ignacio la bendición y la despedida de san Francisco Javier a tierras de misión:

Yo te bendigo Javier

que Dios bendiga tus hechos.

A grandes empresas vas

y no hay peligro más cierto

que este de que arrebatado

por el afán del suceso

se te derrame por fuera

lo que debes llevar dentro.

La vida interior importa

más que los actos externos

no hay obra que valga nada

si no es del Amor reflejo

la rosa quiere cogollo

donde se agarren sus pétalos.

Pídele a Dios cada día

oprobios y menosprecios

que a la gloria aún siendo gloria

por Cristo le tengo miedo…

Pidamos a Nuestro Señor y a la Virgen de Fátima, por el aumento de santas vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras para estas tierras de misión, para nuestra Congregación y para la Iglesia.

Que Nuestra Señora de Fátima, nos colme de bendiciones y nos conceda la conversión de Rusia al Inmaculado Corazón de María.

 

P. Bernardo Giacinti, IVE