Por: P. Sergio Pérez, IVE
Luego de nuestra visita a Montfort y Pontchâteau, el domingo 26 de julio partimos hacia la Basílica de Sainte Anne d’Auray, lugar de la aparición de la madre de la Virgen Santísima y abuela de Nuestro Señor. No siempre se tiene la gracia de poder participar en su fiesta propia en este lugar de la Bretaña francesa. Cada año, el 26 de julio, entre 20 y 30 000 peregrinos asisten al gran perdón de santa Ana, lo que la convierte en la tercera mayor peregrinación francesa después de Lourdes y Lisieux. Pero ¿a qué se debe la peregrinación de una multitud de fieles?
Sainte Anne d’Auray: Santa Ana visita el corazón de Bretaña
Sainte Anne d’Auray es una pequeña localidad, a unos cinco kilómetros del pueblo de Auray (de 6.500 habitantes) en la región de Bretaña. Pertenece a la diócesis de Vannes y es famosa por su santuario y las peregrinaciones en honor a Santa Ana, a quien, desde los primeros tiempos, los habitantes de esta región, una vez convertidos al cristianismo, le dedicaron una capilla. Ésta fue destruida a fines del siglo VII, pero su memoria se mantuvo viva gracias a la devota tradición del pueblo, al punto que aún hoy es llamado Keranna, (“la villa de Ana”).
Más de nueve siglos después (1624-1625), Santa Ana apareció allí varias veces a un simple y piadoso aldeano, Yves Nicolazic, mandándole a reconstruir la vieja capilla. Las apariciones llegaron a ser tan frecuentes y ante tantos testigos, que el obispo de Vannes, Sebastián de Rosmadec, consideró su deber investigar este fenómeno. Yves Nicolazic y numerosos testigos testificaron la verdad sobre los acontecimientos que ya eran célebres en toda Bretaña. Así fue como el obispo concedió el permiso para la reconstrucción de la capilla.
Ana de Austria y Luis XIII enriquecieron el santuario con muchos regalos, entre ellos una reliquia de Santa Ana traída de Jerusalén. En 1641 la reina obtuvo del Papa la autorización para una confraternidad, que fue luego confirmada por Pío IX en 1842.
Con el correr de los años, los peregrinos se han hecho cada vez más numerosos, no pudiendo ser detenidos ni siquiera por la Revolución francesa. La capilla ciertamente fue saqueada, las Carmelitas que la atendían fueron expulsadas, y la milagrosa estatua de Santa Ana fue quemada en Vannes en 1793. Sin embargo, los fieles siguieron peregrinando a la capilla.
En 1866, el Cardenal Saint Marc colocó y bendijo la primera piedra de la actual Basílica. Y en 1868 el papa Pío IX dio su acuerdo a la coronación de la estatua de Santa Ana, tomando en consideración la multitud de milagros. En la actualidad, Sainte Anne d’Auray sigue siendo una meta favorita de peregrinación. Pues bien, tratándose de la madre de nuestra Señora, nosotros no podíamos dejar de incluir la visita a Santa Ana en nuestro itinerario. Llegamos a primeras horas de la tarde del domingo 26 a la casa de una familia amiga que nos recibió y nos alojó.
A las 20.00 hs pudimos concelebrar en la solemne Misa de Santa Ana que fue presidida por el Obispo de Vannes, Mons. Raymond Centene. Terminada la Misa el Obispo se entretuvo un buen tiempo con nosotros en la sacristía con la intención de conocer detalles de nuestra familia religiosa, pues él mismo nos dijo que tenía buenas referencias de nosotros. La jornada terminó con una cena festiva ofrecida por nuestros anfitriones y el descanso necesario para seguir nuestro camino el día siguiente.
La Catedral de Vannes
El lunes 27, después de desayunar, partimos rumbo a Vannes teniendo como objetivo celebrar Misa en la Catedral y rezar junto a la tumba de San Vicente Ferrer. En esta diócesis el 27 de julio es celebrada la memoria de San Joaquín, padre de María Santísima. Grata sorpresa que nos motivó a celebrar la memoria del abuelo de Jesús en la Capilla axial de la Catedral. Terminada la Misa nos acercamos a rezar a la tumba de San Vicente Ferrer.
Este santo, nacido en Valencia (España) en el año 1350, fue un fraile dominico filósofo, teólogo, gran predicador y obrador de milagros. Sus viajes y predicación itinerante le granjearon el aprecio de la población de distintas regiones de Europa. Recorrió distintas zonas de Francia, pasando luego a Bretaña. Encontrándose gravemente enfermo decidió partir hacia Valencia, pero una terrible tempestad se desató al salir del puerto de Vannes, fenómeno que el santo interpretó como una señal de Dios para que regresara a la ciudad y allí pasara el resto de sus días. Falleció en la ciudad de Vannes el 5 de abril de 1419 siendo sepultado en la Catedral.
Predicador incansable del Evangelio, San Vicente Ferrer trabajó por la conversión y renovación de las personas y las instituciones, condición indispensable para que una sociedad sea más cristiana. El ideal misionero que encarna este gran santo no ha perdido actualidad. A él le pedimos la gracia de ser fieles al ardor misionero que debe caracterizar a todo miembro de nuestra familia religiosa.
Terminada la celebración de la Misa, y luego de un breve recorrido por la vistosa ciudad de Vannes, regresamos a Nantes para descansar y prepararnos para emprender la última etapa de nuestra convivencia-peregrinación.











