Por: P. Tito A. Paredes, IVE

 

En mayo del 2014 el P. Gustavo Lombardo tituló a uno de sus escritos: “A tus 33 años ¡Cada día te quiero más!”[1], hoy quisiera hacer mías sus palabras o mejor dicho parafrasearlas y decir: “A mis 33 años ¡cada día te quiero más!”. “Si uno quiere a su familia -decía el P. Lombardo- es difícil al menos de vez en cuando no hablar o escribir de ella; pasa lo mismo con la familia religiosa”. Es por esto que al haberse cumplido 20 años de mi ingreso al Seminario Menor y por ende a la familia del Verbo Encarnado me permito compartir unas líneas con todos ustedes que los considero mi familia. Sigo el ejemplo de otro amigo, monje en este caso, “el polaco” o riojano P. Andrés Nowakowski, que en marzo del año pasado escribió y envió por reenvíos: “A 20 años de mi entrada al Seminario Menor[2]. Como pueden ver sigo las crónicas de las misiones, las fotos de la semana, los sitios webs de las diferentes provincias, canales de YouTube, Formación Sanjuanista, etc. porque me interesa saber lo que piensan, dicen y hacen los míos, o mejor dicho los nuestros, alrededor del mundo. Es, que los considero mi familia, o mejor dicho somos una familia. Por esto como el P. Andrés: “pienso que no puedo dejar pasar este aniversario sin expresar mi agradecimiento a Dios y a muchas otras personas que me ayudaron y me ayudan, a pesar de mis debilidades, a seguir”[3] a Nuestro Señor Jesucristo y a su esposa la Iglesia, formando parte de esta querida familia religiosa.

Pero, ¿por qué cada día te quiero más? Por la sencilla razón de que todo lo que soy -religioso y sacerdote- y todo lo que tengo -vida sobrenatural, el sacerdocio y la vida religiosa- se lo debo esta “madre querida”. Entré al Seminario Menor en marzo del 2000 con 13 años. De los 20 años que pasaron quisiera compartir o recordar en “voz alta” y a vuelo de pájaro algunas de las cosas que me fueron forjando como miembro del Verbo Encarnado en cada etapa o paso de la formación.

Los cinco años en el Menor fueron marcantes. Porque todo lo que se aprende desde chico penetra más profundamente y por tanto se asimila mejor, y como entré como una “tabula rasa” (una hoja en blanco) puedo decir que mucho más. A pesar del sujeto en cuestión, puedo decir que aprendí lo esencial de nuestra fe y lo esencial de nuestro carisma y espiritualidad, en germen claro, y aclaro también que lamentablemente aprender no es garantía de que lo viva en todas sus exigencias… Pero TODO lo aprendí ahí: el amor a las Tres Cosas Blancas, al sacerdocio, a la vida religiosa, a tener espíritu de familia, en fin, la total entrega alegre de uno mismo a Dios.

Del noviciado puedo destacar la maduración de la vocación al sacerdocio y a la vida consagrada dentro de este Instituto, ya que el contacto vivo con todo lo nuestro, con el hábito, nuestra sotana y el voto a la Virgen María en materna esclavitud de amor, fueron tornando realidad lo que fuera un deseo. Sin dudas que el profundizar la vocación vino por la oración, la predicación, por el estudio de nuestro Derecho Propio y por la lectura de las obras del P. Buela. Por ejemplo: gracias a su libro “Nuestra Misa” pude no sólo conocer y amar más el Santo Sacrificio sino también profundizar el “don y misterio”[4] de la vocación (es decir de mi vocación): «Pienso que puede resultar de mucho provecho que cada uno reconstruya su propia historia, la historia personal de su fe en la Eucaristía». ¡Cuántas maravillas del amor providente del Señor uno puede descubrir con este ejercicio! «Me pareció conveniente llamar la atención sobre un aspecto muy importante de nuestra vida como consagrados, más bien un aspecto esencial de nuestro ser sacerdotal, de nuestra vida religiosa y cristiana. ¿Cuál es ese aspecto? Nuestra relación personal e íntima con Jesucristo Sacramentado. (…) En resumidas cuentas, toda nuestra vida está marcada por un contacto asiduo con la Eucaristía. De ahí la necesidad de que nos sumerjamos en la meditación de este misterio (…)»[5]. Y fue así que sumergido en el misterio descubrí que mi vocación comenzó dentro de la Santa Misa (durante la consagración), de la cual mi madre de sangre (Sebastiana) fue la catequista cuando tenía tal vez 6, 7 o 8 años como máximo. Tal vez se estén preguntando ¿qué sucedió? Y debo responder simplemente: el milagro de la transustanciación, es decir el Verbo se hizo carne una vez más (verdadera, real y substancialmente presente con su cuerpo, su sangre, su alma y divinidad). En aquella época y con aquellos años mis conocimientos de la fe no llegaban a lo básico, por eso después de tomar coraje -porque no quería que quedara descubierta mi ignorancia- le pregunté a mamá qué es lo que sucedía, aunque no tan interesado por saber lo que ocurría sino más bien para saber lo que yo debía hacer. Recuerdo que me dijo que era el momento más importante y que debía pedir a Dios cosas importantes, grandes, hoy diría “gracias especiales” o “inmensas”. Entonces “sabiendo” lo que sucedía y lo que yo debía hacer, me puse manos a la obra y con toda la sinceridad y simplicidad de un niño de esa edad (6, 7 o 8 años como máximo) puse en palabras mis deseos en el momento de la elevación… Como les decía recién en el noviciado (2005) entendí o mejor dicho tomé consciencia de que el Verbo Encarnado me escuchó en aquella ocasión y me concedió el llamado, lo cual hoy es ya un hecho consumado pues soy sacerdote del IVE.

