Por: M. María de la Contemplación, SSVM

“Dad gracias al Señor porque es eterna su misericordia”


(Foto: Servidoras en Tierra Santa 1995)

¡Porque todo ha sido obra de su infinita Misericordia! Así lo demuestran estos 25 años de fundación en la Tierra de Nuestro Señor.

Dios en su infinita misericordia nos eligió, primero al llamarnos a la vida religiosa, a ser sus esposas y más tarde a la misión, a la misión en la tierra que lo vio nacer, crecer y morir y resucitar. Y esto fue siempre por puro amor y misericordia de Dios, pues sin nosotras pensarlo Él eligió esto para nosotras, y esta gracia primera ha atraído una cadena de bendiciones.

Él nos eligió porque Él quiso, por puro amor. Y ese amor se ha prolongado en el tiempo en los nuevos misioneros que han ido llegando a la misión, en las nuevas misiones que han surgido, en las almas de todos. No se podrían enumerar aquí todas las gracias recibidas en todos estos años, ni serían suficientes nuestras palabras para expresar el agradecimiento inmenso que brota de nuestro corazón. Por esto, solo quisiera destacar algo que desde los inicios palpamos y vivimos en la misión de Tierra Santa y es la protección paternal y esponsal de Nuestro Divino Esposo.

Cuando llegamos a Tierra Santa aquel 01 de octubre de 1995, éramos tres religiosas apenas salidas del Estudiantado “Santa Catalina de Siena” de Argentina, con poca o casi nada de experiencia. Ninguna superaba los 25 años. Nuestros conocimientos sobre el pueblo que íbamos a misionar eran muy reducidos y mucho más pobres aún eran los que teníamos de la religión islámica, que practicaba la mayoría del pueblo palestino; algo conocíamos de la historia y religión judía por ser el pueblo elegido, pero estos conocimientos no superaban los que uno adquiere intelectualmente en los estudios básicos o de la Sagrada Escritura. El conocimiento concreto y real lo fuimos adquiriendo día a día, no sin pocas sorpresas y tropezones, pero en esto mismo siempre resplandeció la protección y mano de Dios.

Al dejar nuestra Patria, familia, convento, hermanas, etc., partimos llenas de fervor y entusiasmo, y con el pecho henchido de honor por el privilegio que era para nosotras el ir a la Tierra de Jesús, poder visitar, besar, y rezar en los lugares mismos que se obró nuestra redención. Este destino de misión era algo muy grande como para haberlo imaginado o pedido, pues superaba ampliamente nuestras aspiraciones y deseos, ¡más aun considerando que nos encontrábamos en los inicios de nuestra querida Congregación! Así que todo se vivía con el fervor y el ánimo de los inicios de algo grande. Nos sentíamos verdaderamente privilegiadas.

Pasados los primeros meses y con ellos los encantos, emociones y fervores de todo inicio, el Maestro, como hiciera en otro tiempo con sus discípulos, también a nosotras nos iba a enseñar en aquella bendita tierra, que no se puede vivir siempre en el Tabor, sino que hay que descender para luego subir al Calvario. Y así poco a poco fuimos descendiendo del Tabor, y conociendo la realidad, no sólo del lugar, del pueblo, de la misión, sino también de nuestros propios límites y carencias.

La misión no es el lugar o mejor dicho no la hace el lugar, sino que la misión es y la hace el misionero, y eso a veces puede resultar duro para quien va ilusionado con grandes victorias o grandes batallas. Éstas generalmente se libran en nuestro interior y son las más difíciles de vencer porque hay que vencerse a uno mismo, pues como bien sabemos “se es misionero ante todo por lo que se es… antes de serlo por lo que se dice o se hace”. Así es que poco a poco tuvimos que aprender a vivir tres religiosas solas en medio de una cultura, religión y pueblos muy lejanos a los nuestros, y poco a poco fuimos percibiendo la hostilidad y peligros que confrontaban nuestra virtud, fervor y magnanimidad. Pero Dios que es infinitamente bueno, siempre nos sostenía en estas batallas, nos ayudaba y nos reforzaba en nuestra entrega y en el “fiat” que habíamos pronunciado al aceptar la misión. Cada vez se iba haciendo más profundo ese fiat, esa consciencia de que habíamos sido enviados por Cristo, y que era por su poder que estábamos allí y que éramos misioneros.

Uno de los primeros límites que se percibe al llegar y que perdura por muchos años es la falta de comunicación. Si no se conoce la lengua del lugar, no se puede comunicar y si no se puede comunicar, no se puede predicar. Por lo que, el apostolado que tanto ansiábamos realizar, por varios años se transformó, sobre todo, en un “testimonio de vida”. Si se quiere, este testimonio es el más importante, pero es el que más cuesta; primeramente, por lo necesario que se hace entonces la virtud y la santidad de vida, y, además, por la “no actividad” que esto supone y que tanto puede costar a un misionero entusiasmado con grandes actividades o prédicas. Pero en esto también Dios fue bueno con nosotros. Él nos alentó siempre con su gracia para dar cada día un paso, y poder así aprender la lengua e ir avanzando año a año, poquito a poco. Esto nos ha retribuido la inmensa gracia de experimentar verdaderamente que nosotros “siervos inútiles somos”, y que, por lo mismo, el protagonista de la misión es el mismo Jesucristo.

