Por: P. Diego Cano, IVE

 

En camino a Dar es Salaam, 13 de agosto de 2020

Hacer un casamiento en Seleli, no es lo más común. Es más, creo que es la primera vez desde que estoy aquí. Seleli es una aldea muy pequeña, con pocos cristianos, muy apartada. Recuerdo la primera vez que estuve allí, celebramos misa en el aula de la escuela primaria, totalmente destruida, con bancos rotos, el piso de cemento casi inexistente, olor a murciélago, y muchas suciedades de estos animales cayendo sobre nuestra cabeza durante la misa. En aquella ocasión realicé algunos bautismos, y si no me equivoco, fue allá por el año 2014.

La segunda vez que fui, no fue mucho más feliz que la primera en el plano material. Celebramos la misa en la capilla, que realmente no tenía el mérito de ser llamada así, un techo de pajas que ya se caía, paredes construidas con palos y recubiertos de barro, en algunas partes quedaba el barro, en su gran mayoría, sólo los palos. Piso de tierra, y abierta a todos lados, una verdadero certificado de pobreza, o miseria.

A esta aldea llegábamos entonces una vez al año, y con suerte alguna vez más. Pero Dios fue llevando todo, de tal manera que nuestros pocos esfuerzos se vieran premiados con muchos frutos. Llegar a esta aldea siempre fue complicado porque queda muy lejos, y sobre todo en los seis meses de lluvias, hay que dar un rodeo de casi 50 km por caminos muy malos. Y al llegar, uno se encontraba con ese panorama que daba mucha lástima, del estado material, que era signo del estado espiritual del lugar. Había un catequista que no era muy bueno, e incluso dedicado a la bebida. Todo eso mostraba que no se podía esperar demasiados cambios. Pero el que obró el cambio de verdad, fue Dios, como les dije. En primer lugar, este catequista se fue a vivir a otro lado. Ante la necesidad, un maestro de la escuela, se ofreció a ser catequista. Aparecieron nuevos cristianos, muchos de ellos venidos de otras partes, de algunas ciudades, y que hicieron que la mentalidad de los lugareños fuera cambiando. Hay algunas enfermeras, un médico, y varios profesores de la escuela primaria y secundaria.

Se comenzó a construir una nueva capilla, que todavía le falta mucho, pero que con ayuda de algunas personas pudimos ponerle techo de chapas, y hacer vigas de hierro y cemento. Si bien no está muy bien construida (es decir, las paredes no están derechas, los ladrillos están pegados con barro), gracias al techo y las vigas, se ha mantenido en pié, y pensamos algún día poder terminarla. Han comenzado a haber chicos de catecismo, un pequeño corito que canta con instrumentos tradicionales. Y todo siempre muy bien preparado cuando llega el sacerdote para celebrar la misa.

Ahora, gracias a Dios, pude hacer un casamiento en esta capilla. Toda la comunidad presente, con gran alegría, amontonados en el interior de la iglesia muy bien adornada, y mucha gente participando desde las ventanas. Los novios se habían preparado con esmero, con el curso prematrimonial, pero también procurando que el casamiento sea lo más digno posible. El novio recibió el bautismo, la comunión y la confirmación en la ceremonia. Estaba realmente emocionado, y se lo notaba muy feliz.

Pero de manera especial quiero contarles de la fiesta, porque podemos decir que fue una auténtica predicación a los paganos. Luego de la misa nos subimos a la camioneta con los novios, los padrinos y algunos más. Fuimos acompañados por dos motocicletas adelante que iban tocando bocina, junto con la de nuestro vehículo. Anduvimos un trayecto largo, en los que seguíamos tocando bocina, aunque no se veía un alma en medio del campo. Llegamos hasta el pequeño poblado donde viven ellos, y les pregunté si cada domingo ellos recorrían todos esos kilómetros para ir a misa, y me dijeron toda naturalidad que sí, y caminando.

En el lugar había un gentío esperando a los novios. Hubo una gran expresión de alegría, y al llegar ambos cortaron una cinta de entrada a la casa. Mucha gente, la gran mayoría paganos, porque eran de la familia del novio. La familia de la novia, de tradición católica, son de otra región de Tanzania, y habían venido algunos, pero en proporción la mayoría era del lugar. Como es costumbre, los papás de los novios les dirigen una palabras como testamento. En este caso, como también estaba el padre espiritual, es decir el sacerdote, también me hicieron hablar. Mucha gente escuchaba a ver si sabía hablar swahili o no, nunca habían visto a un blanco en una fiesta como ésa. Una buena oportunidad de predicarles, aunque más no sea con unas pocas palabras y la presencia. También me hicieron bendecir la fiesta y la comida. En la mesa principal delante de los novios, pusieron la estampa de la Virgen que les había regalado al finalizar la misa, y ambos vestían sus rosarios.

Me es difícil describirles cabalmente el ambiente, porque es muy pagano. Pero a la vez que allí vean un casamiento, donde todo se hace con mucho respeto, los novios muy bien vestidos, y con mucha dignidad en el trato delicado… eran todas cosas que les sorprendían a los presentes, y que atrae a muchos a la fe. Es la luz que brilla en las tinieblas, la lámpara puesta en un lugar elevado, la sal que sazona toda la comida, la levadura que fermenta toda la masa.

Le agradecí al catequista, a los líderes, y a los novios y sus familias. Realmente es un gransigno de esperanza para un lugar como éste. Sigamos rezando por esta iglesia de miembros vivos, que resplandece y brilla, más que una iglesia de oro. Ver a los niños comulgando, la gente participando con devoción, el bautismo de un adulto, y su nuevo matrimonio. La alegría de toda la comunidad, y el buen ejemplo para todos, es un espectáculo admirable.

No se puede explicar cómo queda el alma del misionero luego de una jornada así. Uno mira para atrás, y pasan tantas imágenes por la mente… que parece increíble lo presente. Doy gracias porque Dios me lo ha concedido ver, es decir, poder ver crecer una comunidad, como crece una familia, y para eso se necesita tiempo. Es una gran alegría poder ver crecer a los fieles en gracia y en edad, y si no, que lo digan los padres y madres de familia que ven crecer a sus hijos día a día, y cuando los ven grandes y maduros, y sobre todo virtuosos, ¿pueden gozar de una alegría mayor? Por eso San Pablo llama a los Filipenses “mi gozo y mi corona” (Filipeneses 4,1), y a los Tesalonicenses les pregunta: “¿Cuál es nuestra esperanza, nuestro gozo, la corona de la que nos sentiremos orgullosos, ante Nuestro Señor Jesús en su Venida, sino vosotros?” (I Tesalonicenses 2,19)

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE