Por: P. Sergio Pérez, IVE

 

En los días que siguieron durante nuestra convivencia fue posible alternar días de peregrinación con días de descanso gracias a una familia amiga de los Padres de Le Luc que nos facilitaron su vivienda en Nantes. Esta ciudad, ubicada a poca distancia de Bretaña y de Normandía, nos permitiría cumplir el plan que nos habíamos propuesto.

En nuestro programa inicial, la segunda etapa debía cumplirse en Bretaña, una de las trece regiones que, junto con los territorios de Ultramar, conforman la República Francesa. Su capital y ciudad más poblada es Rennes. Esta región está ubicada en el extremo oeste del país, limitando al norte con el canal de la Mancha, al noreste con Normandía, al este con Países del Loira, al sur y al oeste con el océano Atlántico. Está formada por cuatro departamentos: Finisterre, Costas de Armor, Morbihan e Ille y Vilaine. El nacionalismo bretón reivindica como territorio bretón también el departamento de Loira Atlántico, el cual perteneció a la Bretaña histórica y actualmente pertenece a la región Países del Loira.

Decíamos pues que luego de la Vendée, debíamos dirigirnos a la región bretona. Sin embargo, revisando el mapa, calculando distancias y considerando una vez más la posibilidad que Dios nos concedía de poder realizar lo que nuestra familia religiosa no pudo a causa de la pandemia, decidimos agregar una etapa intermedia a nuestro itinerario para visitar dos lugares ligados a San Luis María: Montfort, ciudad natal del santo, situada en Bretaña, y Pontchâteau, lugar del gran Calvario construido por San Luis María -y que no pudo inaugurar- localizado en la región de Loira Atlántico.

Montfort: tras los pasos de San Luis María

El sábado 25 de julio, Fiesta de Santiago apóstol, después de haber celebrado la Santa Misa en el pequeño oratorio preparado “ad hoc” en nuestra casa de vacaciones (en Nantes) partimos hacia la ciudad que vio nacer al apóstol de María; ciudad por la que la Iglesia identifica a nuestro santo: San Luis María de MONTFORT. A pesar de no haber advertido ni reservado una visita, llegando a la casa natalicia un padre de la Compañía de María (o padre montfortiano) estaba allí para ofrecernos una breve guía.

 

Después de visitar la Iglesia de esta pequeña ciudad, continuamos nuestra marcha hacia Pontchâteau haciendo una parada para almorzar en el bosque de Brocelianda (en francés la forêt de Brocéliande). Se trata de un bosque mítico situado en el departamento de Ille y Vilaine, en la región de Bretaña, unos 30 km al sudoeste de Rennes. Las 7000 hectáreas de bosque que rodean la Abadía de Paimpont son los restos de un área​ mucho más extensa en el que se suelen localizar los episodios de las novelas del rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda. Es un lugar muy visitado por turistas, pero no era ésta nuestra condición. Esta localidad no entraba en nuestro programa, por lo que se trató sólo de una pausa para almorzar a orillas del lago, y seguir rumbo a Pontchâteau.

 

El calvario de Pontchâteau

 

Todo comenzó el 1° de mayo de 1709, bajo el reinado de Luis XIV. Al final de la misión que acaba de predicar en Pontchâteau, el Padre de Montfort –tenía 36 años– propuso a la parroquia entusiasmada un contrato de alianza y la construcción de un Calvario monumental. Esta idea de construir un calvario grandioso, San Luis María lo tenía en mente desde hacía mucho tiempo. Tenía además en su “equipaje” de misionero, un magnífico Cristo de 2 metros. El lugar que se eligió definitivamente se situaba en la landa de la Magdalena, lugar donde se encontraba antiguamente la leprosería de El Puente (así se llamaba Pontchâteau antes de la revolución).

De octubre de 1709 a septiembre de 1710, miles y miles de trabajadores voluntarios venidos de la región, incluso de España y de Flandes, levantaron, para la gloria de la cruz de Cristo, un monumento que parecía desafiar el tiempo.

El Padre de Montfort quiso visualizar con figuras bíblicas el Jardín del Edén y el Jardín de la Agonía … Pero lo esencial del mensaje era más profundo.

1) El gran apóstol de María no podía olvidar aquí su devoción favorita, la del Rosario. A los pilares que remataban la pared de la plataforma en la cumbre de la colina, hizo atar un inmenso rosario cuyos granos tenían el grosor de una bala de cañón de medio calibre que, cayendo en guirlanda de un pilar a otro, rodeaba la cima del Calvario.