Otro hecho que recuerdo que al inicio nos confrontó e interpeló fueron las constantes contiendas entre ambos pueblos. Tal vez porque habían rechazado al Príncipe de la Paz, al Mesías, esta tierra no tenía paz. La violencia, atropellos cotidianos, atentados y enfrentamientos bélicos se sucedían uno tras otro. Esta fue una realidad totalmente desconocida para nosotras y que nos hizo valorar ese gran don de la paz que, hasta ese momento nosotras habíamos vivido como algo natural y que no percibíamos, como no se percibe el aire que se respira diariamente con normalidad y de forma natural.

El vivir entre dos religiones mayoritarias en el lugar, en el que la ley del talión se practicaba diariamente y como una verdadera ley, nos hizo también valorar mucho más nuestra religión cristiana, y la gran Ley Nueva y divina, que nos trajo Nuestro Señor Jesucristo del perdón, de la misericordia y de la caridad. Habíamos pasado a vivir en un país donde los cristianos eran una minoría, lo cual hace que la vida diaria tenga connotaciones muy distintas a nuestra normalidad y a veces incluso muy dolorosas.

Las primeras veces que dejamos Tierra Santa para tomar algún tiempo de reposo en Italia, nos resultaba maravilloso y gozoso respirar el ambiente cristiano y de paz, de una sociedad y cultura fundada en la fe de Cristo, por más que ésta hubiese perdido mucho de su genuinidad y profundidad, aun así, exhalaba el perfume de Cristo que es paz, gozo, caridad…

El contacto con personas de otras religiones, que tienen otras creencias y modo de vida, nos hacía profundizar nuestra propia fe, ya que muchas veces nos cuestionaban e interrogaban sobre nuestra religión, sobre nuestro Dios. Esto era un diálogo interreligioso que se desarrollaba en la vida diaria, con la gente con la que compartíamos las mismas dificultades, situaciones o circunstancias. Al mismo tiempo que profundizábamos en el conocimiento de nuestra propia fe, podíamos valorar y amar más el don de Dios, don precioso e inmerecido que habíamos recibido ya desde el seno materno. Esto nos hacía constatar lo que tantas veces habíamos meditado en los Ejercicios Espirituales en la “Contemplación para alcanzar amor”, cómo Dios nos había elegido para nacer en un país cristiano, en una familia cristiana, y cómo antes de que hubiésemos nacido, Él ya nos había destinado a recibir el don de la fe. ¡Verdaderamente la fe es un don libérrimo de la bondad divina!

La misión siempre es difícil y compleja. Ésta se realiza en medio de dificultades de todo tipo -interiores y exteriores- pero esto mismo hace que uno experimente el vértigo de la aventura misionera, el vértigo ante situaciones que a veces nos parecen insuperables. Ésta, -según mi parecer- es una de las gracias más grandes que se reciben en la misión. Pienso que, si se la sabe aceptar y apreciar, con ella se aprende que las dificultades, las debilidades, incapacidades, son parte de nuestro camino, de nuestra vida, y que, por lo mismo, se experimenta que la misión la hace Dios, que es obra de Dios, no nuestra. Sin sacrificios no se alcanza nada, no se construye nada, y por lo mismo sin derramamiento de sangre no hay redención. Estamos llamados a imitar a Cristo, y Cristo murió por la salvación de las almas, se hace imperativo, por lo tanto, la muerte del misionero.

La gracia se realiza en nuestra debilidad y por eso es necesario que el misionero pase por el crisol de la purificación para que dé fruto. Al inicio, ingenuamente se puede pensar que esa purificación vendrá de “verdugos” de afuera, pero con el paso del tiempo nos damos cuenta, que el verdadero verdugo somos nosotros mismos, que no dejamos reinar a Cristo en nuestro interior. Por eso, las dificultades son varias y muchas exteriores, pero el verdadero combate se libra dentro nuestro. Y para nosotras también fue así. La vida religiosa y comunitaria, se convierten en la primera y principal misión para que reine Cristo en nosotros y para que podamos dar fruto en nuestros apostolados. Cuando llegamos intentábamos hacer todo lo que habíamos aprendido en la casa de formación, nos costaba ser fieles, pues ya no éramos cuarenta hermanas sino sólo tres, por lo que nuestras capacidades estaban sustancialmente reducidas, ¡reducidas a las capacidades que teníamos sólo nosotras tres!, sin embargo, ese deseo y búsqueda de fidelidad al carisma, a la oración y a las sanas tradiciones, fueron nuestra primera misión y lo que nos mantuvo firmes y nos dio la fuerza para darnos totalmente en todo y siempre. Teníamos clara consciencia de que éramos enviadas por Cristo, que por nosotras estaba presente nuestro Instituto en la Tierra de Jesús, y eso nos daba un sentido de responsabilidad y compromiso que nos hacía luchar para superar toda dificultad y mantenernos firmes en la lucha.

