Por: P. Diego Cano, IVE
Ushetu, Tanzania, 30 de Noviembre de 2020
Creo que ya muchos de ustedes han oído la noticia de la toma de hábito de la novicia de las hermanas, que recibió el hermoso nombre de la Virgen: María de la Misericordia de Dios (en swahili “Maria wa Huruma wa Mungu”). Ya les hemos contado, o han visto las fotos. ¡Pero cómo no agradecer una toma de hábito estando en las misiones! Las vocaciones son el fruto más preciado de nuestro trabajo misionero. El misionero se ilusiona con ver a estos jóvenes, ya maduros en su vida religiosa, y misionando a la par nuestra… o aún más, adelante nuestro. Es decir, ellos serán más capaces que nosotros, al menos ése es nuestro pensamiento y deseo. Personalmente, cuando me toca presidir en estas ceremonias de votos, de tomas de hábito, de jóvenes tanzaneses, no puedo dejar de emocionarme. Tal vez porque son el fruto de tanto sacrificio, porque detrás de cada uno, hay toda una historia de renuncias, y mucha entrega de los misioneros, sacerdotes y hermanas.
También hemos seguido con más primeras comuniones, esta vez en el centro de Ilomelo, donde recibieron a Cristo Eucaristía por primera vez 42 niños y jóvenes. Celebró la misa el P. Pablo Folz, y fue acompañado por las hermanas. Con este grupo sumamos 223 primeras comuniones y todavía nos quedan dos centros más. Dios mediante serán para el día de la Virgen, el 8 de diciembre, y para navidad, respectivamente.
Estamos ya entrados en el tiempo de lluvias. Hace tres semanas comenzó a llover, y salvo contadas excepciones, ha llovido todos los días. Eso reduce mucho el trabajo apostólico, sobre todo apenas comienza, porque todo el mundo se apura a plantar… porque hay que aprovechar el agua que cae abundante en noviembre, diciembre y enero, pero se reduce en febrero. Y si el cultivo no está alto en ése mes, se pueden quedar con las manos vacías. Aquí la gente cultiva para poder comer todo el año, debe guardar al menos una bosa grande de granos por cada miembro de la familia para los seis meses de sequía. Pero además debe cultivar para vender, y poder comprar todo lo que necesite, enviar a los chicos a la escuela, comprar medicinas, ropa, etc. Por eso es que se reduce la asistencia a la iglesia, en los grupos, y en las actividades de la misión. Tratamos de no organizar en este tiempo nada que les quite el valioso tiempo de trabajo. Los domingos son totalmente normales, por supuesto, pues es “el día del Señor”, y no se trabaja, o no se debe trabajar. Y los niños y jóvenes, ¿también dejan de venir a la iglesia en este tiempo de lluvias? No dejan de venir, pero no se los ve tanto tiempo… deben ayudar a sus padres en el trabajo. Aquí trabaja toda la familia.
Con respecto a esto, los otros días vino un pobre a pedir. Me pidió que le ayudara a comprar un azadón, y herramientas de trabajo. Se lo di con gusto… ¡cómo no! Otros piden que les ayude a comprar semillas, o a comprar abono para sus huertas. A otros les ayudamos a alquilar un terrenito para que cultiven.
El padre Llorente escribía en una de sus cartas: “Yo escribo únicamente con la intención de hacer algún provecho en las almas”. Porque muchas veces le pasaba que ya no tenía qué contar, o las había contado cientos de miles de veces. “Continuaré mandando relatos al Siglo (revista de crónicas misioneras), no porque tenga algo digno de mandar ni mucho menos; sino para dar el gusto a los amantes de las Misiones que me piden que siga mandando algo; porque me va ya dando vergüenza venir repitiendo siempre lo mismo. Quiero decir que ya no tengo vergüenza. ¡Qué vida ésta!” “Casi me da vergüenza publicar más repeticiones; pero el público parece que no se ha hartado todavía. Ni yo mismo lo entiendo.”
Mientras cae una lluvia formidable… y el aire está muy fresco, escribo, y me parece compartir la misma vergüenza que el gran misionero del Polo Norte (¡Al menos en algo me puedo parecer a este grande!), de seguir escribiendo siempre las mismas cosas. Pero ahí está también lo grandioso de nuestra vida, el poder perseverar en el día a día. “Yo siempre concebí al misionero como un héroe cristiano. Viene a las misiones a dar la vida por Cristo jirón a jirón, pellizco a pellizco, sufriendo, aguantando, devorando las diez plagas de Egipto, envejeciendo y muriendo plácidamente en tierra aliena. Pero siempre le imaginé contento de poder gastar así su vida”. El P. Llorente daba gracias a Dios por esos jirones y por esos pellizcos de cada día en la misión, y seguimos su ejemplo.
¡Firmes en la brecha!
P. Diego Cano, IVE