Por: P. Jesús Javier Segura Garí, IVE

 

El pasado 28 de enero recibieron en Italia 10 novicios el santo hábito talar, el día en que la Iglesia recuerda la gloriosa memoria de santo Tomás de Aquino. Días de mucha gracia y hermoso ambiente familiar para este grupo de novicios que pudieron vivir este cambio en sus vidas con la visita de sus familiares de Italia, España, Holanda, Eslovaquia, Lituania e Israel. 

Para el novicio, es esta una ocasión de manifestar con un signo exterior sus deseos de configurarse con Cristo, y recordar también con honor aquel día en que dieron las espaldas al mundo y se despidieron de sus queridos. 

 

De hecho, cuando un joven se despide de sus padres, amigos y personas allegadas, para entrar en una casa religiosa, en un convento o seminario, son muy variadas las reacciones de las personas que se quedan en el mundo viendo con asombro la decisión de un buen hijo o un buen amigo de abandonarlo todo para dedicarse a las cosas de Dios. 

Hay quienes con fe que animan a que sigan este paso: “Ánimo, hijo, hacen falta santos sacerdotes”. “Adelante siempre, no mires hacia atrás”. “Rezaré para poder estar presente en tu primera Misa, en tus votos.”. Hay otros que, con menos fe, pero con humana admiración, valoran quienes tienen el coraje hacer algo distinto y andar contracorriente: “Yo no te entiendo, a mí de Iglesia no me hables, pero si esto es lo que quieres, te deseo lo mejor”. Otros tendrán visiones más mundanas y superfluas, pero con buen corazón desearán buenos augurios: “Espero que puedas prosperar mucho. Ojalá que llegues a ser obispo, cardenal o Papa”. 

Lo que raramente escucharán los oídos de un joven, o no tan joven, que se lanza a cortar con el mundo para entrar en el servicio de Dios, es el deseo que los santos dirigían a sus queridos, que es el deseo de cruz. “Que no nos falte la cruz, como a nuestro amado”1 pedía san Juan de la Cruz. “Os llamáis Amigos de la Cruz. ¡Qué nombre tan glorioso!”2 escribía el Montfort. O las palabras que san Juan de Ávila advertía a una señora: “cuanto más trabajada, tanto venga más enhorabuena; y cuando menos refresco halle, tanto más enhorabuena”3. Y san Pablo a los de de Filipos: “Pues vosotros tenéis el privilegio no sólo de creer en Cristo, sino también de padecer por él…Y aunque tuviera que derramar mi sangre…alegraos también vosotros de esto mismo y congratulaos conmigo” (Fil 1, 29. 2,17-18). 

Si el mundo no le recuerda esto al novicio no es un problema; se lo recordará cada mañana su santo hábito. La sotana es eficaz recuerdo de la identidad de quien la viste, es revestirse de Cristo, y por tanto de su cruz, porque no hay Jesús sin su Cruz, como no hay auténtica Cruz sin Jesús. 

¿Y por qué cruz? ¿Nos gusta sufrir? No. A nadie le gusta. Pero es el camino, el medio. Nos fiamos de las enseñanzas de nuestro buen maestro, que nos instruye enseñándonos las reglas de la auténtica caridad, las leyes del amor verdadero. Lo hemos escuchado y leído decenas de veces: Si alguno quisiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y me siga (Mc 8, 34). 

Por eso la sotana es traje de cruz y traje de amadores, de quienes están aprendiendo a amar y de hecho ya lo empiezan a hacer como toca. Es traje de quienes están aprendiendo a bien sufrir. 

Terminado su cautiverio en la torre de Toledo, el místico español Juan de la Cruz visitó un convento de Beas de Segura. Las monjas que lo recibían se espantaron de verlo tan flaco y desfallecido, que la priora, para honrarle pidió a una de las hermanas que compusiera una coplilla, que cantó así: 

“Quien no sabe de penas,

en esta valle de dolores,

no sabe de cosas buenas,

ni ha gustado de amores,

pues penas es el traje de amadores”4.

Tras escuchar este canto y entrar en elevación como por una hora, el santo se quejaba de ver qué pocas penas había padecido aún por el Señor, habiendo entendido el bien inmenso que hace al alma poder sufrir algo por Dios. Y por eso puede decir con autoridad: “El amor no consiste en sentir grandes cosas, sino en tener gran desnudez y padecer por el Amado”5

Ojalá que estos buenos novicios sigan estas grandes enseñanzas de los santos, y que este nuevo modo de vestir exterior les ayude a engalanarse de virtudes y ardientes deseos de irse trasformando poco a poco en reflejo vivo del amor de Dios. Que les sepa a poco todo sufrir por Cristo, y que el tejido negro del que ahora visten les anime a entrar en el espesor de las oscuras noches que tendrán que atravesar para poder gozar de las estrelladas luces que encierra el corazón de Dios. 

Jesús Javier Segura Garí, IVE

 

 

[1] San Juan de la Cruz, A doña Juana de Pedraza, en Granada Segovia, 28 enero 1589

[2] San Luis Maria Grinion de Montfort, Carta circular a los Amigos de la Cruz. Obras, BAC, Madrid, 1984, p. 211.

[3] San Juan de Ávila, Obras completas. Epistolario. Apostolado de la prensa, Madrid, 1927.

[4] Cf. Crisógono de Jesús O.C.D., Matías del Niño Jesús O.C.D. y Lucinio Ruano O.C.D., Vida y Obras de San Juan de la Cruz, sexta edición, BAC, Madrid 1972.

[5]  San Juan de la Cruz, Puntos de amor, reunidos en Beas, 35.