Conocí al P. Gaspar el 23 de octubre de 2002, durante la noche de eutrapelia en nuestra querida Finca. Había culminado yo mis estudios filosóficos en el Seminario de Tucumán, y por aquel año me encontraba realizando un año de experiencia pastoral antes de emprender los estudios teológicos. Siempre había querido ser religioso, pero los caminos misteriosos de Dios me llevaron a iniciar la formación sacerdotal en un seminario diocesano.

Quería ser religioso, pero nunca había pensado que Dios me quería hijo del Instituto del Verbo Encarnado. Sin embargo, pensé en aquel entonces que la mano de Dios podría venir por allí, y así fue que tomé la decisión de ir a pasar unos días en ese excepcional y único mundo que conocemos como “La Finca”.

La Providencia quiso que durante mi estadía allí, estuviese también el P. Gaspar. Permítanme describir con algo de detalle las cosas, aprovechando la particularidad que tiene mi memoria de guardar muchísimos recuerdos. Pues bien, recuerdo al P. Gaspar de la siguiente manera: yo estaba sentado, y veía a un sacerdote alto, usando sotana, que durante ese febril momento de la eutrapelia (eran muchos los seminaristas que estaban en el Comedor) iba de grupo en grupo; primero con los que jugaban al billar; charlaba un rato. Luego se acercaba al círculo de los que estaban tocando guitarra y cantando; participaba un rato con ellos. Y así lo hizo con varios grupos más, y mas no como un “autómata”, sino con esa candidez de quien se siente en casa.

Creo que las almas excepcionales atraen por sí mismas. ¿Por qué recuerdo solamente la figura del P. Gaspar en medio de tantas personas y tan extrovertidas algunas como las había allí? ¡Bendita afabilidad de los buenos, que cautiva y deja en el alma huellas que difícilmente desaparecen! Esa misma noche él se acercó a donde yo estaba sentado, se presentó y comenzó ese tipo de charlas en donde sabe uno que puede abrir el alma, porque comprende, intuye, que el interlocutor es alguien especial y digno de confianza. El que niegue esta posibilidad es porque nunca tuvo la oportunidad de estar frente a almas grandes que interpelan la misma existencia.

Bueno. Lo cierto es que de esa primera charla se siguieron otras más, y todas girando en torno a un solo tema: la inquietud de mi alma al ir descubriendo que Dios me llamaba ser religioso del Verbo Encarnado. Fueron días de lucha interior, y sobre todo por lo complicado que siempre he sido en lo personal. Días en que iba una y otra vez en busca del P. Gaspar: “¡Paciencia para no cansarse de una y otra y mil veces oírlos preguntar lo que ya les han respondido, y tornarles a decir lo que ya se les dijo!” (San Juan de Ávila). Estuve sólo una semana en La Finca en aquel entonces, y durante esos días, el P. Gaspar:

  • me escuchó todas las veces que lo busqué para hablar;
  • jamás perdió la paciencia conmigo;
  • siempre se mostró afable, alegre y bondadoso;
  • respetó escrupulosamente mi conciencia en lo concerniente a la vocación;
  • respetó, sobre todo, los tiempos y el querer de Dios, como es propio de las almas abandonadas en la libérrima voluntad de Dios.

El mismo día que tenía que retornar a Tucumán, 29 de octubre, él mismo me acompañó a la Terminal de ómnibus, temprano, a comprar los pasajes. Luego me llevó a la Parroquia San Maximiliano Kolbe para que yo pudiese almorzar allí. Llegado el momento de tomar el autobús, me acompañó a la Terminal nuevamente, y desde allí providencialmente me consiguió el contacto de un Profesor de San Rafael que periódicamente viajaba a Tucumán a dar clases en la Universidad, para que yo aprovechase a venir con él desde Tucumán a San Rafael, en caso de que decidiese volver e ingresar al Instituto… detalles, detalles, pero detalles que brotaron de un corazón que tuvo como distintivo la caridad.

Pues bien, sobre estas delicadezas de la caridad de un sacerdote comenzó Dios a llamarme y formarme para ser sacerdote y religioso del Instituto. No tengo el menor temor en afirmar que todo lo que yo pude hacer sacerdotalmente en estos once años de ministerio, también se lo debo agradecer al P. Gaspar, ¡nobleza obliga! Sólo quien es verdadero padre puede, siendo sacerdote, despertar en otros esa nostalgia y deseo por ser parte de la estirpe levítica.

Cuando me llegó la noticia del fallecimiento del Padre, sólo tres cosas pasaron por mi mente:

  • gracias, querido Padre, gracias;
  • él fue instrumento para encontrar mi vocación a la vida sacerdotal en el Instituto;
  • recordando la belleza de su sacerdocio me dije: “no hay razón para ser mediocres”.

Sea este breve escrito un homenaje a un gran sacerdote que sin duda alguna pasó por nuestra Familia Religiosa “haciendo el bien”.

 

P. Marcelo Molina, IVE