Por: Hna. Maria Cálice do Verbo, SSVM

 

Nuestra comunidad, fundada hace poco más de tres años, lleva el nombre de Nuestra Señora de Fátima. Entre muchos apostolados parroquiales y “extra parroquiales”, asistimos al Colegio “São José de la Divina Providencia”, que actualmente tiene 199 alumnos, cuyas edades van desde 4 meses hasta los 16, 17 años, todos católicos practicantes.

Hace poco tiempo, uno de los feligreses de la Parroquia que atendemos, (también llamada San José), maestro en el Colegio, obtuvo para el Colegio y para nuestra Parroquia las reliquias de San Francisco y Santa Jacinta Marto, de su primer ataúd.

El 20 de febrero, día en que se celebra el centenario de la muerte de los pequeños pastores, nos unimos a toda la Iglesia, por la comunión de los santos, para la entronización de dichas reliquias junto con la de los huesos de Santo Tomás de Aquino.

La Santa Misa fue por la tarde y asistieron 140 consoladores del Corazón de Jesús: son niños de primaria y secundaria, maestros, algunos padres, los directores y el coordinador. El celebrante fue el párroco, P. Marcos Funchal, sacerdote diocesano con el cual trabajamos.

El Evangelio del día decía: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos«[1]. Entonces el sacerdote les pregunta: ¿quién irá al cielo? Y todos respondían alzando las manos: «¡yo, yo, yo!».

Aprovecho para contarles una pequeña anécdota: los niños siempre pasan por donde está el recipiente de agua bendita, pero no solamente se santiguan, sino que “empapan” las manos y salen sacudiéndolas. Un día, cuando les pregunté el porqué, me respondieron que es porque cada gota salva un alma del purgatorio, entonces no pueden perder tiempo…

Después de la Misa, mientras cantábamos el canto de Fátima: El trece de mayo, los niños disputaban para ver quién sostenía la reliquia, quién la pintura y con gran alegría gritaban «¡Viva Santa Jacinta y São Francisco! ¡Viva Santo Tomás de Aquino!

Ver a la simplicidad y devoción de los niños hace recordar que Dios exige consoladores, exige amor, exige que alguien permanezca firme en la brecha. Resuenan las palabras de Abraham: “¡Que no te irrites si hablo por última vez! ¿Qué pasa si se encuentran diez allí?”. Y Dios se inclina y dice: «No lo destruiré por esos diez»[2].

Recemos para que los niños le pertenezcan siempre a ese «pequeño Jesús escondido», como le gustaba llamar San Francisco Marto, este Jesús que Santa Jacinta tanto amaba y que Santo Tomás de Aquino hizo brillar. Que Él, escondido en ellos, nos enseñe a ser como niños también, para que, reclinados en su Corazón, podamos consolarlo. Que la Virgen de Fátima sea siempre nuestro refugio, como ella misma nos prometió.

Que Ella nos enseñe en cada momento la voluntad de Dios, tal como lo hizo con los pequeños pastores, hasta que cese nuestra peregrinación y anhelo por Sion.

¡Viva los pastorcitos de Fátima!  ¡Viva la Virgen!

Hermana Maria Cálice do Verbo,
Comunidad “Nuestra Señora de Fátima”
Brasil – Osasco/SP, marzo de 2020

[1] Mt. 18, 3.

[2] Gen. 18,32