Por: P. Diego Cano, IVE
Finalmente les cuento de este día 16 de octubre, viernes. Otro día muy lindo, aunque un poco especial debido a la rusticidad de la gente de la aldea de Kona Nne (cuatro esquinas).
A esta aldea había llegado sólo una vez, en agosto de 2014. Tengo tan grabado aquél día… que hasta recuerdo haber comido allí, por primera y única vez en mi vida, hasta ahora, carne de jirafa. Luego de un tiempo de aquella visita, el catequista dejó su apostolado pues se dedicó a una vida no muy buena, el alcohol, y luego se mudó de aldea; por su parte los líderes tampoco venían a las reuniones, nunca participaban en ninguna actividad, ni siquiera cuando era en las aldeas cercanas. Varias veces los visitaron los catequistas vecinos, que yo les pedía que no los olvidáramos, aunque ellos no se comunicaran ni se esforzaran en estar en contacto. Finalmente el P. Víctor en los días de la misión popular de Mazirayo fue a visitarlos con algunos catequistas y los misioneros. Hicieron una misa en una de las casas, y se pusieron muy contentos. Prometieron que iban a «comenzar de nuevo». Un catequista muy jovencito que ayuda en la aldea vecina, también viene aquí ahora, y desde entonces comenzaron a levantar la iglesia, hecha de barro y techo de pajas. Es bastante grande, y está muy bien construída, es decir que puede durar varios años si le van haciendo las reparaciones que corresponden. Verán entonces que fue una alegría poder llegar luego de más de seis años.
Pero lo que pude ver también es que hasta los adultos son muy quedados. Son todos de ese lugar y por eso les cuesta salir, y tener otra visión de la vida de la capilla. Sería bueno que participen de las actividades organizadas para los niños, los campamentos, las celebraciones de las primeras comuniones; sería bueno que los adultos traten de participar de los retiros de cuaresma, que hacemos para que se puedan confesar y recibir formación; pero ellos dejan todo esto sin importarle demasiado. Viven aislados, y eso hace que no conozcan otra cosa. Los niños ni cantaban ni bailaban. La gente grande cantaba con muy pocas ganas. No sabían responder a las oraciones. Y cuando les preguntaba a qué parroquia pertenecían, a qué diócesis, o quién era el actual Papa, no sabían qué responder. También les pedí que levantaran la mano los que estaban bautizados, y de una veintena de niños, sólo levantaron la mano dos. Al final de la misa bendije la capilla, rociándo agua bendita por dentro y por fuera.
Luego de la celebración repartimos caramelos a los niños, y al terminar la comida pusimos música, pues había ido con un parlantito pequeño, que me había pedido el catequista, con buena iniciativa… para alegrar el momento, y empezar a animarlos. Así que estuvieron más de una hora todos bailando en la puerta de la capilla: adultos, y niños. Y no se cansaban, sobre todo porque estaban «aprendiendo», casi que no se sabían mover… algo muy extraño en estos lados que todos tienen el ritmo en la sangre. Tuvimos que dejarlos, pues se hacía tarde para regresar hasta Ushetu. Yo había ido en moto, con un chofer que conoce el camino, pues no sabía si el auto podía llegar bien hasta la capilla. Nos despedimos con la promesa mutua de seguir viéndonos, especialmente de parte de ellos, que van a participar de la fiesta de la parroquia en Kangeme, y de las primeras comuninones en el centro de Mazirayo. Esperemos que así sea. Hay mucho para hacer con ellos, deben seguir creciendo en la fe, y la fe se tiene que afirmar.
¡Firmes en la brecha!
P. Diego Cano, IVE