En junio de 2021 realizamos una actividad muy original en nuestro monasterio y me pareció que podíamos relatar esta experiencia en una breve crónica… ya casi me había olvidado de escribirla cuando, en diciembre, leyendo una meditación de Santo Tomás para el tiempo de Adviento, recobré la “inspiración”.  Dice Santo Tomás que en la Encarnación se manifiesta cuánto ama Dios al hombre, ya que se hizo hombre para salvarlo, y que no hay nada que induzca más a amar que el saberse amado. Por otra parte, continúa el santo, sabemos que es más fácil amar lo semejante, por eso, para abrir a todos los hombres un camino fácil hacia Dios, quiso hacerse hombre a fin de que hasta los niños pudiesen conocer y amar a Dios hecho semejante a ellos[1].

Como muchos de ustedes saben, en el antiguo Carmelo de Luxemburgo se da una realidad muy original: aquí desarrolla sus actividades el “Centro espiritual”, formado por la comunidad contemplativa Santa Hildegarda de Bingen, la comunidad de hermanas Apostólicas “Consolatrix Afflictorum» y una comunidad del IVE, Beato Schetzel.

Las hermanas apostólicas han formado un grupo de Hijas de María, niñas encargadas de asistir a las necesidades de los fieles y de la celebración durante la Santa Misa: ellas preparan y llevan las ofrendas, pasan la colecta, distribuyen las hojitas de los cantos, encienden las velas, guardan los vasos sagrados y cientos de otros pequeños servicios que hacen con gran diligencia. Las niñas tienen entre 6 y 10 años. Al finalizar la Santa Misa, renuevan su entrega como hijas de María con la siguiente oración:

«Señor Jesús, tú me has llamado a ser servidora de la asamblea, ayúdame a ser fiel a mi compromiso. Ayúdame a estar atenta a servirte en cada uno de mis gestos. Que mi inteligencia, mi corazón y mi espíritu me hagan sensible a tu presencia y a tu amor. Que mi misión en la Santa Misa sea discreta y que sirva a toda la comunidad. Prevenme de las distracciones, perdóname por mis imperfecciones. Santa María, enséñame a amar a Jesús y a decirle “sí” todos los días de mi vida. Amen».

También hay monaguillos. Ellos, a fin de año, hacen una salida a un Monasterio Benedictino, comparten el almuerzo con los monjes, un tiempo de oración etc.

Muchos de estos niños son hermanitos, de ahí que una de las mamás sugirió que la salida de las niñas podría ser semejante a la de los varones…visitar un monasterio…femenino.

La idea sonó atractiva, aunque un poco difícil: ¿cómo íbamos a hacer para que las niñas pasaran un día monástico con nosotras? Parece que para los varones, guardar silencio es más fácil. Por otra parte, si las niñas iban a jugar todo el tiempo con nosotras, ¿qué diferencia habría entre pasar el día con las contemplativas o con las hermanas apostólicas? … En fin, aceptamos el desafío y organizamos unas horas de visita al monasterio que resultaron ser de mucho fruto para ambos grupos: las niñas y las contemplativas. Ellas eran unas dieciocho.

Comenzamos con una presentación y breve charlita en nuestro coro. Una de las hermanas les habló de los pastorcitos de Fátima y las alentó a ofrecer las actividades del día al Inmaculado Corazón de María. Luego les distribuimos los oficios: campaneras, antifoneras, servicio, etc. (todas querían hacer todo), las dividimos en tres grupos y las llevamos a conocer y a trabajar con nosotras en nuestros talleres: taller de galletitas, de costura y sacristía. Los tres grupos rotaron de manera que todas pudieron aprender y terminar trabajitos. Estaban tan concentradas en lo que hacían que realmente guardaban silencio y espíritu de oración, excepto en los momentos de cambios en los que sabían hacer muy bien recreo y bajar corriendo las escaleras. En cierto momento, encontramos un grupo jugando a ser cantoras en el coro; entre otras travesuras, ¡habían adaptado a su altura todos los micrófonos!

El Rosario merece una mención especial: fue con una procesión improvisada en el momento por el jardín del convento. Ellas llevaban una Virgen que iba rotando de brazo en brazo, también rotaban quienes dirigían los misterios, y el último Ave María era siempre cantado. En el camino había flores silvestres, bastó que una de las niñas cortara algunas para que todas arrasaran con el resto de las flores. Al final, corriendo espontáneamente, las colocaron en los brazos y a los pies de una estatua de la Virgen que hay en el jardín.

También se organizaron para poner las mesas y hacer el servicio: todo un ejemplo de generosidad.

Fue un día hermoso que nos sirvió para reflexionar por un buen periodo de tiempo. Todas disfrutamos mucho del tiempo compartido. Fue así que recordé una antífona de Laudes del Domingo de Ramos que pienso resume lo que debemos hacer con nuestras vidas: Que con los niños y los ángeles seamos fieles y cantemos al triunfador de la muerte… Corrí a buscarla en el breviario en español para usarla en esta crónica y descubrí con pena que la liturgia en español no traduce completamente el original latín y falta justo lo que pudimos experimentar ese día: la fe y fidelidad de los niños. El original latino dice: Cum angelis et pueris fideles inveniamur, triumphatori mortis clamantes: Hosanna in excelsis.

Al despedirse, algunas decían que querían volver y otras quedarse, como la más pequeña, de 6 años, quien me dijo al oído: «¿Me puedo quedar aquí?». Vino a mi memoria aquello que sentían los pastorcitos de Fátima cuando rezaban: “Querrían eternizarse en la presencia de Dios”[2].

Agradeciendo a Dios por los momentos vividos con las niñas, también por los dos años y medio de misión en el monasterio Santa Hildegarda de Bingen, en donde he podido aprender y disfrutar tantas particularidades de la misión en estas tierras de Europa del Norte, concluyo esta crónica deseando y pidiendo para todos los que conocemos a Dios y tratamos con niños, poder aprender de ellos ese trato tan familiar, simple y natural que ellos tienen con Dios. Que, al verlos, podamos conocer y amar más a Jesús que se hizo uno de ellos y que, como ellos, permanezcamos fieles.

En Cristo y María Santísima,

M. María del Redentor

[1] Cf. Santo Tomás de Aquino, De rationibus Fidei, cap. 5

[2] Carmelo de Coímbra, Un camino bajo la mirada de María biografía de la hermana María Lucía de Jesús y del Corazón Inmaculado. P. 70.