Por: Monjes en Séforis

Queridos amigos:

Como podemos constatar en tantos pasajes de los evangelios, a menudo nuestro Señor Jesucristo recorre los distintos lugares repartiendo abundantemente sus gracias: curaciones, consuelos, liberaciones, aumento de fe, milagros, etc.; resaltando, además, en no pocas ocasiones la importancia y dependencia directa de nuestra fe respecto a los beneficios o gracias que le pedimos, ya que es la fe en Él la que nos capacita de alguna manera para “arrebatarle” dichas gracias de sus manos bondadosas. Pero como también podemos constatar, no es extraño que nuestro Señor nos pida algo a cambio (lo cual tantas veces es el mismo acto de fe), no porque no pueda concedernos dichas gracias si es que éstas serán de beneficio para nuestras almas, sino que pareciera querer constatar la sinceridad de nuestra fe, a la vez que darnos la oportunidad de hacerla más meritoria todavía mediante las obras que movidas por ella podemos realizar y ofrecer, es decir, no es un “pasando y pasando, yo te doy y tú me das”, como hacemos a veces nosotros, sino una especie de “Señor, porque confío en ti y tengo fe, te ofrezco esto para agradecerte y alcanzar de ti tal gracia”, es decir, un acto de amor, devoción, confianza y gratitud anticipado (y luego prolongado), por las gracias que deseamos que Dios nos conceda. Pues bien, este es exactamente el sentido, por ejemplo, de tantos buenos y santos ofrecimientos que tan altas y hermosas gracias nos pueden alcanzar. ¿Cuántas madres han ofrecido fe y lágrimas por la conversión de sus hijos?, ¿cuántos enfermos han ofrecido fe y dolores pidiendo su salud espiritual y la de sus seres queridos?; ¿cuántas personas han ofrecido fe y limosnas para poder dejar atrás un vicio?; y más cercano y cotidiano aún, ¿cuántas veces ofrecemos con fe nuestras oraciones por ayuda en nuestras necesidades y las de nuestros seres queridos?… ciertamente muchas.

Siguiendo esta misma consideración es que deseamos compartirles lo que fue la gracia de poder ofrecer algo especial a nuestro Dios, en acción de gracias por todos los beneficios recibidos, y también pidiéndole de manera especial por las necesidades de nuestro monasterio y de nuestra Provincia de Medio Oriente, y nos referimos a la peregrinación que pudimos realizar a Nazaret caminando, de ida y vuelta, llevando además las oraciones de quienes rezan por nosotros para poder ofrecerlas ante la gruta de la Anunciación del ángel a María santísima y la Encarnación del Hijo de Dios por su amor y nuestra redención.
Comenzamos con la santa Misa en nuestra capilla, y luego de la acción de gracias y un desayuno frugal, salimos hacia nuestra meta habiendo rezado por las intenciones de dicho viaje y cobrando fuerzas desde el principio con el rezo del santo Rosario.

Luego de casi dos horas y 11 kilómetros de por medio, pasamos por «la fontana de María» y llegamos finalmente a la basílica, donde pudimos ofrecer delante de la gruta nuestro viaje y oraciones. Allí nos quedamos rezando en silencio, una media hora hasta que los grupos grandes de peregrinos comenzaron a llegar para rezar también en el santo lugar. Luego de dar gracias a Dios y a la Sagrada Familia, comenzamos el regreso, cansados pero felices de haber podido renovar esta peregrinación que hace casi un año atrás también pudimos realizar. Dos horas después contemplábamos la torre de la basílica del monasterio desde afuera, atravesando sus muros silenciosos para descansar un poco y seguir con nuestra vida normal, pero eso sí, muy agradecidos y confiados en la Divina Providencia.

Esperamos que siempre sean más y más las peregrinaciones, aunque no fuesen tan largas (cada uno según sus posibilidades), ya sea a los santuarios marianos, de los santos, dedicados al Sagrado Corazón, etc., donde las almas devotas puedan llevar y ofrecer a Dios sus esfuerzos y oraciones en favor de sus necesidades e intenciones, como manifestación y robustecimiento de la fe, la misma que mueve, la misma que confía, la misma que se debe traducir en obras para ser sincera.

Aprovechamos para mencionar otra visita de los misioneros de la caridad, acompañados por el actual superior, el P. George, quienes tienen su convento justo frente a la basílica de Nazaret con adoración continua. Se encontraban peregrinando con un hermano que partía para Italia y deseaba conocer el monasterio. Pudimos compartir con ellos la Adoración eucarística y posteriormente el tradicional café árabe que no puede faltar cuando hay visitas. Finalmente cosecharon ellos mismos algunas aceitunas del monasterio para preparar, y nos despedimos con el habitual trato fraterno que tenemos desde que nos conocemos, hace ya varios años.

Damos gracias a la Sagrada Familia, como siempre, y encomendamos a sus oraciones a nuestro monasterio y también, de manera muy especial, a los enfermos por los cuales nos piden oraciones. Desde ya muchas gracias.

Con nuestra bendición, en Cristo y María:

Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia