“Muere la Iglesia que olvida a sus mártires.” (Papa Damaso V)
Querida Familia Religiosa, queremos contarles un hermoso testimonio de amor a Dios y fidelidad a la Iglesia.
En 1794, durante la Revolución Francesa, de 829 sacerdotes franceses fueran deportados a la ciudad de Rochefort, perteneciente a la diócesis de La Rochelle- Saintes (a 50 minutos de nuestra comunidad en Saintes). De los 829 sacerdotes, 480 mueren por su fe.
El lugar del martirio fue descubierto en el año 1863 por un sacerdote, el padre Monseau, párroco de la Iglesia Saint-Nazaire-sur-Charente. Cierto día, encuentra un joven de rodillas rezando en la isla desierta y le pregunta al joven que estaba haciendo; el joven le responde:
– ¿Que? Mi señor, ¿Usted no sabe que es aquí donde están enterrados los Santos?”
El joven sabía esto pues su abuelo se lo había contado. Luego de este providencial encuentro, el sacerdote comienza una investigación y se descubre en esta isla un gran relicario de sacerdotes mártires.
Esta dramática historia empieza en la noche del 4 de agosto de 1789 con la elaboración de la “Constitución civil del clero” por el parlamento francés y algunos clérigos jansenistas. Era necesario terminar con todo lo que no fuese útil a la “revolución”. Esta constitución tenía como fin hacer del clero francés un cuerpo de funcionarios remunerados por el estado. Los conventos y monasterios se cierran.
La Constitución tenía 3 ideas:
1 – El obispo sería solamente pastor inmediato de la catedral, siendo entonces un simple párroco, sin influencia ninguna en el resto de la diócesis.
2- Para los cargos eclesiásticos la elección sería hecha por el obispo con la aprobación del estado o directamente solo por el estado.
3- La independencia de la iglesia de Francia respecto de Roma, teniendo así autonomía propria, rechazando entonces la autoridad del Papa y separándose de Roma.
Un decreto del 24 de julio de 1790 obligaba al clero francés el juramento de fidelidad al estado, aceptando y cumpliendo la constitución civil del clero. El 13 de julio de 1791 los obispos recurren a Roma y el Papa Pio VI condena esta constitución como herética. Como respuesta a todo esto, el 10 de agosto de 1792 el gobierno francés da 8 días para una aceptación de la constitución, de lo contrario tenían 15 días para dejar Francia. Los que permaneciesen, serían deportados a Guyana Francesa, con el fin de que allí muriesen de hambre y enfermedades.
De todo el clero, el 46% se negó a dar juramento al estado. El 26 de agosto de 1792 todos los sacerdotes, religiosos, obispos que no se presentaron al parlamento para prestar juramento fueran presos.
Para sorpresa, el estado se vio limitado: no tenía prisiones suficientes para tantos sacerdotes, ni tampoco transporte para llevar a todos hasta Guyana. Decidieron, por lo tanto, repartir todo el clero refractario en tres grandes prisiones de Francia. Un grupo partió a Blaye, otro a Bordeaux y otro a Rochefort.
A Rochefort, con el fin de partir hacia Guyana, fueron enviados 829 sacerdotes, en dos navíos. Permanecieron anclados en la desembocadura del rio “Charente”. Al tiempo, 226 mueren de tifus y son inhumados en la isla “D’Aix”. 254 mueren, luego, en la isla “Madame”, fusilados, o de hambre o de enfermedades.
Estos santos sacerdotes murieron por su fe, por su Iglesia y por Jesucristo. Prefirieron dar sus vidas antes de renegar de su fe, de su sacerdocio y de la Iglesia.
De entre ellos, 64 fueron beatificados por San Juan Pablo II, el 1 de octubre de 1995, en Roma.
El jueves 26 de agosto, fiesta litúrgica del Beato Jean-Baptiste Sousy y sus 64 compañeros mártires, tuvimos la gracia de participar de la peregrinación diocesana anual en honor y memoria de los sacerdotes mártires deportados. La peregrinación comenzó con una pequeña conferencia sobre la historia de la deportación de los mártires, dada por el padre Yves Blomme, postulador de la causa de los mártires. Luego, un tiempo para confesiones. A las 11 hs. la celebración de la Santa Misa fue presidida por el arzobispo de Paris Mons. Michel Aupetit, concelebrada por el obispo de La Rochelle-Saintes, Mons. George Colomb y por más de 30 sacerdotes venidos de varios lugares de Francia. Un detalle para destacar: durante la celebración de la misa fue expuesta en el altar una pequeña cruz de madera tallada por uno de los beatos mártires durante el tiempo de cautiverio en la isla.
Luego del almuerzo, se salió en procesión recitando el rosario y cantando a la Virgen, hasta el lugar donde están enterrados muchos de los sacerdotes mártires. Este lugar se lo llama “La Croix de galets”. Se trata de una cruz hecha con piedras que cada peregrino deja allí, piedra que cada peregrino recoge en el camino que se hace desde la orilla del mar hasta la isla.
