El día de nuestra primera profesión religiosa hicimos oblación a Dios de todo nuestro ser y nos comprometimos a no ser esquivas a la aventura misionera. Esa entrega total a Dios se realizó durante la Santa Misa, uniéndonos a Cristo víctima y fue firmada sobre el mismo altar donde se consumaría Su sacrificio incruento.

Muy poco podíamos imaginar en aquel momento lo que Dios nos pediría años después… se trataba de una entrega en la fe, y como tal, era parte de aquella ‘aventura misionera’, un ‘navegar mar adentro’ lejos de la orilla y de nuestras ‘seguridades humanas’ para abandonarnos a lo que la Divina Providencia dispusiera de nosotros.

Como misioneras de nuestra Familia Religiosa, en virtud de los votos profesados, nos comprometimos a profundizar cada vez más el don de los consejos evangélicos en dimensión trinitaria; para ser una huella concreta que la Trinidad deja en la historia y que todos los hombres descubran el atractivo y la nostalgia de la belleza divina; para que nuestra vida sea memoria viviente del modo de existir y de actuar de Jesús, el Verbo hecho carne, ante el Padre y ante los hombres[1].

Este anhelo de ser memoria viviente del Verbo Encarnado, nos ha llevado a misionar a distintas partes del mundo y en situaciones muchas veces adversas.

Una gracia del todo singular para nuestro Instituto ha sido el de poder ser memoria viviente de Cristo en la misma Tierra en la cual Él quiso encarnarse, nacer, vivir, morir y resucitar. No se trata solo de una gracia que recibimos las primeras hermanas que llegamos aquí, sino una gracia de predilección para todas las Servidoras, el poder dar testimonio del Verbo Encarnado en Su Tierra durante estos 25 años.

Por eso era “justo y necesario” elevar nuestra acción de gracias a Dios por tantos beneficios recibidos, por todas las gracias recibidas por mediación de su Santísima Madre, porque de este modo reconocíamos ante todos que quien sopló en nuestros corazones ese ardiente deseo de dejar todo para llevar el Evangelio a esta Bendita Tierra fue y es el Espíritu Santo. Porque bien sabemos, por una larga experiencia misionera, que Dios elige lo que no cuenta para que así brille más Su obra.

Festejos

Si bien la fecha de nuestro aniversario fue 1 de octubre, día de Santa Teresita, por las restricciones del covid 19 no nos fue posible hacer el festejo con toda nuestra Familia Religiosa, por eso elegimos el 22 de octubre, Fiesta de San Juan Pablo II, con cuya bendición llegamos a fundar.

La Santa Misa, en la Iglesia de la Natividad de Belén, fue presidida por Mons. Marcuzzo, vicario del Patriarca para la Diócesis del Patriarcado Latino de Jerusalén y concelebraron los padres del IVE: R.P. Carlos Ferrero y R.P. Jason Jorquera y los padres Benedetto Bitonto y P. Rafic Nahra, vicario del Patriarcado Latino para los cristianos de lengua hebrea. Estuvieron presentes algunos bienhechores, miembros de la Tercera Orden y las hermanas de nuestras comunidades de Yafo, Beit Jala, Taybeh y Belén.

Después de la Misa saludamos a los presentes con un pequeño refrigerio y con algunos de ellos compartimos el almuerzo festivo en el Hogar Niño Dios, que estuvo animado por cantos de las hermanas y de una familia amiga.

El regalo de San José

Pocos meses atrás, al reunirme con el Padre Francisco Patton, Custodio de la Tierra Santa, le pedí si podíamos hacernos cargo de la Iglesia llamada “Casa de San José”, en Belén, justamente detrás de la Iglesia de la Natividad, en una calle que lleva el nombre del Santo Patriarca y que baja hacia Bet Sahur (donde está el Campo de los Pastores).

