Por: P. Diego Cano, IVE

 

Hoy estuve visitando la aldea de Bulela, que tiene como patrono a San Luis Orione. Salí tranquilo a media mañana, puesto que había dormido en la casa para misioneros que hemos construido en esa zona, justamente para estar más cerca de las aldeas del sur, y evitar los viajes que son largos y cansadores. Aunque en el tiempo de sequía los caminos están siempre más transitables.

El motivo de la visita era de rutina, es decir, después de varios meses tratamos de volver a visitar todas las aldeas, para que puedan tener alguna misa más en el año, y no llegar sólo para las fiestas especiales. Además que cuando se llega en una visita normal, se puede aprovechar para hacer todo más tranquilo, rezar con ellos, confesar más tiempo, compartir más traquilos el momento de la comida, y visitar a los enfermos en el caso de que necesiten.

Estamos al final de la sequía, seis meses que se hacen un poco duros, sobre todo por los calores, el povo, el viento… y el paisaje todo seco, pastos amarillos, árboles sin hojas. A las diez de la mañana ya pega bastante fuerte el sol, y como se acercan las lluvias, no hay tanto viento… una ventaja por un lado, pero también hace que el calor sea más intenso. En Bulela no tenemos capilla, porque la anterior se cayó con las últimas lluvias. Estaba hecha con ladrillos sin cocer, de barro, y los cimientos también… “vinieron las lluvias, pegaron los vientos, y la casa se vino abajo”… porque no estaba fundada sobre roca. El ejemplo que usó Nuestro Señor. Ahora han comenzado a levantar una nueva iglesia, y con mucho sacrificio han hecho los cimientos, ahora sí, con piedras y cemento. Una iglesia más grande, y que era necesaria, pues es cierto que la anterior era provisoria sobre todo porque era una comunidad nueva.

Durante este tiempo han aprovechado las chapas de la iglesia que se cayó, y con palos han hecho un techo que no ha quedado mal. Está abierto a los cuatro lados, y para las misas colocan telas y toldos en la parte del altar, para adornar e impedir un poco el viento. Eso sí, el techo de chapas es muy caluroso, sobre todo en el lado del altar donde no corre tanto viento, y el calor de las chapas de cinc a las doce del mediodía o la una de la tarde, te pega directamente en la cabeza. Pero estamos todos acostumbrados, nadie se extraña, ni se lamenta. Todo lo contrario.

Al llegar, como siempre en esta aldea, los niños salen a recibir al padre con cantos y agitando ramas con sus manos. Luego rezaron todos los fieles el rosario, mientras estuve confesando. Y comenzamos la misa, con la capacidad del “techadito” completa. La misa muy bien participada, con un pequeño coro, con las niñas que bailan, y si bien es fácil distraerse, al no haber paredes, hubo mucha atención. Les prediqué un poco largo sobre el rosario, por estar en el mes del rosario. Insistir sobre el rezo del rosario, enseñar a rezar el rosario, agarrar el rosario en todo momento… son cosas importantísimas en la vida cristina, y mucho más en la misión. El día de la Virgen del Rosario nos recordaron en un reenvío que San Luis María decía que en las misiones que predicó, donde siguieron rezando el rosario, perseveraron en las buenas obras, mientras que en los pueblos donde dejaron de rezarlo, volvieron a sus antiguas malas costumbres. En la misa bauticé a una niña de unos once años, que tenía algun problemas de salud, y por lo tanto no convenía no hacerla esperar hasta el final del catecismo.

Después de la misa fuimos a visitar a una enferma. Una abuela casi cieguita… ve muy poco, algo como cataratas me imagino, cuando pude ver sus ojos casi totalmente blancos. Me dijeron que el lugar era un poco lejos, y entonces les propuse que fuéramos en moto, pues cuando se trata de llegar hasta las casas de ellos, los caminos son imposibles para el vehículo. Ellos quieren ir en auto, porque es más cómodo, pero nosotros sabemos por dónde pasa el auto y por donde no. Ellos te dicen “sí pasa, sí puede llegar”, porque pasan las carretas. Pero gracias a la experiencia de tantas otras veces, les insistí que mejor si vamos en moto. Fuimos en dos motos, junto con dos catequistas, y dos maestros de la escuela primaria, católicos, que proporcionaron las motos y las manejaban. El catequista del lugar le había dado un poco de catecismo para prepararla, pero el lugar donde viven es otro poblado… Kasenga se llama, si no me equivoco. Anduvimos en moto cerca de quince minutos, así que en verdad era lejos, pasando por senderos llenos de arena, de ramas, de raíces, agradecía que no hubieramos ido en el auto. Por momentos llegaban ráfagas de aire caliente… eran casi las tres de la tarde.

