Por: P. Jason Jorquera Meneses, IVE

Ocho años atrás, entrábamos temblorosos de emoción a la catedral con nuestras estolas cruzadas, para ser cambiadas por otras que descienden verticalmente y se ocultan tras las casullas, después de habernos postrado como nunca antes, para levantarnos luego no sólo con nuevos ornamentos, sino con una impronta indeleble que dice “configuración con Cristo”, “propiedad exclusiva de Dios”, y “entrega libre y voluntaria al servicio de lo alto”. Aquel día aquella muerte misteriosa que da vida -el morir a sí mismo cada día-, adquiría una connotación del todo especial, porque a partir de allí nuestras renuncias comenzarían a florecer de una manera diferente, más madura, más profunda, ya que comenzaba nuestra vida sacerdotal, en que la gracia de estado que signó nuestras almas para siempre, comenzaría a actuar según la manera concreta en que llevaríamos adelante nuestro sacerdocio.

Habiendo sido ordenados sacerdotes, para la mayoría de nosotros comenzó la renuncia al seminario, los amigos, la cultura y hasta la lengua; porque Dios a cada uno lo enviaba a una misión especial, siendo en esto indiferente la distancia y demás, pues lo realmente importante para el misionero es que Dios le ha “encomendado algo”; en concreto, acrecentar su gloria y conquistar las almas para Él, ejerciendo su sacerdocio -en nuestro caso-, según lo pida la misión y necesidades de la misma: tal vez una parroquia, una casa de formación o un monasterio, donde sea que el sacerdocio católico se pueda adentrar en la cultura y en las almas llevando a Jesucristo sacramentado, especialmente en cada santa Misa, y en cada sacramento administrado y según las exigencias que la Divina Providencia haya dispuesto; todo esto dando testimonio del Evangelio a la vez que siendo testigos privilegiados del obrar divino en los corazones, con variados e íntimos momentos que quedarán para siempre entre Dios y el sacerdote, su sacerdote, quien testimonia la Verdad, el Evangelio, ¡a Jesucristo!, tantas veces viendo “en primera fila” cómo actúa la gracia, y transforma, y eleva… y hasta resucita a algunas almas que estaban muertas por el pecado…

Cada misión tiene su impronta especial, como hemos dicho. Pero en cada una de ellas hay algo en común que la hace exclusiva. Y es el hecho de que cada acto que realiza el sacerdote en busca de la gloria de Dios y de las almas, se ordena -según la fidelidad a su deber de estado-, a la redención de Jesucristo; por secundario que parezca, y es que cada acto que realizamos en nuestro lugar de misión está revestido de la voluntad de Dios si buscamos sinceramente cumplirla. En un momento será celebrar lo más dignamente posible la santa Misa; preparar bien una homilía, estudiar y seguir formándose espiritualmente para ayudar más y mejor a los demás, o estar dispuestos a renunciar a “los propios planes” cuando Dios, de pronto, nos los cambia por actos de caridad, generosidad o renuncia; pero también cuando realizamos las cosas más secundarias pero por amor a Dios, sencillamente porque contribuyen más o menos indirectamente a la misión, como tener que cocinar, ir a hacer las compras o limpiar los baños de los peregrinos sin desatender la casa, etc. y esto simplemente porque Dios lo quiere… y todo esto, como bien sabemos, hecho por ese intenso amor a Dios que nos movió a decirle que sí, se vuelve el primer gran testimonio del sacerdote misionero: su misma vida vivida con alegría, con la alegría propia del Evangelio:

Personalmente hablando, en más de una oportunidad me han preguntado en mi actual misión las personas que no comparten nuestra fe o nuestra cultura, ¿por qué decidiste esto?, estás lejos de tu familia, dejaste tu cultura y tu casa para venir acá, ¿acaso no puedes servir a Dios allá?, ¿te obligaron o tú quisiste? Ciertamente que para nosotros suena hasta gracioso que nos pregunten esto, pero aquí hay muchas personas que no saben casi nada de nuestra fe; también me han preguntado varias veces que por qué no nos casamos y si extraño algo de mi país; y entonces se abre suavemente una puerta al explicar que nuestras razones son sobrenaturales, que Dios tiene su plan y que nosotros tan sólo lo aceptamos con gusto, aun en medio de las dificultades y que nosotros hacemos lo posible por cumplirlo por amor y no por obligación. Es así que la vida consagrada, sea donde sea, y aun entre los creyentes, debe ser nuestro gran testimonio, porque si un religioso no vive bien su consagración, tristemente se nota; pero si aun con todos nuestros defectos, limitaciones y dificultades nos seguimos abandonando en los brazos de Dios, ciertamente nuestra vida dará frutos y nuestro sacerdocio será cada vez más fecundo, aun cuando a veces los frutos no los veamos.

Durante estos ocho años, Dios me ha concedido la gracia de dar testimonio de su Evangelio, y ser testigo privilegiado de su obra en las almas por medio de “mi sacerdocio que es suyo”; porque participamos de su sacerdocio y de manera única. Agradezco a este buen Dios el haberse dignado considerar lo bajo para elevarlo al sacro ministerio sacerdotal y seguir suscitando corazones que se quieran hacer puentes entre Él y los demás hombres, combatiendo cada día el pecado desde el altar y queriendo acrecentar la intimidad a la cual nos invita. Y a nuestra Madre del Cielo, le suplico nos haga hombres de profunda vida eucarística, conscientes del milagro que a diario contemplamos en nuestras frágiles manos cuando el Hijo de Dios -siguiendo a san Agustín-, vuelve a descender a la tierra, aunque esta vez sacramentado por medio de estos “pecadores predilectos” que, como sus verdaderos apóstoles, tenemos la inmerecida misión de llevarlo a los demás.

Gracias a Dios por estos ocho años de ministerio, gracias a María santísima por su infaltable intercesión; gracias a las oraciones de mis dos familias, la carnal y la religiosa, y a las de toda la iglesia que con ellas nos ayudan a perseverar y seguir adelante. Y especiales gracias a los sacerdotes misioneros que se encuentran en las tierras más difíciles de misión, dando valiente testimonio del Evangelio, y siendo testigos privilegiados del plan de Dios en los lugares donde el peso de la Cruz es grande, pero así también la inmensidad de su misericordia.

Un abrazo especial a la distancia a mis compañeros, formadores y superiores, con quienes compartimos la formación y los buenos momentos que forjaron todo lo que comenzaría en nuestras vidas, a partir de aquella vez en que nos alzamos como sacerdotes para siempre.

 

P. Jason Jorquera Meneses, IVE

Séforis, Tierra Santa.