Algunos años atrás uno de nuestros padres nos predicó sobre la intensidad del amor a Nuestro Señor y para captar la atención, comentó una película en donde el protagonista está de tal manera enamorado de su esposa, que, en todo el día, en todo lo que hace, no piensa en otra cosa más que en ella, y no sueña otra cosa más que en volverse a casar con ella y todas las noches sueña lo mismo, que se vuelve a casar con ella. Esa es la intensidad y la fuerza del amor, que es capaz de invadir todos los minutos de nuestra vida… incluso de nuestros sueños.

Durante el año pasado se celebró el año jubilar lauretano, por cumplirse los 100 años de que el papa Benedicto XV nombrara el día 24 de marzo de 1920 a la Virgen de Loreto patrona de los aviadores (y por extensión de todos los que viajan por aire). Dada las limitaciones -a causa de la emergencia sanitaria- el papa Francisco, prorrogó este jubileo hasta diciembre del 2021, motivo por el cual, Nuestra Señora de Loreto pudo venir a visitar el Duomo de Orvieto apenas comenzado el año.

¡La visita de la Virgen! Se imaginarán la gran alegría que nos dio esta noticia.

La preparación de dicho acontecimiento movilizó a todos los entes involucrados sea en la ciudad, en el Duomo, como en la Diócesis, Servidoras incluidas.

La fecha de la visita se fijó el día 12 de enero. Junto con los canónicos encargados del evento, programamos lo que sería ese día. Tenía que ser un día de oración, de mucha oración. Habría adoración eucarística en el Altar Mayor, rezaríamos el Ángelus al mediodía, se cantarían las Vísperas, se rezaría el Rosario y luego el canto de las Letanías Lauretanas. ¡Todo concluiría con una Solemne concelebración eucarística, presidida por nuestro Obispo y el clero local … y estarían todas las autoridades civiles y militares invitadas! Un gran despliegue.

La noche anterior a la llegada de la Virgen, sucedió algo curioso y divertido. Tuve un sueño. De pronto, me encontraba en una habitación ni grande ni chica, un poco en penumbras, pero con luz que entraba por una ventana, paredes sin adornos, algunas zonas grises, ladrillos a la vista, todo muy pobre, y allí, frente a mi, Ella … la Virgen de Loreto! Ella, con su tez oscura, llevaba su típico vestido blanco, y en sus brazos tenía al Niño, que también tenía la tez oscura. Ella me miraba, preguntado con su mirada, si yo necesitaba algo, y me decía, que hablase pronto, porque Ella se estaba preparando, porque tenía que hacer un viaje y me señalaba para que yo mirase al costado, una valijita, su valijita de viaje! Era una valija de cuero, marrón, de esas viejas, y estaba repleta, parecía que iba a explotar … Mientras Ella me hablaba, yo pensaba, “pobre Virgencita, mirá dónde vive, mirá la valijita vieja que tiene! Todo tan pobre acá, esta es su casita, todo así de pobre … pobrecita la Virgen …” . Ella me volvía a decir muy contenta, que ya tenía listo todo, que estaba por partir.

Fue un sueño y nada más que un sueño, que se interrumpió ahí… pero el resto de la noche, seguí “durmiendo” con ese pensamiento … “la Virgen está en camino”, y me giraba en la cama y pensaba, “ya debe estar saliendo”, y luego, “ya debe estar subiendo al coche” …”ya debe estar tomando la autopista” … Dios mío, la Virgen está llegando!!!  Ti-ti-tí … ti-ti-tí — ti-ti-tí sonó el despertador! ¡Era hora de levantarse!

Mientras rezaba a los pies de mi cama, los tres Ave María recordaba el sueño y reía sola … ¡tenía muy presente su valijita de cuero llena! ¿Qué cosas traería?

La jornada de trabajo comenzó, a las ocho de la mañana ya estábamos firmes en el Duomo, preparando todo para su arribo. Los fieles comenzaron a llegar, numerosos. Si bien era un día friísimo, Dios había preparado para su Madre un día de sol radiante.

Alrededor de las 10:30 de la mañana, apareció el corteo de autos oficiales y guardias, que con todos los honores cortejaban el “Madonna-mobile”, es decir, una pequeña camioneta blanca, adaptada para transportar la imagen de Nuestra Señora dentro de una urna de vidrio.

La puerta central del Duomo se abrió, para acogerla estaba el Vicario General de la Diócesis y Archidiácono del Capítulo de la Catedral, don Stefano. Con mil delicadezas – como solo Ella se lo merece- desataron los cinturones de seguridad que la sujetaban, la bajaron del coche, y escoltada por la Guardia de Honor de la Aeronáutica Militar, mientras el órgano de la Catedral sonaba solemnemente, entró triunfal al Duomo.

Mientras Ella pasaba delante de mis ojos … yo pensaba en su valijita de cuero, ¿qué cosas traería?

Una vez colocada en su pedestal, se la incensó, se la saludó con el mismo saludo del Ángel Gabriel: ¡Ave María, llena de gracia! Seguidamente se expuso el Santísimo Sacramento.

Durante todo el día la Virgen estuvo acompañada, no solo de la Guardia Oficial de la Aeronáutica Militar venida para la ocasión sino de muchos fieles que se llegaron al Duomo, para saludar a su Madre y presentarle a Ella sus dolores y preocupaciones.

Luego de un almuerzo veloz, regresé al Duomo… me parecía muy descortés de mi parte dejarla sola, dado que yo consideraba que ¡Ella había venido a visitarme personalmente! A sus pies puse mis intenciones y todas las intenciones que durante esos días previos se me habían encomendado, y mientras rezaba con Ella… pensaba en su valijita de cuero, ¿qué cosas traería?

La jornada de la tarde siguió con la Adoración Eucarística y los momentos de oración previstos (canto de Vísperas, Rosario y Letanías).

Aquel día terminó con la Concelebración Eucarística presidida de nuestro Obispo, Mons. Sigismondi, con el Duomo llenísimo. El mismo Obispo dijo sorprendido que veía con placer la gran convocatoria que la Madre de Dios había generado.

La jornada acabó, y María con el Niño se fueron de Orvieto. Para algunos quizás fue solo una visita, para otros quizás su paso por Orvieto no produjo nada, no solucionó, ni cambió nada…. Para tantos otros, los que esperábamos que Ella abriera su valijita, seguramente trajo muchas gracias para derramar, bendiciones y caricias de madre… No siempre una madre puede evitar las cruces de sus hijos, pero siempre una madre sabrá consolarlos y acariciarlos… porque Ella es la Madre de Dios, fuente de todo amor y consuelo.

M. Maria Kidane