2) En el camino, al pie del monte, reprodujo los misterios del rosario. Plantó a distancias iguales 150 pinos que figuraban los “Ave Maria”; y después de cada decena se elevaba un ciprés que indicaba el “Padre nuestro”, de manera que los peregrinos podían, caminando, rezar todo el Rosario siguiendo los árboles que se habían plantado.

3) El “Buen Padre de Montfort” -como les gustaban llamarle los voluntarios- quería además construir 15 capillas en las cuales debían ser representadas con figura de tamaño natural, los misterios del Rosario.

La bendición solemne fue fijada por el misionero el 14 de septiembre, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, comúnmente llamada fiesta de la Cruz Gloriosa. Nada fue dejado a la improvisación. Cuatro predicadores con fama fueron designados para “predicar en las cuatro esquinas”; el recorrido de la procesión estaba trazado minuciosamente, las horas de las ceremonias fijadas, todo el programa de la jornada establecido con precisión. El apóstol poeta había compuesto para la circunstancia uno de sus bellos cánticos:

 

“¡Queridos amigos, saltemos alegres!

¡Hermanos, tenemos en casa el Calvario!

¡Corramos, en alas de amor generosos,

a Cristo inmolado para darnos la vida!

El 13 por la tarde, unos 20.000 peregrinos llegaban de todas partes (de Nantes, de Bretaña, de Vendée y de Poitiers). Hacia las 4 de la tarde, un párroco vecino llega portador de un escrito de Mons. Gilles de Bauveau, obispo de Nantes, haciendo saber al Padre de Montfort que un Interdicto venido de Versalles ordenaba que todo lo que había sido hecho debía ser destruido:

“Su Majestad –Luis XIV– habiendo sabido que este Calvario era propio a dar asilo a gente de mala voluntad en vez de entretener la devoción del pueblo, me ha ordenado (el obispo) escribirle que todo lo que había sido hecho fuera destruido, los fosos tapados, las cruces y otras figuras suprimidas.”

El motivo del Interdicto era en realidad muy diferente: era la venganza de un cierto jefe de la nobleza, indignado por lo que había pasado recientemente en la iglesia de Campbon, donde las tumbas señoriales habían sido, bajo la orden de Montfort, desposeídas de sus privilegios.

SAN Luis María se pone enseguida en camino a pie hacia Nantes, con la intención de dar explicaciones de viva voz al Obispo y con la esperanza de que no se impediría la inauguración del Calvario. Llegado a Nantes se presenta ante el obispo, habla, pero sin resultado favorable: la decisión del Obispo de Nantes es irrevocable. Luego de esta durísima prueba, el Padre de Montfort se retirará a La Rochelle (sede de nuestra diócesis) donde vivirá la última etapa de su vida (de 1711 a 1715). Volveremos más tarde sobre este punto.

En 1747, los sucesores del P. de Montfort, emprenden la restauración del Calvario. Chocarán con las mismas dificultades que el Padre de Montfort 37 años antes. Sin embargo, una capilla se construye al pie del Calvario. El Calvario tal como se ve hoy tardó mucho tiempo para ser terminado. Epopeya religiosa de un ejército pacífico cuyas armas eran el pico, la pala y una potente polea que permitía el traslado de las estatuas y de las cruces.

Hay una fecha importante para recordar: el 24 de junio de 1899. Fue la inauguración solemne del Vía Crucis por el Cardenal Richard, arzobispo de París. Más de 50.000 peregrinos se apretujaban delante de la Scala Sancta. Y más magnífica aun fue la apoteosis de junio de 1948, cuando el nuncio apostólico en Francia, Monseñor Roncalli (futuro Papa Juan XXIII) aceptó presidir en el Calvario las fiestas de la canonización de San Luis María Grignion de Montfort.

Más de 300 años nos separan de los inicios de esta obra monumental, signo de una fe aún más grande: la de un gigante de espíritu. A través del rezo del Vía crucis, los cuatro sacerdotes del IVE tuvimos muy presentes a todos los miembros de la familia religiosa pidiendo la gracia de imitar a San Luis María en su amor a la Cruz y en su tierna devoción a la Santísima Virgen María de quien somos indignos esclavos de amor.

Luego de una rápida visita a un pequeño museo de las misiones de los Padres Monfortianos en todo el mundo, regresamos a Nantes para recuperar fuerzas y continuar nuestra peregrinación.

 

P. Sergio Pérez, IVE