Solemnidad de la Santísima Trinidad
Por: María del Niño Jesús, SSVM

 

“María, tomando una libra de ungüento de nardo legítimo, de gran valor, ungió los pies de Jesús y los enjugó con sus cabellos, y la casa se llenó del olor del ungüento” (Jn. 12,3).

La acción realizada por esta mujer trascendió el tiempo, de tal modo que podemos decir que el perfume del ungüento llega hasta nuestros días. La promesa hecha por Cristo “En verdad os digo, donde quiera que se predique el Evangelio, en todo el mundo se hablará de lo que ésta ha hecho…”[1], se cumple no sólo, cuando escuchamos o leemos este pasaje evangélico, sino también cuando esta actitud encuentra eco en el corazón de un alma contemplativa.

La obstinada actitud de María al quebrar el frasco de alabastro y derramarlo sobre los pies y la cabeza de Cristo, sin importarle el gran precio del perfume, sin importarle la opinión de los comensales, sin preocuparse por su propia persona; y la actitud de Cristo en defenderla, en corregir la opinión de sus discípulos, en alabar la actitud de María, hasta querer proclamarla por todo el mundo, no pueden menos que llamar nuestra atención.

También hoy, hombres y mujeres derraman su existencia hasta “romper el vaso de alabastro”, sin reservarse absolutamente nada, sino que lo donan todo, o mejor aún, se donan del todo con un derroche que a la vista de muchos parece exagerado. Pero es que esa existencia ¿no podría haberse gastado para los pobres? Sin embargo, ellos descubrieron que aquí hay Alguien Mayor, el que da vida y alimento a todos los pobres, y sólo quieren ungir a Este Señor, perfumando con sus oraciones y sacrificios, con su silenciosa y amorosa contemplación, toda la casa de la Santa Iglesia.

También hoy, Cristo sentencia “ha hecho una buena obra conmigo”, “ha hecho lo que ha podido, anticipándose a ungir mi cuerpo”. Y ¿quién podrá reprochar a Cristo esta defensa? No hay más protestas, todos quedan en silencio, aspirando el perfume del nardo purísimo.

También hoy, nosotros quedamos sin palabras al ser testigos del ingreso a la clausura, de almas que quieren consagrarse a Dios en el estado de vida contemplativa. Vemos que están dispuestas a sortear todo tipo de obstáculo con tal de llegarse a los pies de Cristo y estarse allí con Él, vemos que su amor las lleva a romper el vaso de alabastro para derramar su existencia en alabanza de la Trinidad Santísima, pues están convencidas de que “oran y viven por la Iglesia, y a menudo obtienen para su vitalidad y su progreso gracias y ayudas celestiales muy superiores a las que se realizan con la acción”[2], por eso se dedican a ungir el Cuerpo Místico de Cristo con ese nardo purísimo de la oración y del sacrificio. Ungen los pies y la cabeza; los pies, derramando el perfume de sus oraciones sobre los miembros de la Iglesia que son misioneros; y la cabeza, cuando oran por aquellos miembros eminentes, sobre todo por Pedro, el príncipe de los apóstoles.

Dando gracias a Dios porque sigue inspirando la unción de Betania en nuestros días, pedimos oraciones por los consagrados de vida contemplativa, especialmente por las dos postulantes que ingresaron este domingo, para que perseveren con gran generosidad en esta vocación especial dentro de nuestra Familia Religiosa, pues, como dice San Juan Pablo Magno: “Conviene, en este momento, recordar que la respuesta a la vocación contemplativa implica grandes sacrificios, en especial la renuncia a una actividad directamente apostólica, que hoy particularmente parece tan connatural a la mayoría de los cristianos, tanto hombres como mujeres. Los contemplativos se dedican al culto del Eterno y «ofrecen a Dios el magnífico sacrificio de alabanza» (Perfectae caritatis, 7), en un estado de oblación personal tan elevado que exige una vocación especial…”[3].

En el Verbo Encarnado y María Santísima.

María del Niño Jesús.

Solemnidad de la Santísima Trinidad

07/06/2020

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[1] Mc. 14,9

[2] JUAN PABLO II. AUDIENCIA GENERAL. Miércoles 4 de enero de 1995

[3] JUAN PABLO II. AUDIENCIA GENERAL. Miércoles 4 de enero de 1995