Por: Sem. Benito José Piergentili, IVE

 

¡Querida familia del Verbo Encarnado!

Durante estos últimos días, tuve la gracia, junto con otros seminaristas más, de ayudar en nuestro Hogar San Martín de Tours, en Rama Caída.

Todo comenzaba un 9 de septiembre en el que llegábamos al Hogar para dar una mano a los que allí trabajan. Desde que llegué, no paré de sorprenderme de ver cosas que capaz ya sabía o tal vez había escuchado, pero nunca me habían tocado vivir tan de cerca.

Una de las cosas que me llamó la atención fue los momentos de oración que teníamos con los chicos, tanto en la Santa Misa, en la cual ellos mismos realizaban los oficios litúrgicos, como en el rezo del Santo Rosario y las procesiones de Corpus Christi. En el rezo del Santo Rosario, los chicos ofrecían el mismo por diferentes intenciones, muchas de las cuales la gente o los mismos religiosos les pedimos que recen, ya que Dios acude en la ayuda de los más necesitados. Una vez que ya le habíamos dado de comer a los chicos y se habían acostado para dormir, teníamos una hora de adoración todos los religiosos y los voluntarios que querían, y muchas veces los chicos se quedaban toda la hora y hasta rezaban Vísperas con nosotros.

Como todos los jueves, desde que empezó la pandemia, realizamos la procesión de Corpus Christi por el interior del Hogar. Los chicos ofrecían esta procesión, que acompañábamos con el rosario, por todos los enfermos y afectados por la pandemia, por los benefactores del Hogar y sus familias, y otras intenciones particulares.

Los chicos nos ayudaban a limpiar sus habitaciones, los baños, el comedor, la capilla. Con ellos jugábamos al fútbol, tocábamos guitarra, cantábamos y así todos los días surgía algo cada vez más divertido.

 

En uno de los sermones de las misas que teníamos los religiosos todos los días temprano, el P. Javier Urquiza nos decía que no tiene que ser la pena lo que nos mueva a ayudar a los chicos, sino la misericordia. No hay que atarles los cordones, ayudarlos a vestirse, porque “pobre, me da pena, no puede” ¡No! “…una especie de compasión interna ante la miseria ajena, que nos mueve e impulsa a socorrerla si es posible”, aquella necesidad que sufre la persona (Directorio de Obras de Misericordia, C 1, 1, párrafo 5). Es por eso que cada día hay que fijarse en que cuando ayudamos a los chicos o cualquier cosa que hagamos con ellos, debemos hacerlo como si fuese Cristo. No porque así lo digan los santos, sino porque esa miseria o dificultad que ellos tienen Dios la permitió para que otros se compadezcan y movidos por la misericordia ayuden con caridad a ellos y esos somos nosotros en este momento. Esa misma misericordia es la que tuvo Dios al crear el mundo, al crear al hombre y concederle el poder de difundir ese bien por la virtud de su mismo Amor, el Espíritu Santo. “Él es esa potencia interior que armoniza el corazón de los cristianos con el corazón de Cristo y los mueve a amar a los hermanos como Él los ha amado” (Directorio de Obras de Misericordia C 2, 1, párrafo 2). Dios nos toma como instrumentos para revelar a los hombres el amor misericordioso de Dios con el género humano y poder aliviar muchos males que sufre el hombre. Los chicos están allí porque sus padres murieron o porque no pueden cuidarlos o tal vez porque fueron abandonados. Aliviar esos problemas mediante cualquier obra de caridad es a lo que estamos llamados en este tipo de ocasiones que Dios nos pone delante y lo que nuestro fin específico nos pide: Prolongar la Encarnación del Verbo en todo lo humano.

Tanto las hermanas como los seminaristas (en total, unos nueve, ya que otros fueron llegando después) que fuimos a ayudar, conocíamos poco y nada el modo de trabajar con los chicos, como tratarlos a cada uno. Pero eso era lo de menos, Dios se iba a encargar y el Espíritu Santo nos ayudaría a obrar en cada situación de tal manera correcta. El trabajo en familia seguramente dejó sorprendidos a los empleados o a la gente que ayuda allí como los voluntarios del Hogar San Juan Bosco. Y este ejemplo que se pudo dar, no es para que nos honremos a nosotros mismos, sino para que alaben a Dios por haberle dado al mundo hombres y mujeres consagrados a Él y ahora dedicados a las obras de caridad en este momento tan particular. De un modo muy evidente pude notar ese espíritu de familia que reinaba día a día en el Hogar. Una fundación de nuestra familia religiosa se vio necesitada y tanto el Instituto del Verbo Encarnado como las Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará, acudieron en su necesidad. Esto es familia, esto es unión en Cristo, este es nuestro carisma.

Evangelizar la cultura es nuestro fin específico: “sobre todo en países donde la proclamación explícita del Evangelio está prohibida y la única forma de hacerlo es a través del testimonio silencioso de los religiosos”. (Directorio de Obras de Misericordia, 1 Parte, C 1, art.2.)

 

Sentía que cuando les daba de comer, a Cristo se lo hacía; cuando les daba de beber, a Cristo se lo hacía; cuando los ayudaba a vestirse, a Cristo lo ayudaba. “Os aseguro que todo lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40) Dios me dio la gracia de ayudar a Cristo durante dieciocho días, y eso era lo que me hacía no querer irme. Por lo que escuchaba de los seminaristas que estaban conmigo y de las hermanas que habían ido a ayudar, tampoco querían irse. La ayuda material que habíamos dado sin duda era grande, pero el testimonio espiritual fue lo que nos unió como familia para acudir en las necesidades que el Hogar tenía.

Esto es lo que todos los años hacen los Padres que allí hacen apostolado, como también las hermanas, los seminaristas bedeles, los hermanos, los voluntarios del Hogar San Juan Bosco y los empleados: Ayudar al mismo Cristo. “Los niños son Cristo, el que los recibe, a mí me recibe” (Mt 18, 5) Si no se busca esto en el Hogar, de nada sirve el apostolado allí.

Pidamos la gracia de poder mediante esta gran obra de caridad, como es el Hogar “San Martín de Tours”, crecer en misericordia y ser movidos por ella para, en la medida de nuestras posibilidades, socorrer la miseria ajena.

Pidamos por la fortaleza de todos los que trabajan en este Hogar y a Dios démosle gracias por esta Ciudad de la Caridad que ha fundado y ha puesto en nuestras manos, que crece día a día en amor a los más necesitados.

 

 

 

Sem. Benito José Piergentili