Por: Sem. Francisco Javier Manciola, IVE

 

Querida Familia Religiosa:

Con gran alegría quiero contarles las gracias que recibimos en estas últimas semanas cuando fuimos a ayudar a nuestros hermanos del Hogar “San Martín de Tours”.

Todo comenzó cuando el Padre Gonzalo Gelonch, Rector del Seminario Mayor, nos presentó la posibilidad de colaborar en “la Ciudad de Caridad”, lo cual acogimos con mucha alegría.

De a poco, íbamos llegando a nuestro temporal destino; la mesa se iba alargando y las habitaciones se iban llenando. Llegamos a ser 9 seminaristas viviendo junto con los religiosos que usualmente misionan allí. Por su parte, la comunidad de las hermanas tuvo 5 nuevos refuerzos,  y 5 hermanas los que, dejando las clases y ocupaciones ordinarias, urgidos por la Caridad, vinimos solícitos a dar una mano a las necesidades de esta obra.

Por un tiempo el Hogar cumplió su sueño: hubo religiosos por todos lados. La Madre Notre Dame lo expresó como un “un milagro”. Éramos como un Ejército de la Caridad, entusiasta, que venía a socorrer a los más necesitados de nuestra Familia, aprendiendo en el día a día la labor que teníamos que realizar: cocinar, dar de comer, bañar, vestir, jugar, etc.

Tratamos de cumplir lo que nuestras Constituciones nos enseñan:

«Queremos amar y servir, y hacer amar y hacer servir a Jesucristo: a su Cuerpo y a su Espíritu. Tanto al Cuerpo físico de Cristo en la Eucaristía, cuanto al Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia: formada por nosotros mismos que, por la santidad de vida, debemos llegar a ser “otros Cristos” y por todos los hombres en los que vemos al mismo Cristo, en especial, los pobres, los pecadores y los enemigos»

Por esto mismo, intentábamos ser religiosos superabundantes de las virtudes de Cristo, derramando a nuestro paso el Buen Espíritu, y cosechando sus frutos de amor, alegría y paz por donde anduviéramos, a pesar de nuestras limitaciones. Sabíamos que la Gracia de Dios nos iba a acompañar, y así fue…: Se escuchaban risas y cantos, bombo y guitarra en el parque y en los pabellones… ¡Qué felicidad tenían los chicos con tan poco!

Gracias a Dios, pudimos superar juntos todos los obstáculos que fueron surgiendo, descollando la unidad y la fortaleza como Familia.

Tuve la gracia de ver a mis compañeros religiosos, futuros misioneros, cumplir aquello de gastarse y desgastarse por el bien de las almas. Se los veía afanosos de practicar lo que nuestro Fundador nos enseñó por medio del Carisma: «tener la disposición de sacrificarse por el Reino de los Cielos».

Los bedeles del Hogar nos contaban, que, para ellos, fue una gran alegría ver la espontánea disposición que teníamos todos aquellos -que por gracia de Dios- fuimos a colaborar. Uno de ellos me comentó que él no estaba solamente agradecido por la ayuda material, es decir, en cuanto trabajo físico, la cual fue muy importante y valiosa, sino porque él sintió el apoyo de la Familia, y, a su vez, por medio de ella, el apoyo de Dios, que quiso inspirar a nuestro Fundador el Carisma del Verbo Encarnado para nuestro bien y la de toda la Iglesia.

Una de las cosas que, creo que todos pensamos en ese corto tiempo, fue lo que Benito Piergentili dijo en una ocasión: ¡esto no es un bedelato, sino una misión!

Por último, antes de despedirme, quisiera comentar tres cosas que pude aprender o profundizar en el Hogar: Que lo primero y lo más importante es la Vida de Oración, porque es el fundamento de todo el bien que por la gracia de Dios podemos realizar, y porque sin Espíritu de oración, sin la íntima unión con nuestro Redentor, toda obra carece de sentido y de valor.

Un ejemplo claro fueron los mismos beneficiarios, siempre prontos al rezo del Rosario, de la Santa Misa, de las procesiones eucarísticas de cada jueves y de la confesión. Su oración era sencilla pero no superficial porque tenían la certeza de que Dios los escuchaba, hablaban con Él sin obstáculos, como un hijo con su padre.

Que lo segundo es el apostolado de la Vida Fraterna Común, que es la Caridad con mi hermano religioso, que está dejando su vida para seguir a Cristo igual que yo y que me ayuda a ser más Santo. Esto es importantísimo para alcanzar la perfección de la Caridad, a la que tendemos con todas nuestras fuerzas. También resaltar la importancia de la eutrapelia.

El P. Damián Morales, dos días antes de ser internado, hablando con un bedel le manifestó que:

“Más allá de todo el bien que se pueda hacer en el trabajo de los hogares (o cualquier otra obra apostólica), para el Religioso siempre primero están los deberes de Caridad para con la Comunidad, y si esto se cumple toda la obra tendrá fruto, pero si no, hasta la obra más “espectacular” carece de sentido y va a la ruina”.

Y lo tercero es que es una gracia enorme poder servir al mismo Cristo en los más necesitados, y poder demostrarle en ellos cuanto lo amamos.

Doy gracias a Dios y María Santísima por este tiempo de Gracia para los chicos del Hogar y para nosotros, los religiosos en formación. Pidamos por nuestras obras de Caridad en el mundo entero y para que Dios vea cómo tratamos a su Hijo y nos bendiga con muchas y Santas Vocaciones.

Unidos en la oración.

En el Verbo Encarnado y su Madre Santísima.

Sem. Francisco Javier Manciola, IVE