Llegamos a la casita, pequeña de barro y techo de pajas. Saludamos, y se hicieron los preparativos. Nos sentamos a la sombra de una de las casitas, y sin perder mucho tiempo comenzamos los ritos de bautismo, comunión, confirmación y unción de los enfermos. Cuando le pregunto el nombre que elegía para el bautismo, dudó un poco, pero luego dijo “Rosa”. En estos lados no es muy común el nombre, así que por algo habrá sido. Le dije que es muy lindo nombre, que es de una santa que nosotros concemos mucho, Rosa de Lima. Allí se bautizó, sentada en el escalón de la cocina, y su madrina fue una vecina que es católica y había llegado en ése momento. La hija de Rosa, estaba sentada atrás, y se mostraba absolutamente ignorante de todo lo que pasaba, pero miraba con mucha atención y una gran sonrisa. Cuando la bauticé, no había ningún recipiente para recoger el agua bendita, pues no había nada en la casa. Así que el agua del bautismo corrió por la cabeza y cayó en la tierra sedienta, que la absorvió de inmediato. Terminamos toda la ceremonia y los presentes saludaron y felicitaron a la “abuela Rosa”. Habían llegado unas nietas de ella, que habían estado en la iglesia esa mañana y llegaron caminando cuando estábamos en el bautismo.

Luego me pidieron que bendiga un pedacito de terreno, muy chico, donde quieren hacer una iglesia pequeña, como para comenzar una comunidad, ya que la capilla de Bulela les queda un poco lejos, sobre todo para la gente mayor. Me alegré mucho, y ojalá que se pueda hacer algo. Bendije el terreno, y ya se habían juntado algunos vecinos más. Todas las casas de la zona parecen camufladas… techos de paja, paredes de barro. Hay mucha gente en esos lugares, aunque no los veamos. Los alenté a que hagan algo pequeño, transitorio, y empezar a juntar a la gente, y si van tomando fuerza y perseverando, ya se verá de comenzar con una capilla oficialmente.

Cuando bendecía el terreno, también me llamó la atención el agua bendita que caía en la tierra caliente, y seca, que “consumía el agua” en segundos. Pensé en la Sangre de Cristo… derramada por nosotros. Me la imaginé cómo caería desde la cruz en el Calvario, sobre la tierra. Y aquí esta tierra sedienta… caliente y seca. Lo ví cuando cayó el agua del bautismo, lo ví cuando caía el agua bendita en el terreno. La gente rezando, y la gracia de poder ser un testigo de que las palabras de Cristo no pierden su fuerza… “Ir por todo el mundo, y predicad el evangelio, enseñándoles a cumplir todo lo que yo os he mandado… bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”.

Por todo el mundo… nunca me hubiera imaginado estar ese día en Kasenga, nunca había estado en ésa aldea, y allí el catequista había preparado a esta persona… y allí se cumplían, una vez más, y con toda su fuerza, las palabras de Cristo.

Llegamos en motos, por caminos donde nos cruzábamos con rebaños, con pastores, con gente caminando… y parece que no estamos en el año 2020. Perdón por tantas divagaciones. Luego de la bendición fuimos a ver a una enferma que estaba en una casita vecina. La casita pequeñísima, pero muy bien barrido y limpio todo el patio. Nos sentamos afuera y el grupo ya era numeroso, entre los que vinimos de visita y la gente que se fue sumando. Compartimos gratos momentos de conversación y de bromas con ellos, había un clima de alegría cristiana. Hicimos la bendición de la casa, rezamos por la enferma, y le dejé un rosario… para que rece, y así rezamos unos por otros.

Durante el viaje de regreso, se venían todas estas cosas a la mente… y pensaba: ¿Se puede rezar meintras se viaja en moto por estos caminos? Claro que sí. Sobre todo si no me toca manejar. La gente saluda el paso de la moto… algunos saben que es el padre, otros simplemente se alegran de que los salude el “mzungu en moto”.

El día de hoy podría desaparecer en lo cotidiano de lo que hacemos los misioneros que estamos por estas tierras, porque son cosas que se repiten bastante. Pero para una mirada un poco más atenta, son hechos de gran trascendencia. No quería dejar de contarles… y el día todavía estaba a las cuatro de la tarde, y quedaba vovler a Nyasa, hacer una reunión con los líderes, y buscar agua porque el pozo de agua está a casi tres kilómetros… y para cocinar, lavar los platos, y bañarse, es una actividad de todo el mundo, incluídos los misioneros.

Dios los bendiga.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE

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