Por: P. Diego Cano, IVE

 

Domingo 12/7

Me hubiera gustado saber qué decían esos niños, pues hablaban en sukuma y no tenía nadie que me tradujera. Yo los miraba desde mi ventana, y ellos no me veían. Eran unos cinco, niños y niñas, y llegaron cantando los cantos de la misión. Se sentaron en la tierra, seguían charlando, y me imaginaba que comentarían sobre la misión y los misioneros, las hermanas… recuerdos de esos días. Puedo pensarlo porque en entre medio se dejaban oír algunas palabras “clave”, que se entienden en swahili también. Reinaba un silencio inusitado a las seis de la tarde, no común en los días previos de la misión. Las hermanas ya habían partido, la misión se cerró al mediodía. Los niños jugaron un rato, con sus “antiguos” juegos, una pelota hecha con trapos, que se la pasaban uno al otro. Me dio la impresión de que se fueron a sus casas, resignados realmente de la que la misión había terminado, y las hermanas se habían regresado a Ushetu.

Me parece que de todas formas no estaban tristes, sino que simplemente gozaban de lo vivido en la semana que pasó. Fueron días muy intensos, y la clausura fue un día de gran fiesta. Tuvimos una misa muy linda, con la celebración de cuatro matrimonios, todos ellos eran regularizaciones. Pero lo que hizo que fuera emocionante era que se trataba en su mayoría de personas mayores de 70 años, y algunos más de 80. De los que se casaron, cinco se bautizaron, y recibieron la confirmación y la primera comunión. Las señoras que eran católicas, mostraban una gran alegría de poder volver a confesarse, y recibir los sacramentos después de muchos años. Algunos de los matrimonios los alentamos a que se casen, porque estaban por volverse atrás al no tener nada de ropa como para vestir más dignamente, sólo tenían ropa de trabajo. Las hermanas les consiguieron vestimentas a algunos de ellos, y finalmente todos aceptaron, gracias a Dios. Algunos niños se bautizaron, unos ocho, si mal no recuerdo. La iglesia estaba repleta, pues habían venido feligreses de otras aldeas, y también los jóvenes que habían estado el día anterior. Los niños debieron sentarse afuera. Comenzamos a las 10:30 am, y terminamos un poco antes de las 14:00 hs. Terminamos como es tradición, con la renovación de las promesas bautismales, y la promesa de fidelidad a Dios en los propósitos de estos días de misión.

Luego salimos y en la puerta hicimos la bendición de la cruz misionera con la frase que todos repetían y cantaban en estos días: “¡Santa Misión! ¡Salva tu alma!” Acto seguido comenzaron los cantos y bailes, con gran alegría. Comimos todos juntos al costado de la iglesia y cada grupo presentaba algún canto. Yo pensaba en los que se habían casado, y que estaban gozando de una gran fiesta… un fiestón de casamiento, con tantos invitados como no lo hubieran imaginado. Una familia cristiana, a la que algunos de ellos nunca hubieran imaginado pertenecer, y aquí estaban hoy. No ocultaban esa alegría, y nos divertimos mucho viendo a los abuelos bailando en el momento del fogón (show).

Como para culminar estos relatos de cada día de la misión, simplemente reflexiono sobre el gran trabajo que queda por hacer, todavía hay muchos paganos. De todas maneras, esta misión ha sido un gran paso, pues se ha llegado a la casa de cada uno, aún de las casas más lejanas. Creo que nunca habrían imaginado que un misionero o misionera podría llegar hasta ellos. En eso pienso muchas veces cuando estamos viajando en la camioneta y pasamos por casas que están muy apartadas y metidas en el campo. Las hermanas y misioneras llegaron hasta esos lugares. ¡Eso es misionar! Llegaron a llamar hasta en los confines. Una hermana me contó que en una mañana caminaron una hora hasta llegar a una casa.

Pienso también en los preparativos de esta misión, que no es la preparación próxima, la que realizamos unas semanas antes. Sino la preparación que Dios fue haciendo hasta que llegamos a concretar estos días, preparación de muchos años. Porque hace tan sólo siete años atrás se contaba nada más que con una capilla de barro y techo de pajas. Luego se construyó la iglesia, en varios años, y finalmente la casa misionera… que nos llevó otros cuatro años. Sin una iglesia y sin la casa, se podría realizar la misión, claro… pero sería mucho más complicado. Ciertamente que el poder quedarse ocho días, y vivir allí, a pesar del viento, de la tierra, del calor, de la falta de agua… pero tener dónde rezar, una iglesia que se pueda cerrar por las noches, para tener adentro el tabernáculo, un poco más seguro, es necesario. El poder tener donde rezar, sentarse, y celebrar la misa con dignidad, nos ha ayudado. Dios fue preparando todo esto, fue preparando a los misioneros, fue preparando a los fieles. A veces hay que tener paciencia, pero no hay que perder de vista el ideal, y seguir buscándolo. Y hay que tener paciencia con los frutos, como nos enseña el P. Llorente, pues “no todo es llegar y vencer”. Habrá que seguir rezando para que estos nuevos cristianos perseveren, para que muchos más sigan el catecumenado, y para que podamos volver a realizar muchas misiones más.

Muchas gracias por habernos seguido en estos días de misión, y por rezar por estas almas.

¡Firmes en la brecha!

¡Santa misión! ¡Salva tu alma!

P. Diego Cano, IVE