CRÓNICA DE LA  DEL
NOVICIADO CONTEMPLATIVO “SANTA MARÍA MAGDALENA”

La fresca mañana del 7 de noviembre, el Monasterio “Santa Teresa de Los Andes”, en San Rafael, Mendoza, se despertaba en un clima especial. Los gorriones y demás aves inundaban el ambiente con su dulce canto, posados en los olivos del patio interno dedicado a Nuestra Señora de Fátima, como preanunciando los cantos de alabanzas que más tarde tendrían lugar en el coro de nuestra querida capilla. Camino hacia la misma, entre los todavía oscuros y silenciosos pasillos, sin necesidad de cruzar palabras, se vieron elocuentes miradas entre novicias y hermanas profesas, miradas de alegría y júbilo con que todos los corazones rebozaban: ¡hoy tendríamos la gran dicha de recibir nuestros santos hábitos!

Como todas las mañanas, comenzamos el día con una hora de adoración al Santísimo y el canto de laudes. Seguidamente compartimos un desayuno festivo, donde una de las novicias, con un librito de frases, nos hacía elegir un número al azar y nos “regalaba” una de las frases. Providencialmente cada una encontró muy acertada la que le tocó en suerte.

Luego del desayuno, rezamos el Santo Rosario, rodeadas del hermoso olivar “Santa Teresa”. Se anunciaba un clima fantástico, Dios nos regalaba un cielo sin nubes, imagen del Verbo divino, simbolizado en nuestro escapulario color azul.

Al volver del rosario, nos encontrábamos con un Monasterio bastante “revolucionado”, como no lo habíamos visto antes. Por aquí y por allá se veían ya algunos “velos blancos” de nuestras hermanas del noviciado apostólico “San José”, que habían venido a ayudarnos con los últimos preparativos. Después del canto de Tercia en la capilla, les dimos la bienvenida… ¡La dicha reinaba por doquier!

Realizamos un último ensayo de la ceremonia y nos pusimos manos a la obra: armar centros de mesa, decorar la carpa para el festejo y terminar la cartelera; éstas fueron algunas de las actividades que nos mantuvieron ocupadas durante un buen rato. Llegadas las 10:00 am, una hora antes de la ceremonia, nos retiramos a preparar nuestros hábitos y nuestros corazones… Estábamos a punto de dar otro paso significativo hacia una consagración total, una donación completa a Nuestro Padre Dios. Y por fin llegó el momento tan esperado; nos dirigimos alegres a la capilla. Los familiares y amigos que pudieron hacerse presentes iban llegando y ocupando los bancos de la Iglesia, una gran emoción se dejaba entrever en sus rostros.

La ceremonia fue solemnizada por el coro, integrado por hermanas de las diferentes casas de Nuestra Provincia. la Santa Misa fue celebrada por nuestros sacerdotes: el padre provincial, R.P. Emilio Rossi y concelebrada por los padres Ezequiel Pizarro y Gabriel Zapata. Además, se pudo transmitir toda la ceremonia en vivo, para aquellos familiares y amigos que no pudieron asistir presencialmente, tarea a cargo de los seminaristas del seminario mayor. Gracias a esto muchísima gente pudo conectarse a distancia y participar virtualmente.

En la santa Misa, después de la proclamación del Evangelio, nuestra madre provincial, María Bonne Mère, realizó el “llamamiento”, donde se nos pregunta qué es lo que pedimos al Instituto; de esta manera pudimos hacer un público pedido de pertenecer al Instituto Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará.

En la homilía, el P. Emilio Rossi, nos habló de los grados de amor a Dios y cómo el religioso persigue el grado máximo, un amor totalmente desinteresado y olvidado de sí mismo y nos trajo a la memoria los ejemplos de nuestros hermanos sacerdotes que recientemente han partido a la Patria Celestial.

Llegó el esperado momento de la “vestisión”; luego de ser bendecidos los hábitos por el celebrante, nos acercamos a recibir de manos de la M. Bonne Mère nuestros velos, mientras respondíamos a la jaculatoria: ¨El Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros¨. Puestas de rodillas frente al altar cada de nosotras esperaba a su madrina para ser revestidas del blanco velo de novia, anhelando en el alma ser vestidas de las virtudes de una prometida de Cristo, como la esposa del Cantar de los Cantares: ¨blanca azucena de los valles¨[1]. Finalmente recibimos el abrazo afectuoso de felicitaciones, expresando con ello la caridad fraterna que une a todos los miembros de la Iglesia en el Corazón de Cristo.

Una vez finalizada la santa Misa, ya en el atrio de la Iglesia, comenzaron los saludos, llantos, risas y foto en un verdadero clima festivo.

Al pasar a la carpa armada en el olivar del monasterio, destinada a los festejos, pudimos saludar a nuestros familiares y amigos, y a las hermanas de la comunidad que nos estaban esperando con un delicioso almuerzo.

El fogón, infaltable en nuestros almuerzos festivos, estuvo animado por varios números. Participó un grupo de novicias apostólicas que nos acompañaban, también los seminaristas y sacerdotes invitados, la mamá de una novicia recitó una poesía para su hija, nuestras hermanas profesas cantaron en distintos idiomas. También una de nosotras escribió para la ocasión una poesía que queremos compartir con ustedes:

”Como el pequeño pesebre,

Que en las noches sostuvo

El compás de los sueños

Inocentes y puros.

De ese Dios escondido

En el cuerpo de un niño,

Que hoy se ofrece y nos deja

Sus Sagrados Latidos.

Como el burrito atado

Que se vio liberado

Y uso todas sus fuerzas

Para llevarlo a cuestas,

Sumiso y manso

Para que todos vean,

Que ya viene llegando

El Rey del cielo y la tierra.

Como mudos olivos

Que abrazaron su angustia

Y fueron testigos,

De la más noche oscura

Y prestaron oídos

A la más santa súplica

Que se pudo escuchar.

Como aquel paño

De Verónica en la mano

Que se fue abriendo paso

Por multitud de pecados,

Hasta grabar el rostro

Que hoy cuenta la Victoria

De la misericordia.

Como el firme madero

Que vigilando el tormento

No dejó que una gota

De su sangre preciosa

Se derrame en el suelo

Y quede por siempre

Olvidada en el tiempo.

Como aquel ángel

Que supo consolarte

Quiero vivir libre del mundo

Sólo para amarte…[2]

Finalizamos, como en todas nuestras fiestas, cantándole a la Virgen nuestra amada Madre del Cielo, bajo cuyo amparo nos encomendamos cada día y en cada momento. A ella también pedimos la gracia de la perseverancia en la vocación.

Les agradecemos a todos por compartir esta alegría con nosotras y nos encomendamos especialmente a sus oraciones.

Hna. María Consuelo en la Cruz Ambrosini.

-Novicia Contemplativa-


[1] Cant. 2,1

[2] Hna. María Mater Salutis