De la Finca, me faltarían las palabras pues la vida allí “es un anticipo del cielo”[6]. Aunque, para resumir, solamente quisiera destacar el gran espíritu de familia que allí pude continuar aprendiendo y fraguando. De mis superiores, director espiritual, profesores, y demás sacerdotes pude aprender la paternidad, de los seminaristas más viejos a ser “hermano mayor” y cumplir con las responsabilidades, siempre con entrega y alegría. Así con el pasar de los años me enriquecí con la experiencia de todos ellos y poco a poco me tocó a mí ocupar ese lugar, y transmitir a los más nuevos lo vivido y lo recibido.

El 15 de septiembre del 2011, día de Nuestra Señora de los dolores profesé los votos perpetuos; el 3 de diciembre del mismo año la ordenación diaconal y luego mi “primer destino”: ¡Roma! A continuar estudiando. De aquellos años -para no extenderme demasiado- transcribo algunas líneas que escribí, desde mi actual misión: «Quedarán por siempre gravados en mi memoria los años que pudimos compartir en Roma, sin lugar a duda fueron de los mejores, pude en ese tiempo vivir en primera persona TODO lo que ya desde el año 2000 (con 13 años en el seminario menor) oí, viví y amé. En la Ciudad Eterna todo fue ejemplar y formativo, lo único que me brota del corazón es un sentido».

Una vez ordenado sacerdote (el 1 de diciembre del 2012) continué los estudios de Licenciatura y en el 2014 fui destinado como formador al Seminario Mayor San José de Anchieta que se encuentra en San Pablo, Brasil. Llegué el 23 de diciembre de ese año y desde tal fecha aquí me encuentro. Por estos pagos todo sigue creciendo (sabemos que esto es así porque otros ya pagaron y pagan con su sangre por los frutos que hoy nos toca ver y cosechar). Puedo decirles que hoy como sacerdote religioso del IVE estoy feliz, muy feliz; es una alegría inconmensurable poder vivir día a día mi consagración en el Instituto, de nuevo lo único que puedo decir es: “muchísimas gracias”, me considero indigno de pertenecer a esta queridísima familia religiosa, el poder serlo es para mí un motivo de constante agradecimiento de don tan inmerecido.

«El amor a la Congre tiene, por un lado, -decía el P. Lombardo- algo de impersonal, porque no se trata de una persona sino de una institución divino-humana; pero por otro lado es un amor bien personal, porque está constituida por personas de carne y hueso»[7]. Es por ello que quiero agradecer a TODOS: laicos, religiosos y sacerdotes que me ayudaron en mi formación y también en mi ministerio sacerdotal; como también aquellos que trabajan por las vocaciones. Sólo Dios que no se deja ganar en generosidad -como hemos aprendido y experimentado- les recompense sus magnánimos esfuerzos.

Para terminar, de nuevo quisiera robarle o apropiarme de las palabras del P. Lombardo: «“¡Muchísimas gracias!” por todo lo que me han dado –y me siguen dando–, y un “¡Mil perdones!” por todo lo que no supe dar… Y por encima de todo y de todos, a Él las muchas gracias y a Él las mil disculpas, no sin que Ella hermosee las primeras y, como buena Madre, haga suyas las segundas»[8].

Querida familia religiosa, hoy y siempre cuenten con “mis” Misas y oraciones, continúo contando con las suyas.

En Cristo y María, desde la Tierra de la Santa Cruz.

P. Tito A. Paredes, IVE

 

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[1] https://verbo.vozcatolica.com/tus-33-anos-cada-dia-te-quiero-mas/

[2] http://institutodelverboencarnado.org/a-20-anos-de-mi-entrada-al-seminario-menor/

[3] https://verbo.vozcatolica.com/tus-33-anos-cada-dia-te-quiero-mas/

[4] Cf. SAN JUAN PABLO II, Don y Misterio (São Paulo – 1996) 9-10.

[5] Buela, C. M., Nuestra Misa, (Segni RM – 20053) p. 263.

[6] Morsella, M., Cuento (escrito dactilografiado), sin fecha.

[7] https://verbo.vozcatolica.com/tus-33-anos-cada-dia-te-quiero-mas/

[8] Ibidem.