P. Diego Cano, IVE
Mwanza, Tanzania, 19 de noviembre de 2020
Entramos en otro relato de primeras comuniones, pero rodeado de algunas circunstancias muy particulares. Se trata del centro más lejano, Mazirayo, a casi 40 km de distancia de la parroquia de Ushetu, donde tenemos nuestro centro misionero. Resulta que el año pasado no pudimos hacer allí la celebración de las primeras comuniones, por lo tanto este año habían muchísimos niños que esperaban esta oportunidad. Fueron cerca de 130 los que se confesaron una semana antes e hicieron su primera confesión, pero los que llegaron ese día para la primera comunión fueron 115.
Da pena por los que no vinieron, y que no sabemos a ciencia cierta el motivo, pero muchas veces son sus propios papás que no los dejan, porque son paganos y tal vez ese día había que ir al campo a cultivar. Sus papás no saben nada de la fe, para ellos, lo que no se hace en ese día se puede hacer en otro… es decir, que vayan a la iglesia otro día. No lo hacen con una malicia en contra de la fe o para impedir que sus hijos recen, sino que simplemente no saben. Pensar en el misterio de la Eucaristía, sin la fe… es realmente imposible. Es una simple palabra extraña, y dicen: “otro día podrás recibir eso”. Es verdad que en otra ocasión podrán, pero se pierden de la hermosa fiesta, la ceremonia, y el poder estar acompañado de muchos otros niños y niñas. En otros casos, el motivo es que no tienen nada de dinero para darles para que se puedan vestir, o dar un pequeñísimo aporte para los festejos. Y los papás, que no tienen fe, y viven en la pobreza, no les dan esa ayuda… y muchas veces los niños no vienen el día de la primera comunión. Da mucha tristeza esto… yo les insito mucho a los catequistas y a los líderes de las aldeas, que estén atentos si hay casos así, para que vengan de todas formas, y que se les va a ayudar para que no pierdan la preciosa ocasión. Pero aún así, hasta los mismos líderes y catequistas ni se enteran, porque ellos simplemente dejan de venir, sin plantearles su dificultad. Recemos por ellos, que no queden sin recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Eucaristía.
Esta ceremonia se destacó porque la hicimos por vez primera en la aldea de Salawe, del centro de Mazirayo. Esta desición surgió a partir de que Salawe tiene ahora una iglesia grande, que se llama “San Luis Rey de Francia”, que me ayudaron a construirla amigos de la ciudad de San Luis, en Argentina. En Mazirayo mismo estábamos trabajando contra-reloj para poder llegar a techar el nuevo edificio, y así poder tener allí esta gran fiesta. Parecía una locura, pero estabamos a punto de lograrlo. En esta aldea de Mazirayo comenzamos a construir una nueva iglesia dedicada a “Nuestra Señora de Luján”. La actual capillita es muy pequeña y siempre hay mas gente afuera que adentro. Todas las ceremonias grandes las hacíamos afuera, pero con gran incomodidad, porque hay que poner toldos, los niños se sientan en la tierra, hay viento, o mucho calor, o puede llover… sobre todo en esta época. Decidimos hacer una iglesia bien grande, que será muy grande para la comunidad del lugar, pero que nos serviría para todas las actividades del “centro”, que congrega siete aldeas. Actividades como: retiros, misiones populares, ceremonias de Coprus Christi, campamentos de niños y de niñas, primeras comuniones, etc. Es decir, una iglesia que nos permita entrar todos y que no dependamos de si llueve o no llueve.
