Sabemos que cuando la Virgen quiere algo, no hay nada que lo impida, y podemos decir que así fue la peregrinación del Noviciado al Santuario Nacional de Nuestra Señora Aparecida, que realizamos durante los días de convivencia. No habíamos pensado esta romería, la idea surgió durante la misma convivencia, y pudimos constatar que la Virgen así lo quería, pues con su mano maternal fue disponiendo todo lo necesario, como seguidamente les contaremos.

Decidimos embarcar en esta aventura en el año en que el Noviciado cumple 25 años de fundación, nada mejor que peregrinar a la casa de la Madre para agradecer todas las vocaciones, la perseverancia y todo lo que de ella hemos recibido durante este jubileo.

Al buscar los lugares para pasar la noche, dimos con la una comunidad “San Pablo Apóstol”, en la cual el sacerdote nos recibió muy bien e incluso se animó mucho para pedir una misión popular. Para la noche del segundo día, intentamos en varios lugares, sin obtener resultado; recordábamos al Niño Jesús, que no tenía lugar para el nacimiento, pero al final encontramos una familia muy buena. El padre de familia nos dijo: “Hermanas, ustedes no se van de aquí sin conseguir un lugar” y nos prestaron la finca de su hijo.

Para la tercera noche, también fue difícil conseguir lugar, pero una cosa era segura: la Virgen lo quería. Fuimos dos veces en busca de un lugar. Al segundo día, cuando la tarde ya caía, decidimos volver a casa y, vimos un cartel que decía: “Apoyo a los peregrinos”, justo lo que buscábamos, una posada muy sencilla, a la cual sin dudas la Virgen nos llevó: Ella así lo quería.

Fueron 115 km caminando, no fueron 15 o 37 como hicimos otras veces… 115km, como nunca lo habíamos hecho antes. Éramos 32 hermanas en total. Junto a nosotras estaba también el Padre Maciel, IVE – sacerdote que nos acompañó durante el tiempo de convivencia-, el Sr. Miragaia y su hija, la Hna. Maria Mãe do Divino Inocente -que acababa de llegar de España- y nuestra provincial, Madre Maria da Divina Graça.

En el primer día partimos a las 4:30 am, caminado 33 km. Cuando estábamos por llegar, faltando 1,5 km había una cascada donde pudimos almorzar y descansar. La previsión del tiempo marcaba lluvia, pero el Señor nos brindó un lindo día y paisaje de la “Serra da Mantiqueira”. Llegamos a las 3:00 pm a la comunidad donde íbamos a pasar la noche. Tuvimos la Santa Misa, celebrada por el P. Maciel y el P. Leandro, párroco de allí, y después de la cena y un poco de eutrapelia con cantos en agradecimiento para quienes nos acogieron.

El segundo día caminamos 9 km más que el día anterior, un total de 42 km. La Virgen nos llevaba hasta Ella, entre cantos y rosarios, ofrecimientos y alegrías. Este día subimos la sierra y paramos para el desayuno en un mirador que tiene la imagen de la María Auxiliadora, Ella marcaba siempre nuestro fin, la casa de la Madre.

El camino era bastante pedregoso, entre los trillos había muchas piedras, y en algunas partes un abismo que acababa en un río, pero el rosario que rezábamos nos daba fuerzas. El camino era hermoso, me hacía acordar el camino de las nadas de San Juan de la Cruz, y la estrecha senda de la perfección. Para llegar a la cumbre, hay que ir por el camino de las nadas, esa es la recta vía. Cuando intentábamos salir del camino de los trillos (o de las nadas) para aliviar un poco el paso, se hacía más difícil y teníamos que volver a él. Cuando llegamos, al fin de los 42 km recorridos, Dios nos quiso regalar con un lindo sitio donde pudimos descansar y celebrar la Santa Misa con la familia que nos acogió.

El tercer día comenzó a las 4:00 am, pues cuanto más temprano salíamos, menos sol tomábamos en el camino. Ese camino que hicimos, es un camino oficial de peregrinación, llamado el “camino de la fe”, que muchas personas recorren para llegar al Santuario de la Virgen. De hecho, la gente está acostumbrada a ver varios grupos caminando por estas calles: muchas personas salían a las puertas de sus casas y hacían la señal de la cruz cuando veían que estábamos rezando el rosario, muchas otras en los autos nos saludaban, dándonos aliento para llegar a nuestro tan esperado fin: la casa de la Madre.

Faltando tan sólo un kilómetro para llegar, encontramos una fábrica de helado, ¡este fue un rico regalo de San José! Llegamos más temprano a la casa que nos acogería este día, pues caminamos 25 km, un poco menos que en los días anteriores. Aprovechamos para descansar y renovar nuestros ofrecimientos para el último día, en que nos encontraríamos con nuestra querida Madre. Ahí celebramos la Santa Misa con la familia y el Padre bendijo el lugar. Era la segunda Misa que celebraban en este lugar, sin dudas fue la Virgen quien eligió esta familia para llenarla con sus gracias, y usar de nosotros como débiles instrumentos para su obra.

El cuarto y último día nos marchamos a las 3:30 am, con el santo rosario en la mano, invocando a la Virgen entre cantos y oraciones. Ella era la Estrella que nos guiaba, Ella era el Puerto donde íbamos a anclar, Ella era la Señora que nos robó el corazón y nos llevó hasta sí. Cuando logramos ver el Santuario de lejos, ya olvidamos los dolores  y el cansancio… Nada más importaba, sino llegar a los pies de la Madre.

Pudimos llegar después de 4 días a los pies de aquella que es la Madre que nos hace fecundos y mansos, la Virgen que con su humildad destruye nuestro orgullo, la intercesora ante Dios del pueblo brasilero, llegar ahí y ponernos bajo su manto azul añil juntamente con todas las intenciones, poner a sus pies la Iglesia, nuestra Familia Religiosa, nuestros superiores, las vocaciones… Y depositar en su corazón todas nuestras confidencias, en este corazón de Madre que es el cofre que guarda los secretos y confidencias más íntimas de sus hijos. De ahí que no debemos querer alejarnos de ella, antes hacernos más cercanos, tenerla presente a toda hora, a todo instante. Pues su corazón guarda la joya que es el Verbo Encarnado, y allí nos encontramos con Él, y ella nos une y forma según el modelo de Cristo, el Verbo hecho carne en su carne.

Valió la pena todo sacrificio, para ver aquella Señora con las manos juntas que rezan por nosotros, que está siempre allí para interceder por nosotros, que quiso aparecer en el río Paraíba para estar con nosotros… ¡Ella lo quiso!

La Virgen Aparecida es una imagen tan pequeña, y alrededor de ella todo es grande, mas todo lo que está alrededor lo está porque en el centro está ella, enseñándonos que la grandeza está en hacerse pequeño, que lo pequeño y humilde a los ojos de Dios tiene más valor, que lo suyo es lo humilde y eso ha de ser lo nuestro. A ella todo sacrificio, toda alegría, todo amor, pues de Ella somos.

Decía San Bernardo: “…Si Ella te sustenta, no caerás; si Ella te protege, nada tendrás que temer; si Ella te conduce, no te cansarás; si Ella te es favorable, alcanzarás el fin”.

Que seamos cada vez más de María, para ser cada vez más de Jesús.

¡Viva la Virgen!

¡Ave Maria y adelante, siempre adelante!

Hna. Maria Virgem da Esperança

Noviciado María de Jesús Nazareno – Brasil