Estos últimos tiempos, hemos podido acompañar a dos familias en el saludo final a sus queridos difuntos. Dos familias que venimos acompañando desde hace dos años, cuando comenzamos la misión en Orvieto. A una de ellas la conocí cuando fui a bendecir su casa; con la otra familia entré en contacto llevándole la comunión al papá enfermo cada primer viernes de mes.

Dos familias que con su ejemplo me han edificado mucho y por eso, nacen estas reflexiones, que quiero compartir con ustedes.

Dos historias.

Giovanna, una mujer de 65 años, con su marido enfermo de Parkinson desde más de 15 años.

Anna, una mujer de 50 años con su papá viudo y enfermo desde más de 10 años.

Dos historias diversas en su tipología, pero similares en el sufrimiento redentor.

Giovanna, es la madre de una familia de muy buena posición económica. Cuando el marido de Giovanna fue diagnosticado de Parkinson, inmediatamente la familia se centró en la atención del papá. Los tres hijos varones se distribuyeron las tareas, uno a cargo de los negocios y empresas de la familia, otro encargado de llevar adelante la casa, compras y necesidades diarias, y el otro encargado del trato con médicos, hospitales, obras sociales. Giovanna, la esposa, día y noche atendiendo a su marido, sin separarse del lado de su cama. Día y noche, prodigándole mil cuidados, respetando en todo, la dignidad de su persona. Consideremos que la enfermedad fue postrando paulatinamente a Gianni, el marido enfermo, dejándolo reducido a condiciones muy limitadas. Consideremos también que siendo una familia pudiente, perfectamente podrían haber tenido al papá internado en una estructura especial para su cuidado, o tener dos o tres enfermeros personales para asistirlo. Sin embargo, Giovanna se empeñó en cumplir hasta el final la promesa hecha a Dios, “en salud y enfermedad”… y esto no era un peso para ella… Era su querido Gianni, ella lo amaba y lo amó aún más cuando él ya no podía corresponder a ese amor …

Cuando Gianni aún podía expresarse había podido hacer una confesión y recibir la unción de los enfermos. Esto tranquilizaba mucho a la familia.

El otro caso, Pasquale, un dulce anciano de 92 años, un hombre de fe, que con profundo dolor pero con gran resignación cristiana, vivía su viudez, su ancianidad, su ceguera, su postración … más de 10 años en ese estado. A Pasquale lo atendía su hija Anna, casada y con dos hijos adolescentes. Esta hija ejemplar, llevó por años una vida “paralela”. El papá no quería dejar su casa, por lo que ella distribuía cada minuto de su día (y de sus noches incluso), yendo desde su propia casa, a la casa del papá (150 metros distante) … como ella misma decía, “yo ya debo haber hecho un surco en la calle que nos separa … no sé cuántas veces al día voy corriendo de una casa a la otra”. Cocinando en ambas casas, limpiando ambas casas, asistiendo y siendo responsable en todos sus deberes, como hija, madre, y esposa. Y todo siempre con muchísimo amor … y el amor hace ligera toda carga … no era un peso atender al papá … En su simplicidad, cada vez que yo le llevaba la comunión al papá, siempre me recibieron con un café, con alguna cosita dulce cocinada por ella, y siempre me daban una pequeña oferta en dinero. Ella decía que su papá era muy consciente de que con ese dinero no podía estar a la altura de la gracia que yo les procuraba (la comunión eucarística), pero que al menos, ese poquito que me podían dar, me lo querían dar.

Como decía al inicio, estas dos familias, con sus ejemplos de amor, nos edificaron mucho.

Gianni tuvo una complicación con una de las sondas que tenía conectada a su cuerpo, y luego de intentar hacer una operación de emergencia en su casa, hubo que internarlo de urgencia, en estado grave.

Pasquale, tuvo una fuerte gripe, que se agravó por sus años, derivando en una bronco pulmonía. Luego de intentar evitar la internación, no quedó otra alternativa, también hubo que internarlo de urgencia.

Estas dos situaciones se tornaron dramáticas y trágicas a causa del COVID-19. Ambos pacientes quedaron aislados en terapia intensiva, sin poder volver a ver sus familias, sin que los suyos pudieran volver a entrar al menos para despedirse de ellos…

Ambos murieron con un día de diferencia, habiendo recibido la unción de los enfermos por parte del capellán del hospital.

Hasta acá los hechos. Ahora la reflexión.

Todos recordarán la escena de la película de la Pasión, esa escena en que María Santísima encuentra a su Hijo camino al Calvario, Jesús que cae bajo el peso de la cruz … y en ese momento ella recuerda todos los cuidados que le prodigó cuando era niño, trayendo a la mente cuando el niño Jesús caía y ella corría para levantarlo y consolarlo … María encuentra al Hijo … y en el dolor, lo ofrece al Padre … “que se haga en mí según has dicho, que se cumpla en mí tu Voluntad” … y al pie de la Cruz, María en el dolor, nuevamente lo ofrece al Padre … podría correr para intentar evitar esa atrocidad, pero entiende que tiene que ser así …

Cuando entramos a la sala mortuoria para recibir el cuerpo ya muerto de Gianni, Giovanna solo repetía entre llantos de dolor “è andata così … Gianni, amore… è andata così”… Nunca se quejó delante de Dios … aceptó obedientemente esta muerte, con entereza, como la madre de los Macabeos … dando ejemplo a sus hijos, de cómo enfrentar el dolor.

Anna lloraba delante del cuerpo ya sin vida de su papá, lloraba con dulces palabras de cariño, “papi” “papi” “ti amo” … Nunca se quejó … ella también entendió y creyó, que la muerte no tiene la última palabra.

Dos historias diversas en su tipología, pero similares en el sufrimiento redentor.

Ambas mujeres, día y noche, estuvieron al lado de sus seres queridos, no los abandonaron nunca, y sin embargo en la “recta final” … se vieron obligadas a hacer el ofrecimiento, ofrecimiento que no rechazaron y supieron afrontar con gran entereza. Ambas me dijeron: “quizás tenía que ser así” … yo les contesté: “si, tenía que ser así, para que sea redentor”.

Es esa conciencia de que, “todo concurre al bien de los que aman a Dios” (Rm 8,28). Ellas evidentemente no tienen esa cita en sus labios, pero si la viven en sus corazones, ellas saben que, si Dios permitió esto, es por un bien mayor, aunque a nuestros ojos y a nuestra carne haga sufrir.

Giovanna entregó a Gianni y Anna entregó a Pasquale. La Madre entregó al Hijo, y se consumó el sacrificio redentor.

 

Mariam Kidane Mehret

Misionera en Orvieto