La vida comunitaria se desarrollaba en medio de esta búsqueda de fidelidad y de adaptación a la misión. Éramos las primeras en llegar a dicha misión, sin ninguna experiencia misionera anterior, y sin tener a ninguna Servidora cerca como guía. Los medios de comunicación de aquel momento era el correo postal o el fax, así que esto nos proporcionó la enorme ventaja de aferrarnos a lo único necesario, a Jesucristo, Quien nos había llamado y elegido para ser sólo de Él. Así cada una de nosotras fue creciendo humanamente y espiritualmente, sostenidas y guiadas por Él.

Teníamos una fuerte vida comunitaria -que no quiere decir carecer de dificultades y diferencias- entre nosotras y también con los padres del Verbo Encarnado, quienes habían llegado antes a la misión. Ellos fueron verdaderos padres para nosotras, que nos aconsejaron, nos cuidaron, nos guiaron y protegieron muchas veces; y todo esto sin enumerar las innumerables gracias de orden sobrenatural que recibimos por su ministerio sacerdotal ¡Nunca podremos agradecerles lo suficiente! Y esta vida comunitaria y espíritu de familia era tan fuerte porque estaba cimentada en la vocación a que habíamos sido llamados, que era llegar a vivir la plenitud de la caridad, en la práctica de nuestros votos religiosos. Cristo nos había llamado, nos había congregado bajo una misma familia y nos había encomendado una misma misión.

La unión en el fin o la intención, era lo que nos llevaba a superar los obstáculos que atentaban contra la unidad o la caridad. Esto ciertamente supone renuncias y ascesis personal, pero eso mismo era lo que iba fortaleciendo nuestra unión, porque es en el sufrimiento donde se purifica y crece la caridad.

Otro punto de maduración en nuestra vocación misionera desde la llegada a la misión fue la ausencia de frutos palpables. Cuando se llega a la misión se va con el deseo y propósito de llevar muchas almas a Dios, de poder hablarles de Dios, hacerles profundizar en la fe, etc. pero, como lo dijimos al inicio, ya el primer obstáculo que encontramos -y este lo será por mucho tiempo- fue la imposibilidad de expresarnos en la lengua del lugar. Con el paso del tiempo, este escollo se hace cada vez más profundo y más pesado, y si no estamos atentos puede aplastarnos. El desánimo, como en todas partes, está siempre al acecho, por eso hay que estar vigilantes para no caer en la tentación. La fortaleza y el discernimiento son esenciales para resistir los ataques y mantenernos constantes en la línea de fuego, en el combate. Luchar por conservar el “magis”, el estar dispuestos a todo, a resignarse a la inacción, a la desilusión total, a cualquier sufrimiento y privación. Esto cuesta, por supuesto, y lleva tiempo aprenderlo y aceptarlo, pero es parte del “morir” y de la humildad del misionero que reconoce que la obra es de Dios, pero ya no sólo intelectualmente sino como verdad asumida y vivida. El Espíritu Santo es el protagonista de la misión y si le damos el protagonismo realmente, Él hará cosas grandes a pesar de nuestros límites, faltas y defectos.

Por consiguiente, no debemos extrañarnos, si sufrimos en las misiones, si en algunos momentos o lugares se sufre más de lo habitual. Esto es clara señal de que todo marcha bien. Si se sufre, se redime. No son nuestros programas, no son nuestros métodos, no es nuestra sabiduría, es Cristo quien obra la salvación del mundo.

Cristo trabajó y sufrió, y el Reino de Dios llegará a su cumplimiento en el mundo gracias al trabajo y al sufrimiento diarios de cada uno de nosotros, imitando a Cristo, hasta que todo acabe transformado. Y ese proceso de transformación continúa hasta el fin de los tiempos.

Al final, estos 25 años de misión, han sido un comprobar lo que Él nos dijo: “Yo estaré con vosotros siempre[1]. Fue así, así lo vivimos, así lo comprobamos. Por eso es absolutamente necesario que nos mantengamos unidos a Cristo y que a Él sólo sigamos sin descorazonarnos por nada, sin cesar en la batalla por ser fieles a nuestra vocación, al mandato misionero; siendo conscientes que hemos sido llamados a una tarea sobrehumana; convencidos de nuestra infinita miseria pero, por eso mismo, anclados en la Verdad que es Cristo y que nos ha dicho “duc in altum[2], “no temáis, yo estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos”.

Que la Santísima Virgen, Madre de Dios y nuestra, Reina de los Apóstoles, quien siempre nos ayudó y estuvo al lado nuestro como madre amorosa, continúe guiando y protegiendo a todos los misioneros de nuestra querida Congregación e infunda en nosotros el mismo deseo y fervor misionero que anidó en su corazón, y que la hizo Corredentora en la obra salvífica de todos los hombres.

Un especial agradecimiento a nuestro Padre fundador, a todos los sacerdotes del Verbo Encarnado que de un modo u otro nos han asistido y ayudado espiritual y materialmente, a nuestra Superioras que siempre estuvieron aconsejándonos y animándonos, y a todas las hermanas que misionamos juntas en Medio Oriente.

 

M. María de la Contemplación

[1] Mt. 28, 20

[2] Lc. 5,4