Por: P. Willian Valle Pacheco, IVE

 

Querida Familia Religiosa les quiero compartir una pequeña crónica de algo que sucedió en nuestra misión en Guyana y que nos ayuda a ver la misericordia de Dios para con los más necesitados.

Recuerdo haber leído en las aventuras del Padre Segundo Llorente en Alaska, una comparación que hacía entre una pieza de ajedrez y el misionero. El misionero es como una pieza de ajedrez que Dios usa y mueve como quiere y cuando quiere para poder ganarle la partida al enemigo, para llevar a cabo su plan de salvación de las almas, porque Él quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad (1 Tim 2,4).

El Papa San Juan Pablo II en la homilía de beatificación de los dos pastorcitos de Fátima, Francisco y Jacinta, afirmaba: “la meta última del hombre es el cielo, su verdadera casa donde el padre celestial con su amor misericordioso espera a todos. Dios quiere que nadie se pierda; por eso hace más de 2000 años, envió a la tierra a su Hijo, a buscar y salvar lo que estaba perdido (Lc 19,10)”.

Este “amor misericordioso que espera a todos” es lo que, en cierto modo, he experimentado hace unos días. El martes 22 de septiembre por la mañana me llamaron por teléfono pidiéndome que le llevara el santo viático a un enfermo; quedamos que iría después del mediodía y que alguien me pasaría a buscar. Nos fuimos en bote, río arriba, unos diez minutos desde nuestra parroquia en “Charity”, Guyana. Hasta este punto había cierta incertidumbre ya que no sabía a dónde íbamos, ni a quién iba a visitar.

Finalmente llegamos a la casa donde estaba el enfermo, me lo presentaron, estaba agonizando postrado en cama, tapada la cara con una camisa, en condiciones poco higiénicas. Le pregunté si quería confesarse, a lo cual él respondió que sí, y su esposa escuchando a los lejos exclamó, “¡Sí, sí padre! “¡Sí, lo que usted quiera!” Después de confesarlo y al momento de ungirle con el santo olio, le descubrí el rostro y para mi gran sorpresa la situación era mucho más crítica de lo que pensaba. Accidentalmente se había cortado el rostro con un metal y la herida se le había infectado. Fue suficiente para darme cuenta que no iba a vivir mucho tiempo más. Después de administrarle el sacramento de la Unción de los enfermos, recibió la comunión y me quedé un momento con él.

Al terminar, la esposa me dijo: “este hombre tiene suerte, padre. Tanto tiempo que ha estado lejos de la Iglesia y de Dios, y Él le envía a un sacerdote para que lo asista en sus últimas horas. Dios tiene misericordia”, exclamó.

Dos días después, pasé por enfrente de la casa del enfermo y decidí detenerme para preguntar cómo había seguido aquel hombre. Me dijeron que esa mañana había fallecido y la esposa me volvió a recordar: “Dios tuvo misericordia con él”.

Consideremos nuevamente las palabras del Padre Llorente, el misionero es como la pieza de ajedrez que Dios utiliza, mueve como y cuando quiere para ganar la partida al demonio, para la salvación de las almas, y para comunicar su misericordia a los más necesitados.

Aprovecho para pedir oraciones para que podamos ser fieles instrumentos de la misericordia de Dios aquí en Guyana, y especialmente para aquellos que tanto necesitan tal misericordia.

¡Viva la misión!

P. Willian Valle Pacheco, IVE

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