Por: P. Diego Cano, IVE

Ushetu, Tanzania, 28 de septiembre de 2020

No escribí al terminar el tercer día en Mazirayo, como lo tenía planeado. Aquél día pude celebrar la misa temprano, para la gente de esa aldea. Les pedí el jueves que la misa fuera temprano así también podía ir a otra aldea antes del mediodía, y así aprovechar más mi estadía por aquella zona. Es siempre muy lindo celebrar en la pequeña capilla de Mazirayo, porque la gente escucha con mucha atención la prédica. La capilla es pequeña, y la imagen de la Virgen de Luján también. Pude ver en misa a algunos de los que se habían casado dos días antes, y pasaron a comulgar… una gran alegría ver como van creciendo en la recepción de los sacramentos.

Luego de la misa, el catequista les pidió que colaboraran todos un rato para hacer un poco de orden en la zona donde se construye la iglesia nueva. Porque habían terminado los obreros dos días antes, pero quedaron desparramadas las tablas, y sobre todo muchos bloques de cemento, que servirán para la construcción. Fue admirable cómo todos se pusieron a trabajar: hombres, mujeres, y niños. Cada uno según su capacidad. Pero me soprendía y alegraba al ver a muchas mamás con sus niños en la espalda, cargando los bloques de cemento… son admirables las mujeres africanas. Iban y venían como si nada, y con una sonrisa en el rostro.

Algunos habían venido con ropa de misa, no de trabajo, y estaban trabajando sin problemas.

Los niños se pusieron a llevar bloques de a dos, o llevaban los pedazos partidos, para relleno del piso. Hasta veía a una mamá que caminaba con su niño de tres o cuatro años, que hacía lo que hacían todos… llevando un trocito de ladrillo. Y nos causaba gracia a todos. Y habían algunas señoras mayores, que llevaban las tablas, que pesaban menos. ¡En una hora el trabajo estaba terminado!

De allí me fui a la aldea de Namba 11 (que sería “Número 11”, como “lote 11”), y tiene de patrono a San Ignacio de Loyola. La aldea más lejana, pero viviendo esos días en Mazirayo, me quedaba a quince minutos en auto. Allí hemos construído una iglesia grande y muy linda. Le falta terminar, pero ya está perfectamente utilizable. Antes participaba muy poca gente, cuando teníamos la capilla de barro y techo de paja, que ya se caía. Ahora se ve un grupo considerable de personas, un coro formado por ocho cantores, las niñas que bailan eran unas diez o más, y hasta dos monaguillos, que se sabían muy bien el catecismo. En el sermón hice algo de catequesis, porque es gente muy sencilla, pero sobre todo porque hay muchos que no están bautizados, aún en el coro. Pero algunos niños respondían muy bien. De todas formas escuchan, y yo trataba de preguntar a ver si entendían, y salvo los dos o tres niños que ya estaban bautizados, el resto no respondía nada. No sé si es que no me entendían, o que mi swahili les resulta muy distinto todavía, y la mayoría de la gente grande habla sukuma… en fin, que creo que entre tanta pregunta y tratar de dar vuelta a los mismos argumentos, algo se entendió.

Esa tarde al regresar a la casa de los misioneros estaban los niños de la catequesis de Mazirayo, y mientras jugaban y tenían catecismo, me puse a hacer algunos arreglos en la casa, cosas de mantenimiento, puesto que vamos a quedarnos allí cada dos meses o más, siempre hay que componer algo. Cuando estaba comenzando mi viaje de regreso hacia Ushetu, ya casi entrando la noche, recibo la noticia de que en Argentina había fallecido el P. Damián Morales IVE… es decir, un hermano en la Congre. Tomé el rosario y comencé a manejar la camioneta durante la noche. Muchos pensamientos iban y venían, pero sobre todo los gratos recuerdos de los años vividos juntos como sacerdotes en el Seminario Menor de San Rafael. Si bien no puedo decir que lo conocía mejor que otros, puedo pensar que eramos amigos, y lo conocí bastante. Estuvo muy grave por varios días, y estuvimos rezando por él, pero siempre recibir una noticia así te golpea un poco. Por eso les digo que esa noche no quise ponerme a escribir, que se me cambiaron los planes. No me produjo tristeza, porque sé que estaba preparado, y morir perseverando es la gracia de las gracias. Morir como sacerdote y religioso, fiel a las promesas y votos, y trabajando en una obra de misericordia… qué más se puede pedir.

Pero quiero dejar aquí. Tengo ante mi vista, aquí en mi escritorio una carta del P. Damián, que me mandó en febrero. La encontré esta mañana entre cartas que tenía para responder, y la he leido un montón de veces hoy. Creo que merece que les cuente mejor… después.

Gracias a Dios por haberlo conocido y haber sido su amigo. Que descanse en paz.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano IVE