La donación para la construcción de los cimientos y muros la recibimos tres meses antes, y admirablemente en un mes y medio se hicieron los trabajos. Todo el mundo sorprendido. Verdaderamente trabajaron duro. Mucha colaboración de toda la comunidad, voluntariamente venían a ayudar a los albañiles, las señoras cocinaban mañana y tarde para los obreros. Parecía que lograríamos techar el edificio antes de la fecha. Dispusimos también en transporte de los materiales para emparejar el piso, al menos que si bien sería de tierra, estuviera nivelado. En esos días también recibimos una increíble ayuda para poder techar, así que veíamos el objetivo al alcance de la mano. Sin embargo no era el plan de Dios, puesto que el día que estaban levantando las cabreadas del techo, cuando ya estaban poniendo la última, vino una tormenta muy fuerte, con viento y mucha agua, y les tiró todo abajo. Gracias a Dios nadie salió lastimado, y esto fue un milagro. Pero todos miraban el desastre con ganas de llorar. Me avisaron ese mismo día por mensajes de teléfono, y lo único que queda por decir en esas circunsatancias, es: “el Señor me lo dió y el Señor me lo quitó, ¡bendito sea el nombre del Señor!”. No dejo de considerar que hubo un poco de imprudencia, ignorancia, y negligencia, en los obreros que llevaban adelante el trabajo, pues podrían haber previsto que venía una tormenta, o que se debía asegurar un poco más lo que ya estaba levantado, para poder resistir el momento. Pero a fin de cuentas, que el techo se había derrumbado, y ya no quedaba otra cosa por hacer, más que comenzar otra vez, juntar lo que servía, y buscar nuevamente ayudas. Pero la fiesta de primeras comuniones, ya no se podría hacer allí. Estábamos en los inicios de la época de lluvias, y por lo tanto, mejor tener una iglesia techada. La gente se ha movido mucho, y cada familia y cada aldea de esa zona, van a colaborar para poder seguir adelante. Actualmente recibo noticias del catequista y los líderes que ya han levantado de nuevo el techo, y han puesto las chapas. Seguimos con una buena deuda, pero bien tendremos tiempo de ir buscando ayudas y pagarla.
Luego de este paréntesis, les cuento que la fiesta de Salawe estuvo muy linda… ¡la iglesia nos resultó pequeña! Los niños de la primera comunión ocupaban el 60% de la capacidad de la iglesia, el coro el 25%, y quedaba apenas un 15% para los feligreses. Ese día el clima nos acompañó, y por eso mucha gente pudo participar desde afuera, por las puertas y las ventanas, y escuchando gracias a los parlantes, sentados debajo de los árboles y de los toldos que habían dispuesto.
Al momento de la comunión, me parecía increíble estar dando tantas primeras comuniones. Recordaba que cuando llegué a Tanzania, nunca me hubiera imaginado algo así, una ceremonia de 115 primeras comuniones en una de las aldeas más alejadas. Cuando conocí Salawe en el 2014, celebré misa en una capilla de adobe con techo de paja. Ya se caía, y había que entrar agachándose delante de los palos de las cabreadas. Las telas arañas colgaban del techo, la oscuridad reinaba adentro, pues las ventanas eran pequeños huecos en las paredes. En dos oportundiades matamos vívoras que bajaban del techo. Entre adultos y niños se llegaba a 20 ó 25 personas. Y ahora, en tan poco tiempo, veía un cambio tan grande, ver esa iglesia, verla llena de niños de primera comunión, un coro de unas 35 personas (juntaron los coros de tres aldeas), una multitud de niñas que bailaban, y una ceremonia “a lo grande”, con la mayor solemnidad posible, con cantos, con muchísima alegría. ¡Bendito sea Dios! Que en sus planes supera infinitamente nuestros pequeños proyectos.
Queda un detalle más, que no quiero dejar a pesar de que ya ésta crónica ha tomado dimensiones inusuales. Hubo una pareja que quería casarse en esa fiesta. Ambos esposos son sordomudos, ambos paganos. Tienen cuatro hijos. El hermano del hombre se había casado unos meses antes, y esto lo movió a él a pedir el bautismo y querer casarse. Son sumamente pobres. Desde entonces siempre se lo venía en la iglesia, asistía a todas las ceremonias, y estaba siempre disponible para el trabajo de la construcción de la iglesia de Mazirayo, pues son de esa aldea. Así pues que recibieron el catecismo con señas… y sobre todo con la catequesis de la liturgia misma, las misas y fiestas, con sus ceremonias, gestos, imágenes, movimientos, y colores.
Ese día, toda la familia se bautizó, toda la familia comenzó a vivir una nueva vida, la vida cristiana. Se los veía muy felices, y la ceremonia fue muy emocionante también, por el gesto de consentimiento se manifestó estrechándose la mano derecha, y luego con la entrega de los anillos, “en silencio”. Qué maravillosa que es nuestra fe.
Me despido de ustedes. Espero que hayan llegado a leer hasta aquí, y les pido que sigamos trabajando para juntar el dinero para los regalos de Navidad. Pues cuando largamos la campaña llegaron varias ayudas y hemos recaudado una buena suma, de 350 euros. Pero estamos lejos del objetivo final. Espero que en este Adviento, mucha gente pueda renunciar a algo pequeño, y así sumar de a poco, y muchos pocos harán un mucho… en fin, que aquí con poco se hace mucho.
Ahora sí, ¡adiós! Y ¡Firmes en la brecha!
P. Diego Cano, IVE