Por: P. Jason Jorquera, IVE


Un misionero, si bien ha renunciado a todo por seguir su vocación, dejando a menudo la patria, la familia, los amigos, la cultura, la lengua, etc., sigue siendo parte de su familia: es “el hijo que está lejos”, “el hermano a la distancia”, “el amigo que reza”, “el portador de la Buena Nueva que salió de tal lugar”, etc. Pero no es que propiamente renuncie a ella del todo, sino que pasa a formar parte -además- de una familia mucho más extensa, de lazos espirituales que son parte de aquella recompensa prometida a la renuncia por amor a Jesucristo (Cf. Mc 10, 28-31); capaces de fructificar hasta el ciento por uno según sea su fidelidad a la divina voluntad y su “morir al hombre viejo”, para volverse más espiritual en la vida de intimidad con Dios.

Y esta renuncia -reiteramos-, si bien implica sacrificios porque está aferrada irrevocablemente a la Cruz, también se encuentra llena de dádivas de lo alto, comenzando por los bienes espirituales de la propia alma para llevar a cabo su misión, el ser testigos del obrar de Dios en los corazones que le han sido encomendados, y gozar de la satisfacción de que se ha hecho la mejor y más segura inversión de la propia vida según la divina disposición. Pero también implica en muchos casos aquellos pequeños detalles siempre impagables, porque son gracias, que fuerzan a la gratitud y a la determinación de traducirla en obras, como es el caso de este santo lugar, erigido en monasterio y llamado con toda propiedad “de la Sagrada Familia”, puesto que aquel pequeño gran detalle de Dios para con sus consagrados aquí, no es otro que el haberlo santificado por medio de la familia que acogió en su regazo al mismo Hijo de Dios, dándole una santísima Madre Virgen, un varón justo en extremo como guardián, y hasta los abuelos de quienes la tradición nos ha dejado sus nombres, habiendo sido ésta antaño su casa y, por lo tanto, morada temporal de quienes santificaron más que nadie el concepto y realidad de “la familia”.

Probablemente fue de paso, por motivos de trabajo (Jesús, María y José), pero también en algún momento como hogar (la Virgen niña, santa Ana y san Joaquín); como sea, el hecho es que un día aquí, donde hoy tenemos una ruina que lo conmemora, estuvo cuando niña quien sería la madre del Redentor, junto a sus padres en amorosa obediencia, riendo y jugando, como lo haría probablemente después su Hijo… y pensar que san José pudo haber tenido aquí algunas de sus herramientas, y a Jesucristo aprendiendo también al modo humano… y todos santificando a la familia.

Siglos después, los cruzados dejarían erigida la basílica en el lugar que antes recibiera a la Sagrada Familia, la cual destruyeron en gran parte los siglos venideros, pero sin impedir que la divina Providencia mantuviera hasta hoy en día el ábside con la gran roca al centro, testigos silenciosos que hasta hoy dan testimonio de que la más santa de las madres y el más justo varón como custodio, pasaron alguna vez por aquí con el Verbo del Altísimo encarnado, que vendría a instituir la gran familia de Dios por medio su Iglesia y de la vida de la gracia.

Encomendamos a sus oraciones a todos aquellos consagrados que se encuentran en lejanas tierras, dándolo todo por el Evangelio; a todos los misioneros que se desgastan por la gloria de Dios y salvación de las almas, y a quienes tienen el oficio de rezar y ofrecer especiales sacrificios por ellos y sus misiones, rogando todos juntos al Dueño de la mies que suscite y envíe operarios a trabajar en su viña…

P. Jason Jorquera, IVE

En Cristo y María: Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia,
Séforis, Tierra Santa.