Por: P. Diego Cano, IVE

Ushetu, Tanzania, 8 de septiembre de 2022

Hemos terminado nuestra “maratón” de campamentos de niños. Un mes realmente intenso, con cuatro campamentos de niñas y cuatro de varones, de cinco días cada uno. Entre todos los campamentos, sin entrar en detalles de cada uno, participaron en total 1.166 niños y niñas.

Pasan las semanas, y vemos el gran esfuerzo que significan, el cansancio en los misioneros (sacerdotes, hermanas, religiosos), y en muchas ocasiones la enfermedad “post-campamentos”, como la malaria, o malestares de estómago, resfríos o gripes, etc.; los campamentos se desarrollan en tiempo de sequía, que hace que sea especialmente duro, con el viento, el polvo y la tierra durante todo el día, el calor al mediodía, y el frío por la noche; muchos viajes por caminos destruidos, dormir en lugares incómodos, comer comida muy simple, y acabar “acabados”. Ante todo esto, me pregunto cada año si vale la pena tanto esfuerzo, sobre todo de los misioneros, padres y hermanas. Si vale la pena tanto esfuerzo logístico, y gastos que significan esos días. Si no habrá en la misión en nuestras parroquias algún trabajo que sea más importante y merezca prioridad, en vez de pasar tanto tiempo con los niños.

De una y otra parte la respuesta es obvia, ¡claro que vale la pena! Todos los sacerdotes, hermanas y religiosos que participan, manifiestan que están convencidos de la gran importancia de estos días. Pues no se trata de un simple campamento, sino que está marcado por la enseñanza y aprendizaje del catecismo. Afirmar en nuestros niños el conocimiento de la fe, pero también la práctica de la fe. Pues son días de mucha oración, con la misa, confesiones, visitas al Santísimo, procesiones y rosarios, oraciones de la mañana y de la noche, etc. Hay momentos de estudio del catecismo, pero también momentos en que conocen las vidas de los santos patronos de los equipos, y la instrucción de los sermones y las buenas noches. Se afirma la fe, pues se familiarizan con la vida en la iglesia, viven cinco días en un ambiente religioso, acompañados de los sacerdotes, de las hermanas, y jugando y compartiendo con ellos.

Incluso vemos que de muchos lados nos llegan felicitaciones por estos campamentos. En varias ocasiones algunos sacerdotes diocesanos que se han enterado de estas actividades en nuestras parroquias, nos felicitan, y nos preguntan cómo hacemos. Uno de los párrocos vecinos me decía hace algunos días que esa era la mejor manera de evangelizar en nuestras parroquias donde tenemos tantos paganos, atrayendo a los niños a la iglesia, muchas veces se atrae a la familia de ellos, y hasta amiguitos de la escuela o de la aldea. Además esperamos ver a estos niños algún día convertidos en jóvenes, en padres y madres de familia, en líderes de sus aldeas… y hasta en religiosas y sacerdotes. Es un plantar la semilla al voleo, y plantar también particularmente, y con cuidado de poner los fertilizantes de la doctrina y de la gracia… la poderosa semilla del Evangelio se convertirá en un gran árbol. Y crecerá como nos dice Cristo, muchas veces sin que el labrador se preocupe ni sepa cómo, por el poder propio de la semilla. Pues la semilla crece de día y de noche, cuando el sembrador trabaja y cuando duerme también.

Será por todo esto que cuando terminan esas trajinadas semanas de campamento, cada misionero recibe un gran regocijo como salario. Será esto lo que lleva a esperar un nuevo año, con nuevos campamentos de catecismo, recordando los frutos obtenidos, pero también viendo cada día los frutos, cuando visitamos los pueblos, cuando los niños nos saludan con gran alegría, cuando vemos gran devoción en las misas celebradas aún en las más lejanas aldeas… gracias a los niños que han vivido esta experiencia, uno y otro año.

Y permítanme una reflexión final, de agradecimiento a la Familia Religiosa. Cuando muchos sacerdotes nos preguntan cómo hacemos para una actividad tan intensa por tantas semanas, la verdad que no puedo decir sino que es la gracia de ser una Congregación religiosa, y ser una Familia Religiosa. Sin el trabajo en equipo de los sacerdotes y los religiosos, novicios, postulantes, y jóvenes; sin las hermanas y novicias, aspirantes, y otras tantas jóvenes; realizar todo esto sería casi imposible. Es una gran gracia que recibimos por nuestros Institutos, por el carisma y el espíritu de la Familia Religiosa. Gracias pues a nuestra querida Congregación, y a la Familia Religiosa por poder ser misioneros, y por poder hacer lo que hacemos.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE

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