Por: P. Diego Cano, IVE

 

Mazirayo, Kahama, Tanzania, 14 de octubre de 2020.

Anoto algunas cosas de hoy. Estoy en el centro misionero de Mazirayo, y me he venido por toda esta semana, así puedo celebrar misa en cinco aldeas de estos lados. Hoy fui a Itobora, y doy gracias a Dios de haber regresado, porque vi muchos cambios respecto de la última vez. Estuve allí en mayo para hacer los bautismos de los catecúmenos, y en aquella oportunidad, me quedó muy mala imagen debido al mal espíritu que reinaba. Lo digo con motivos reales, como el hecho de que en esa misa nadie cantaba, no estaban las niñas que bailan, no respondían, y los líderes mostraban un desgano en la preparación de todo, que ni siquiera habían pensado en que íbamos a comer juntos con los que se habían bautizado. No había absolutamente nada de preparación ni de entusiasmo. Me costó mucho concentrarme aquella vez, y los corregí muy fuertemente. Sin embargo me esforcé en que los que se habían bautizado tuvieran al menos un buen recuerdo, con los regalos, las fotos, la música en el amuerzo, y hasta tuvimos que esperar más de una hora para que trajeran comida para todos, pero al fin comimos todos juntos. Para que pudieran tomar una gaseosa, utilizamos el dinero de las ofrendas de ése día.

Hoy al llegar me recibió el grupo de niñas en el camino, vestidas todos con su uniforme con los colores papales… y en la iglesia había mucha gente. Ya empezamos bien, pensaba. Estaba el coro y un nuevo organista, profesor de la escuela secundaria, y que está casado por iglesia. Mientras rezaban el rosario estuve confesando, y la misa se desarrolló por todo lo mejor. Había adultos cuidando a los niños, y estos se comportaron muy bien. Me pregunto qué es lo que ayudó a este cambio… y creo que siempre es bueno corregirles y enseñarles. Y a veces necesitan esto, y la experiencia me lo confirma.

Pero también puedo pensar es que principalmente hubo una enseñanza de Dios mismo… puesto que hace un mes y medio falleció el anterior organista, a quien yo varias veces le dije que no podía tocar porque no se había casado por iglesia, y porque no tenía buenas costumbres. Falleció en circunstancias muy tristes, lejos de su casa, y lo encontraron tirado al otro día, sin saber bien la causa de la muerte. Dos meses antes había ido a pedirme que lo dejara guiar el coro, y yo le decía que regularizara su situación. Pues entonces no había grandes obstáculos, ya que tenía muchos años viviendo así, y tenía que casarse. Sobre todo por el gran beneficio de recibir los sacramentos, se sentiría mucho más feliz. Pero no quiso escuchar, dijo que “después”… muchas veces él mismo era quien no iba a la iglesia y así la gente dejaba de rezar al no estar el coro, y así sucedió en la misa anterior, la de los bautismos, que nadie quería cantar… ni los del coro, porque él no estaba. En fin, un triste suceso, pero Dios de los males saca bienes, y escribe derecho con renglones torcidos. Por supuesto que rezamos por el eterno descanso de esa persona, y lo confiamos a la Misericordia de Dios que es infinita.

En fin, que hoy todos con su actitud mostraban haber entendido una gran lección sobre la vida, y sobre la muerte. Les recordé que nosotros los misioneros no hemos venido a hacer negocios, ni hacer turismo, sino que vinimos a salvar almas. Y que la salvación que nos obtuvo Cristo nos viene por el canal de los sacramentos… es la gracia de Dios. Nosotros queremos llevarlos a Cristo, no queremos otra cosa.

Pude comprobar la fuerza tremenda que tiene la palabra de Dios, en la que se funda nuestra predicación. La primera lectura del día fue escrita para nosotros hoy: “Están bien claras cuales son las obras de la carne: la fornicación, la impureza, la lujuria, la idolatría, la hechicería, las enemistades, los pleitos, los celos, las iras, las riñas, las discusiones, las divisiones, las envidias, las embriagueces, las orgías y cosas semejantes. Sobre ellas os prevengo… que los que hacen esas cosas no heredarán el Reino de Dios” (Gal 5,18-21). La gente escuchó con mucha atención, y la palabra de Dios trabaja en las almas.

Después de la misa el coro estuvo cantando afuera, la gente se alegró, bailaron… luego comimos debajo de un árbol junto con los líderes, los catequistas, y las niñas del grupo de la infancia misionera.

Al regresar a Mazirayo rezamos el rosario a las tres de la tarde, como todos los días durante este mes de octubre con la gente de esta capilla. Luego todos los niños se quedaron a jugar hasta la tardecita, pues hoy era un día de feriado nacional… y no habían ido a la escuela. Había un clima de gran alegría alrededor de la casa de los misioneros. La gente se acostumbra a vernos más por estos lados.

(Continúa la crónica de los dos días siguientes)