Fairbanks, Alaska, 10 de octubre de 2022

¡Un momento memorable!

            ¡Ayer nevó por primera vez en Fairbanks! ¡No puede uno creer que hace una semana todo era amarillo, verde, cielo azul con atardeceres que llamean de fuego! Luego espero escribirles sobre eso. Pero en esta crónica quiero recordar que hace casi un mes toda la Iglesia celebró la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Esa ocasión nos proporcionó celebrar por primera vez una fiesta en nuestra parroquia “Immaculate Conception” acá en Fairbanks.

Una idea loca

             Bien sabemos que esta fiesta es especial para todas las Servidoras. Siendo solamente 3 Servidoras en Alaska, no podíamos dejar pasar tan gran celebración sin hacer nada. El ser solo 3, no era una excusa. Y si lo teníamos que hacer, lo haríamos bien.

            Armamos el plan: empezaríamos con el canto de Maitines el martes en la parroquia, seguido por un stuck (anunciado como “recepción”). El miércoles tendríamos la Adoración, la Santa Misa, luego la cena y el fogón con un divague. Era un elemento no negociable que nosotras tres cocinaríamos la cena para todos.

               No podríamos dejar pasar ningún detalle: la Liturgia bien preparada, una comida rica, una buena decoración, un fogón animado. Además, sabíamos que sería una novedad para todos en la diócesis.

            La idea ya estaba lista y parecía bien loca, el próximo paso era comenzar con las invitaciones.

Las invitaciones

            No era simples como imaginábamos. Primero, ¿a quiénes invitábamos? Segundo, la fiesta cae en pleno miércoles, mitad de la semana. Tercero, ¿cómo convencerlos a venir? Entonces, empezamos a anunciar en nuestra parroquia y luego en las parroquias vecinas que las hermanas querían celebrar la Exaltación de la Santa Cruz y que todos vinieran a celebrar con ellas; porque además de ser una fiesta importante para todos los católicos, ellas celebran la cruz de Matará que llevan como parte de su hábito.

            No parecía suficiente. La gente seguía confusa, no importaba cuantas veces lo intentábamos explicar.

         Por lo tanto, lo que nos pareció ser lo más eficaz era llamar a las familias que conocíamos, una por una, y solo pedirles que hiciesen un acto de confianza y viniesen con todos sus hijos para una Misa, cena y fogón… un miércoles, en medio de la semana.

Una preparación llena de esperanza

           Les pedimos a las familias que confirmasen si vendrían o no, así podríamos calcular cuánto cocinar. Todos parecían muy contentos con el menú: pastel de carne al horno. Sabíamos que, si tres familias decidiesen venir, ya tendríamos 30 personas. Por acá hay muchas familias numerosas.

           El espacio que tenemos en la Iglesia y en el comedor de la parroquia no es mucho. Podríamos recibir unas 150 personas, más que eso sería una locura. Ya tener unas 150 personas en total era una locura. Pero lo hicimos todo esperando llenar completamente la Iglesia y el comedor.

         Una de las señoras de la parroquia se ofreció para comprarnos todo lo que necesitábamos para la cena. Esa es la Divina Providencia, que nunca nos abandona.

 El día de la fiesta

              El martes cantamos Maitines. Vinieron los amigos más cercanos, la mayoría ya no tiene hijos pequeños. Les habíamos dicho a las familias numerosas que, si tuviesen que decidir entre los dos días, que viniesen el miércoles para la Santa Misa y la prometida cena con festejos.

            ¡Llegó el 14 de septiembre! Pasamos todo el día entre la cocina, la Iglesia y la decoración.

            Para nuestra sorpresa, la Iglesia estaba llena.

            Tuvimos a los 7 monaguillos de la parroquia, que no sabían qué hacer antes de la Misa y discutían que en el altar solo había 6 sillas y ellos eran 7. ¡Qué problema! Hasta que les dijimos que podríamos agregar una silla. Y todo se pacificó. Tuvimos canciones en inglés, español y latín. Era muy lindo ver como todos cantaban la Misa de Angelis con todas sus fuerzas. El incienso, la música, los monaguillos, y los niños que lloriqueaban y balbuceaban… todo decía que era una celebración digna y en familia.

No esperaban mucho más…

             Terminada la Santa Misa, los niños fueron los primeros en bajar corriendo hacia el comedor donde tendríamos la cena. Poco a poco las familias empezaron a bajar… la primera reacción era cierto espanto y preocupación, no pensaban que habría espacio suficiente para todos. La verdad es que no había espacio en abundancia, pero luego de bendecir los alimentos, servir la comida, y empezar el fogón, todo se desarrollaba en un clima de confianza y ya nadie se mostraba preocupado por nada.

            Para el servicio contamos con la ayuda de los “Knights of Columbus” de la diócesis. Como de costumbre, empezamos el fogón luego de anunciar que el postre era helado y que podían ir a servirse en la mesa del fondo: los papás estaban demasiado contentos y entretenidos con el fogón como para pensar en el postre, pero los niños como una manada desesperada salieron al encuentro de la mesa del helado… y mientras los papás cantaban felices con nosotros, los niños atacaban por segunda, tercera y cuarta vez el helado. Parecía que había sido firmado un contrato entre dos cuadrillas: los niños y los encargados del fogón.

           Difícil era contener la risa delante del P. Jaime y su don natural de hacer reír a la gente, y nosotros sabíamos cómo traer a los niños de vuelta: bastaba cantarles sus canciones favoritas y anunciarles que el divague estaba por empezar. Ellos sabían bien de lo que se trataba, ya que la mayoría había participado de la misión popular.

           Todos estaban muy contentos, pensaban que después de la Santa Misa no habría más que una simple cena, no esperaban mucho más… pero luego vino el fogón, el postre, el divague y terminamos como se debe: con el canto a la Reina de la fiesta, la Virgen de los Dolores.

            Ahora cuando los invitemos a celebrar una próxima fiesta, ya sabrán qué esperar y entenderán de lo que estamos hablando. Esa es la aventura de una nueva misión donde todo lo que para nosotros es natural y hasta normal, ¡acá es una gran novedad!

           Desde ayer entre el cielo y la nieve,
Hna. Unionis