Por: P. Diego Cano, IVE

Bukoba, Tanzania, 16 de septiembre de 2022

El viernes pasado, 9 de septiembre, celebramos a San Pedro Claver, patrono de los misioneros en África subsahariana. Es el patrono de una aldea que se llama Mkwangulwa, y es atendida por las hermanas Servidoras. Es una aldea que no queda muy lejos, pero el trabajo es sumamente árido, pues se trata de un lugar donde las tradiciones paganas están muy arraigadas. Hay mucha gente en la zona, viven esparcidos en el campo, y es difícil llegar a ellos, a cada familia. En el colegio primario de ése lugar asisten 900 alumnos, como para que se den una idea de la cantidad de gente. También cuentan con un centro de salud. Sin embargo cuando se llega al lugar, apenas se pueden ver unas quince casas, mas o menos, agrupadas en una especie de centro.

Las hermanas van a ese lugar con mucha perseverancia, y un verdadero amor a las almas, pues humanamente hablando, no se ven grandes progresos, y muchos de los que comienzan con entusiasmo, a las pocas semanas ya no se los vuelve a ver en la iglesia. En el lugar hay mucho alcohol, muchas fiestas paganas, y tradiciones… casamientos paganos, fiestas de varios días, mucha poligamia. También tienen mucha fuerza los ritos paganos, culto a los espíritus, trabajo de curanderos, etc.

En medio de esa “aridez”, como siempre, el trabajo apostólico da fruto. Hay un grupo de niños que asisten al catecismo semanalmente, tal vez unos veinticinco en total. Y los adultos que rezan pueden llegar a unas siete u ocho personas. Pero los niños perseveran, reciben los sacramentos, participan de los campamentos de catecismo y los campamentos de fin de año para monaguillos y para niñas. Hay una joven de esa aldea que hace muchos años está siempre cerca de las hermanas, y ahora ha entrado en el postulantado, y le pedimos que recen por su perseverancia. ¡Es un gran fruto de este apostolado!

También los otros días me contaban las hermanas que uno de los niños que siempre asiste, de nombre Martin, les preguntaba cuándo volvía el sacerdote a visitarlos pues “tenía un gran deseo de recibir a Cristo en la Eucaristía”. Se destaca este niño por la sonrisa que siempre tiene en su rostro.

Cuando llegué, un grupo de personas se dispuso para las confesiones. Es algo considerable, pues años anteriores sólo confesaba a dos o tres niños. Mientras tanto, debajo de los toldos, el rosario era rezado por un gran grupo de niños de la escuela primaria a los que les dieron el permiso de venir a la iglesia. Un grupo de unos ochenta, aproximadamente. Podemos decir que eran los católicos de la escuela… o “filocatólicos”, es decir simpatizantes con nuestra religión. Pero en su mayoría no conocían nada de la fe, lo que comprobamos cuando les hacía algunas preguntas durante el sermón. Por ejemplo, cuando les preguntaba quién quería bautizarse, que levante la mano. Casi nadie lo hacía. Pero cuando les preguntaba: ¿quién quiere ser hijo de Dios? Inmediatamente todos la levantaban sin dudar. En un grupo de niños que tenía a mi derecha, sentados en el piso, cerca del altar, entre unos veinte niños había una sola niña que estaba bautizada y había hecho su primera comunión.

Durante la misa les expliqué la vida de San Pedro Claver, que fue un gran apóstol de los africanos. ¡Les conté que había realizado 300.000 bautismos! Así que nosotros debíamos prepararnos para poder recibir el sacramento que nos abre las puertas de la Iglesia, y luego las del cielo, si vivimos bien nuestra fe.

Al final de la misa me pidieron que bendiga los anillos de unos viejitos que se habían casado hace como tres meses, y que no habían podido comprar sus anillos para aquél día. Cuando los llamamos para la bendición, la abuela se había puesto el vestido de novia y se había arreglado como en el día del casamiento. Como las hermanas habían preparado un festejo con la gente de la aldea para después de la misa, se aprovechó a festejar también al matrimonio, que estaban muy contentos. Se los hizo bailar, la gente pasó a saludarlos, y finalmente cortaron una pequeña torta, que se repartió en minúsculos pedazos, para que todos pudieran comer.

En medio de toda esta alegría, tan sencilla, debajo de unos toldos y bajo un calor sofocante… siempre nos admiramos de la simplicidad de estas fiestas, y la gran alegría aún en medio de cosas tan comunes y pobres. Ver ése “pequeño rebaño”, rodeado de un ambiente pagano, paganísimo, nos conmueve, y nos lleva a pedir a Dios la gracia de seguir adelante en el trabajo apostólico. Hay que seguir predicando, enseñando el catecismo y esperando que sean más y más los que reciban la fe. Los cristianos son “luz del mundo y sal de la tierra”, y de a poco irán iluminando y dando el sabor en esos lugares tan necesitados, dando mayor lugar a la fe en medio de su cultura.

El día siguiente, sábado, fui para celebrar misa y realizar un casamiento en la aldea de Shiki. Otro lugar donde nos esforzamos de ir cada semana, y también de construir una capilla. De esa manera, aún en medio de un pueblo sin fe, que esté presente una pequeña comunidad, que reza, que se reúne cada semana, y que reciben el catecismo y los sacramentos. La pequeña iglesia, que estamos construyendo gracias a donaciones, les debe llevar a recordar que “Dios está en medio de ellos”, que esa es “la casa de Dios y la puerta del cielo”. Allí también todo fue muy sencillo… como siempre. La mayoría de la gente no sabe participar de la misa, y hay que decirles cuando pararse, sentarse, cantar, etc. La novia se debía bautizar, y ambos novios recibieron la confirmación antes del casamiento. Sus hijos, dos pequeños, también recibieron el bautismo junto con su mamá. Los festejos fueron en la misma capilla, pues los novios no tenían dinero para hacer una fiesta en la casa. La comunidad aportó, y de esa manera pudimos compartir un almuerzo en la capilla… con toda sencillez. Pero así se va haciendo, y cada vez más personas reciben los sacramentos, y la comunidad se aumenta en cantidad y calidad.

Así se va avanzando en la misión ad gentes, entre paganos, de a poco y con perseverancia. Estas son nuestras pequeñas-grandes victorias. La fuerza del evangelio es admirable, y el vigor de nuestra Santa Iglesia Católica, con todos los medios de santificación. Cuando se celebra la misa, con la mayor dignidad posible, hasta los paganos que se hacen presentes advierten que hay algo “sobrenatural”, hay oración, hay sacerdote, hay ofrenda, hay comunión, hay silencios… Advierten que hay doctrina, enseñanza, verdades… y todo eso confluye en la alegría que todos manifiestan en el momento de los festejos, cantos y bailes. La vida cristiana les resulta atractiva a las personas de buena voluntad.

Me estoy extendiendo demasiado en las reflexiones, me he dejado llevar por lo que una y otra vez pienso cuando vamos a esas pequeñísimas aldeas, de apostolado árido… rodeado de paganos.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE

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