San Pablo, Brasil, 21 de Julio de 2020

El amor es el motor que nos hace llegar al punto de dar la vida, y en nuestra vida religiosa, el amor a Dios, a nuestra vocación y a la Congregación no son cosas distintas, sino el mismo amor, así que la misma disposición de dar la vida por Dios ha de ser la de dar la vida por nuestra querida Madre, la Congregación.

Eso han experimentado en estos días de estudio de las Constituciones las Novicias acá en Brasil. Fueron quince días de intenso estudio. Sumaban 39 novicias entre apostólicas y contemplativas, que tuvieron en estos días distintas charlas, tanto de los Padres del IVE como de las Madres.

Aprovecharon con gran entusiasmo y deseo de profundizar en el amor y el conocimiento de nuestro carisma y de la historia de nuestro querido Instituto. Nos dice el Directorio de Noviciado: “El noviciado, con el que comienza la vida en un Instituto, tiene como finalidad que las novicias conozcan más plenamente la vocación divina, particularmente la propia del Instituto, que prueben el modo de vida de éste, que conformen la mente y el corazón con su espíritu”[1]. Y continúa nuestro Directorio de Espiritualidad “formar a jóvenes de gran espíritu que sepan transmitir a las nuevas generaciones de nuestra familia religiosa el carisma que el Espíritu Santo concedió al fundador”[2]. Por eso tan importante es fomentar todo eso ahora en el Noviciado, donde se comienza la vida religiosa, la vida en el Instituto. Podemos decir sobre el tiempo de la formación: “este es el tiempo favorable” (cfr. IICor 6,2), es el tiempo para llenarnos, vaciarnos de nosotros mismos y llenar nuestro cáliz de Cristo y de todo lo que es de Cristo, de ser generosas en aprender a dar todo por Dios, para cuando llegue la misión poder “derramar sobre los demás su superabundancia”[3]. Con respecto a este tiempo de inicios dice el Beato Allamano: “Es necesario que desde el primer momento inunde su ánimo el espíritu de la Congregación”. Y también afirma con entusiasmo: “¡Felices vosotros que aún estáis en los comienzos de la vida religiosa!” Porque todavía estamos a tiempo de todo, y no hay mejor orgullo para una empresa, que un buen comienzo. La Sagrada Escritura dice en Proverbios 22,4: “Cuando el joven emprende un camino, ni aun cuando envejezca sabrá alejarse de él”.

Es hermoso ver también como crecen las novicias en el amor durante estos días, lo cual se podía percibir por las preces en la Liturgia “por la Santa Iglesia, por todos los religiosos, por nuestros superiores, nuestros misioneros, por las vocaciones, por la fidelidad, la perseverancia, en acción de gracias por pertenecer a esta Familia Religiosa, etc…”.

“Dadme un religioso que cumpla con su regla y yo lo canonizo sin más”, decía el Papa Juan XXIII. Bendita regla que nos muestra el recto camino para el cielo, que nos guarda de nosotros mismos, y nos garantiza la voluntad de Dios en esta vida. Quisiera hacer llegar hasta los confines de la tierra, mi deseo que todas las almas sepan que alegría es dedicarse, es gastarse por la causa de Cristo, quisiera hacer llegar a todo el mundo lo de los mártires de Barbastro: “Yo gritaré con toda la fuerza de mis pulmones, y en nuestros clamores entusiastas adivina tú, Congregación querida, el amor que te tenemos… Morimos cada día, todos contentos, sin que nadie sienta desmayos ni pesares; morimos en la lucha contra uno mismo, contra el demonio, el mundo y la carne, para ser virtuosos, para dar a Dios todo lo que nos pide, todos rogando a Dios que la sangre que caiga de nuestras pequeñas heridas espirituales sea sangre que entrando roja y viva por tus venas, estimule tu desarrollo y expansión por todo el mundo. ¡Querida Congregación! Tus hijos, sacerdotes, monjes, seminaristas, novicios, menores, religiosas, novicias, aspirantes, misioneras y contemplativas dispersos por todo el mundo, te saludan en los cuatros cantos de la tierra y te ofrecen sus cruces en holocausto expiatorio por nuestras deficiencias y en testimonio de nuestro amor fiel, generoso y perpetuo. ¡Viva la Congregación! Y cuando nos toque partir, diremos: Adiós, querido Instituto. Vamos al cielo a rogar por ti. ¡Adiós! ¡Adiós!”.”.

Quisiera terminar con una acción de gracias: gracias a Dios por habernos llamado, gracias por habernos escogido para formar esta congregación, gracias por tantas religiosas en esta familia en todo el mundo, gracias por tantos sacerdotes comunicando la gracia a las almas, gracias porque Su gracia nos sostiene cada día, gracias porque sostiene a nuestra querida Congregación y a todos los misioneros, que día a día dan su sangre, gracias porque sin ellos muchas almas estarían huérfanas, sin tener quien rece por ellas, sin tener quien las bautice, sin tener quien les hable de Jesucristo. Gracias a Dios que elige religiosos de esta familia, trabajando en lugares extremos y en lugares escondidos para salvar almas, gracias porque nos hace participar de las mismas alegrías y sufrimientos, gracias porque nos reúne en una sola Familia con una unión espiritual.

Que Él nos encienda en un amor ferviente, para que podamos llenar el cáliz que Él tiene preparado para cada uno de nosotros con la fidelidad de cada día, derramando nuestra sangre, gota a gota para corresponder a la vocación a la que fuimos llamados y mantener unida la familia en que nos congregamos.

Unidos en el Verbo Encarnado,
Hna. Maria Virgem da Esperança


[1] CIC, can. 646.

[2] Directorio de Espiritualidad, 119

[3] Cf. Constituciones, 7