Hasta el momento, las hermanas Dominicas que tienen un jardín de niños al lado de la Iglesia se ocupaban de dar la llave a quien lo pedía, pero la Iglesia estaba siempre cerrada y se abría sólo una vez al año, para la celebración de la Santa Misa, el 19 de Marzo.

Nuestro ofrecimiento fue muy sencillo, simplemente hacernos cargo de la Capilla para limpiarla y tenerla abierta, para que los cristianos locales y peregrinos puedan rezar allí; para difundir la devoción a San José en ese lugar donde la tradición ha considerado “su casa” en Belén, la casa donde la Sagrada Familia estuvo el corto tiempo que vivieron aquí.

Según San Lucas, “María recostó al Niño en un pesebre” y luego el ángel les da a los pastores la misma señal para reconocer al recién nacido: “encontraréis un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre” (Lc 2,12). Versículos más adelante leemos: “Y fueron a toda prisa y encontraron a María y a José, y al Niño acostado en el pesebre”, o sea en una gruta que servía para proteger a los animales.

El relato de San Mateo no dice nada de los pastores, en cambio presenta el detallado relato de los Reyes Magos, de quienes se dice que “entraron en la casa”, no ya en una Gruta, y “vieron al Niño con María su Madre y postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra” (Mt 2, 11).

Esta distinción nos da el indicio que después del Nacimiento, San José habría proveído a encontrar una vivienda mejor para la Sagrada Familia en Belén.

La Iglesia de San José es pequeña pero acogedora, tiene restos de un ábside de época Cruzada y debajo del altar hay una gran piedra del s. I. La Iglesia está construida para custodiar dicha piedra. Al lado de la Iglesia hay una puerta que comunica con la sacristía.

Fuera de la Iglesia hay un pozo de agua también muy antiguo y donde según relatos de la gente del lugar, se han verificado milagros por intercesión de San José.

Pues bien, en el marco de los festejos de los 25 años, el pasado miércoles 28 de octubre, Fiesta de los Apóstoles Simón y Judas, recibimos la inestimable gracia de nuestro Santo Patrono de cuidar “su casa”. Las hermanas Dominicas nos dieron las llaves de la Iglesia y por la tarde, nos juntamos algunas Servidoras en la Iglesia junto con el P. Carlos Ferrero para rezar el Rosario, dando inicio oficialmente a nuestro “servicio”.

Lo que nos mueve es simplemente ofrecer nuestra colaboración con la Custodia de Tierra Santa, en agradecimiento a la heroica labor de sus ilustres hijos, muchos de los cuales dieron su vida a lo largo de los siglos por custodiar y defender los lugares Santos…y aun hoy en día, entregan su vida minuto a minuto, para conservar el derecho que tiene la Iglesia Católica para celebrar el Santo Sacrificio de Cristo donde Él se encarnó, nació, murió y resucitó.

No pedimos nada a cambio, solo el “honor” de ser partícipes de esta obra maravillosa y cumplirla con espíritu magnánimo, para servir y honrar a San José, en agradecimiento a tantas gracias que ha derramado entre las Servidoras y nuestra Familia Religiosa.

Providencialmente recibimos esta hermosa noticia en este año, en el que se cumplen los 150 años de la promulgación de San José como Patrono Universal de la Iglesia.

Hace 25 años en aquel frío mes de diciembre de 1995, San José nos dio una casa en Belén donde luego se desarrollaría nuestra misión. Hoy nos quiso dar “su casa”, a pocos metros donde nació el Salvador del mundo. Un signo muy simple quizá, pero para quienes nos consideramos sus hijas, es una gracia enorme de la cual seguramente se seguirán otras más.

Por todo esto damos gracias y nos encomendamos a sus oraciones para que con gran fervor perseveremos en esta maravillosa aventura misionera de dejarlo todo por Cristo e ir donde Él quiera para hacer conocer su nombre.

 

En Cristo y María,

M. María del Cielo, SSVM


[1] Cf. Constituciones,  N. 257 (Fórmula de profesión religiosa).