Queremos terminar esta crónica con la frase del Papa Damaso V: “Muere la Iglesia que olvida sus mártires.” Esta isla recoge los restos del mayor número de sacerdotes muertos en un mismo lugar.
Que, a ejemplo de estos santos mártires, podamos nosotros también dar nuestras vidas por medio del martirio cuotidiano; y si Dios así lo quiere, con el martirio de sangre, en defensa de nuestra Santa madre la Iglesia, del Santo Padre y de nuestra propria vida religiosa.
Que la sangre de estos mártires, que riega la tierra de Francia, haga florecer muchas y santas vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa.
¡Viva la Virgen! ¡Viva la Misión!
En Cristo y María Santísima
Hermanas misioneras en Saintes, Francia.
¡Si somos los más desgraciados de los hombres, también somos los más felices de los cristianos!
Textos de las resoluciones tomadas por los sacerdotes de los
“Dos Asociados” (una de las embarcaciones) en los primeros días de su detención:
I
No se entregarán a inútiles preocupaciones por su liberación, sino que se esforzarán por aprovechar el tiempo de su encierro, meditando en sus años pasados y formando santas resoluciones para el futuro, a fin de encontrar, en el cautiverio de su cuerpo, la libertad de su alma. También considerarán como una falta de resignación a la voluntad de Dios las más mínimas murmuraciones, la más mínima impaciencia, y sobre todo ese excesivo afán por buscar noticias favorables, que no puede sino introducir en sus almas ese espíritu de disipación tan contrario al continuo recogimiento en que deben vivir, y a esa sumisión sin límites a la voluntad de Dios, que debe alejar de ellos toda ansiedad por el futuro.
II
Si Dios les permite recuperar, en todo o en parte, esa libertad que la naturaleza anhela, evitará entregarse a una alegría inmoderada al conocer la noticia. Manteniendo la calma de sus almas, demostrarán que han soportado la cruz que se les impuso sin murmurar, y que estaban dispuestos a soportarla aún más, con valor y como verdaderos cristianos que no se dejan vencer por la adversidad.
III
Si se trata de que se les devuelvan sus bienes, no mostrarán ninguna actividad para reclamarlos, sino que harán con modestia y veracidad cualquier declaración que se les pida; recibirán, sin rechistar, lo que se les dé: acostumbrados, como deben estar, a despreciar los bienes de la tierra y a contentarse con poco, a ejemplo de los apóstoles.
IV
No satisfarán a los curiosos que puedan encontrarlos en su camino; no responderán a las vanas preguntas que puedan hacer sobre su estado pasado; dejarán ver que han sobrellevado sus penas con paciencia, sin contarlas en detalle, y sin mostrar ningún resentimiento contra quienes han sido los autores e instrumentos de las mismas.
V
Se comportarán con la mayor moderación y la más exacta sobriedad en las posadas; se cuidarán de no hacer comparaciones, sobre todo delante de los extraños, de la comida que se les sirve con su anterior comida, y de no parecer que la disfrutan demasiado; el afán por la buena comida se convertiría en un gran tema de escándalo para los fieles que esperan encontrar en los ministros de Jesucristo a los imitadores de su penitencia
VI
Cuando lleguen a sus familias, no deben apresurarse a contar sus penas; sólo deben contarlas a sus parientes y amigos, y sólo con gran prudencia y moderación; nunca deben hablar de ellas en público, ni deben ceder a la insistencia de los demás a este respecto. Observarán la misma frugalidad en sus casas y en las de los demás, no buscando comidas, y comportándose allí, cuando sientan que deben aceptar invitaciones, con tanta modestia como sobriedad.
VII
Se condenarán al más severo y absoluto silencio respecto a los defectos de sus hermanos y a las debilidades a las que su desafortunada posición, el mal estado de su salud y la duración de su condena pudieran haberles conducido; conservarán la misma caridad respecto a todos aquellos cuya opinión religiosa difiera de la suya; evitarán todo sentimiento de amargura o animosidad, contentándose con compadecerlos interiormente, y procurando reconducirlos al camino de la verdad con dulzura y moderación
VIII
No mostrarán ningún lamento por la pérdida de sus bienes, ningún afán por recuperarlos, ningún resentimiento contra los que los poseen; sino que recibirán sin murmurar la ayuda que la nación pueda darles para su subsistencia, contentándose siempre con lo estrictamente necesario, tanto para vestir como para comer.
IX
A partir de este momento serán un solo corazón y una sola alma, sin distinción de personas y sin mostrar ninguna aversión hacia ninguno de sus hermanos bajo ningún pretexto. No se ocuparán de las noticias políticas, sino que se contentarán con rezar por la felicidad de su país y con prepararse para una nueva vida, si Dios les permite volver a sus casas, y convertirse allí en objeto de edificación y en modelos de virtud para los pueblos, por su alejamiento del mundo, su aplicación a la oración y su amor al recogimiento y a la piedad.














