Por: P. Diego Cano, IVE

 

Septiembre 25, Tanzania.

Estoy en la casa para misioneros, de Mazirayo, y aprovecharé para escribir algunos pensamientos en estas noches en un lugar tan tranquilo y apartado, un poco cada día. Creo que no será tanto una crónica de un hecho particular, ni de una actividad importante. Tengo para contarles todavía de lo que fue la Consagración a María el pasado 8 de septiembre, la renovación de votos de los religiosos tanzaneses del IVE, y el encuentro de jóvenes de nuestras dos parroquias. Pero creo que hace mucho que no escribo de lo que es una jornada normal en la misión… y tanto que nos puede enseñar. Escribo especialmente pensando en los religiosos en formación, seminaristas, hermanos, hermanas.

Creo que antes me entusiasmaba más en contar cosas sencillas, y contarlas con mucho entusiasmo. Me pregunto porqué ahora me cuesta más. Tal vez la respuesta será que uno se acostumbra a la misión. Por una parte es algo bueno, y por otra no tanto. Es bueno acostumbrarse, porque quiere decir que uno va adaptándose, conociéndo más, y captando cosas que son culturales… que al principio nos llamaban la atención, como a un turista, y ahora nos resultan de lo más normal y cotidiano… tal vez como a alguien del lugar. Creo que esto es algo bueno para el misionero.

Por otro lado, el acostumbramiento produce que perdamos el asombro. El asombro por las cosas de cada día, por esos detalles que hacen grande la obra misionera… y es la obra en las almas, los sacrificios, las personas que se acercan a Dios. Creo que es fácil, al menos en mi caso, dejarse llevar por muchas actividades y trabajos. Cosas muy necesarias, pero que pierden su valor cuando carecen de espíritu.

Es una gracia poder venir a estos lugares, a estas aldeas más alejadas, y más pobres. Una gracia de Dios, porque me hace abrir más los ojos. Hoy vi paisajes fantásticos, que ya he visto mil veces. Pero traté de gozarme en ellos… miraba las casas de barro y techo de paja, y me parecían pequeñas obras de arte. Pero a la vez, pienso en la pobreza, porque serán “bonitas, rústicas, tan tradicionales”… pero son pobres. Y ninguno de nosotros viviría en una choza, porque es incómodo, el calor, la lluvia, los insectos, la poca luz… ambientes pequeños y sin muebles, pisos de tierra, sin luz eléctrica ni de paneles solares, sin agua. Pero a nadie le de por pensar que la gente de aquí es triste por esto que digo. Tienen una alegría superior, están contentos. Sobre todo cuando han descubierto el gran secreto de la felicidad, la vida cristiana.

Hoy me llamó la atención el paisaje tan seco, el polvo y el viento. Los árboles con muy pocas hojas, el aire caliente, la sotana “hirviendo” cuando debí caminar un poco bajo el sol. Hoy volví a gozar de una comunidad participando de la misa con gran alegría. La gente sentada fuera de la pequeña capilla, porque no es suficiente el espacio adentro, y arrodillándose en la tierra, para rezar. También me admiré cómo se arrodillan para confesarse… Vi la alegría de dos adultos que se bautizaron antes del casamiento. Una mamá que se acababa de casar, le decía a su hija de cinco años, “ahora deciles a tus hermanos: ¡soy cristiana de verdad!”, porque había recibido el bautismo en la misma misa.
Doy gracias a Dios por darme estas oportunidades, porque me “despiertan” un poco. Después de los dos casamientos en la misa, fuimos a saludar a ambos matrimonios en sus casas, como es tradición. Los primeros habían preparado una buena fiesta, había mucha gente, mucha alegría. Muy sencillo todo, pero de la mejor manera dispuesto. Había música, había bailes… estaba el coro de la capilla invitado, y cantaban, bailaban. Hice bendición de la casa y de la familia. El novio, fue bautizado antes de casarse. Mostraba un rostro de gran felicidad, y una bondad que parecía un cristiano de años.

De allí fuimos a la casa de los novios más jovencitos. No había música, ni muchos invitados. Estaban preocupados de que la carne que tenían alcanzara para el padre y los catequistas. Todos ellos comieron arroz blanco sin nada más. La novia, muy bien arreglada, estaba sentada en el escalón de la casa, con mucha dingidad, muy callada, pero con un rostro muy sonriente. Y rodeada de todas las mujeres de la familia, vecinas, y conocidas. En otra parte estaban sentados los hombres, en el piso. No había sillas para todos, creo que habían cinco sillas. Trajeron la comida, y vi pasar un joven que venía en bicicleta desde el poblado, y traía una botella de agua mineral para mí y dos botellas de gaseosa: una para mí y otra para uno de los catequistas. Ni siquiera tenían ese lujo los novios.

El cuadro me resultaba por demás feliz, muy gosozo, mucha armonía. El paisaje, los pastos dorados, los animales rodeando la casa, chivos y vacas… gallinas pasando por debajo de las sillas. Había silencio, pero habían conversaciones, y risas también. Muchos niños. Muchísimos niños, jugando en la carreta con la que traen el agua. Me miraban asombrados, pero si les hacía una morisqueta, se sonreían.

No había tristeza en ellos, todo lo contrario. Tal vez la tristeza surge en mi corazón, al pensar en cómo valoramos nosotros las cosas, aún los misioneros. Tal vez nos quejamos, o queremos algo mejor, y de hecho tenemos más cosas que ellos. A cuántas cosas le damos tanta importancia, y son simplemente medios de apostolado, o de subsistencia. Pienso en nuestras sociedades de occidente, tan esclavizadas a lo material… y en cambio aquí se veía el gozo de la familia y los niños. Se palpaba la amistad de los vecinos y conocidos. Todos comieron arroz en la fiesta de casamiento, y tomaron agua… escuché con gozo hablar en sukuma. No entiendo casi nada, pero me gozaba de verlos tal cual son, y que no tengan problema de hablar su lengua delante mío. Doy gracias a Dios por el gran regalo de Zakarias y Gaudencia, y su nueva vida cristiana. Ellos viven en esa sencillez gozosa todos los días, y yo podía percibirla por una vez… una gracia de Dios poder estar allí. ¡Cuán pocos pueden ser testigos de esto!

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE