Por: P. Diego Cano, IVE

Kangeme, Kahama, Tanzania, 7 de marzo de 2023

Miércoles de cenizas entre hojas de tabaco. Se entienden perfectamente estas palabras cuando se ven las fotos. Estamos en plena época de la cosecha, y el miércoles de cenizas me tocó ir a celebrar misa en una aldea que está rodeada de grandes campos cultivados con tabaco. En primer lugar celebré la misa de la madrugada para los catequistas de las dos parroquias, Ushetu y Kangeme, que se habían reunido para un día de formación y retiro antes de comenzar la cuaresma. La primera misa tuvo lugar a las 5:30 am, para poder luego hacer el viaje hasta Ushetu, y desde allí los catequistas comienzan el viaje para llegar en bicicleta a poblados a más de 20 kilómetros. Este año el encuentro de los catequistas lo hicimos en la parroquia de Kangeme.

A las 8:30 am celebré la segunda misa, en Kangeme, para los fieles. Y luego de eso me dirigí hacia Mazirayo, para la tercera misa. En el camino se comienzan a ver las plantaciones de tabaco en su esplendor, y mucha gente dedicada a la cosecha. Al llegar a la iglesia de “Nuestra Señora de Luján”, me esperaba un gran número de jóvenes, pues del colegio estatal les habían dado el permiso para asistir a esta ceremonia. Los niños de la escuela primaria, que siempre son muchísimos, tuvieron la liturgia de la palabra con el catequista en la escuela. En la iglesia estaban todos los jóvenes y un buen grupo de feligreses y de niños pequeños. Aproveché a confesar un rato largo antes de la misa, pero era imposible terminar con todos los penitentes en ése día, además de que el tiempo nos obligaba a empezar la misa para que los alumnos regresen al colegio, que queda como a dos kilómetros de la iglesia.

Al terminar la misa fuimos con el catequista Musa a visitar a una catequista ayudante, que estaba enferma. Laurencia es muy buena, y siempre se dedica mucho a enseñar el catecismo a los niños. Ella misma es madre de siete hijos, y la más pequeña de toda se llama “María Luján”. La encontramos acostada en su pequeña casita de barro, con muchos dolores de estómago y descompuesta. Pero se sentó para recibirnos, y siempre me admira que hasta se los ve contentos cuando nos ven, y para recibir las visitas. A pesar de los dolores, Laurencia sonreía. Estaba acostada casi en la tierra directamente, sólo una bolsa de plástico la separaba del piso. Me admiro sobremanera de lo acostumbrados que están a la vida dura y austera. La casa tiene techo de paja, y en las paredes luce un cuadro con la imagen de la Virgen que les hemos regalado nosotros. Luego de rezar con ella, y darle la bendición, y charlar un poco, nos despedimos.

En el camino de regreso a la iglesia debíamos pasar por un laberinto entre casas, caminando por pequeños senderos, cruzando patios que nunca están divididos o separados por paredes. Algunos niños jugando junto a una casa, con palitos, tierra, y restos de plásticos. Cruzamos junto a una casa donde estaba toda la familia trabajando, al menos todas las mujeres y los niños. Estaban en medio de verdaderas montañas de hojas de tabaco. Las estaban atando en palos para poder colgarlas en los hornos a leña (o estufas) que se usan para secarlas. Vi a lagunas de las señoras con el rosario y les saludé con el saludo cristiano, respondido a coro por todos. Les pedí permiso para sacar algunas fotos, pues me parecía una verdadera postal de las costumbres de la gente de nuestra misión. Entonces pude ver el trabajo en detalle de dos niñas, adolescentes, trabajando con gran habilidad atando las hojas que les pasaban ordenadamente sus hermanos más pequeños. Las mujeres separaban las hojas, que se debe hacer según el color. ¿Y los hombres? Generalmente en el campo, cosechando, cargando las carretas tiradas por bueyes, y haciendo los viajes.

Pude compartir algunas de estas fotos con compañeros sacerdotes, y muchos de ellos me respondieron agradecidos y contentos de ver cómo trabajan todos, y se los veía con alegría. Me decían algunos de ellos que los amigos a quienes les compartieron las imágenes, agradecían también, pues en muchos de nuestros países se ha perdido la cultura del trabajo, y mucho más del trabajo en familia, del trabajo en el campo. Trabajo que los dignifica, pues ellos mismos se ganan el sustento. Bien saben todos por estos lados, lo hayan escuchado o no, pero lo han experimentado, el valor de las palabras de San Pablo, un dicho tan antiguo como la humanidad: “el que no trabaja, que no coma”. Todos saben que la mejor manera de combatir el hambre, es el trabajo. Por eso todos cultivan apenas comienzan las primeras lluvias, que duran seis meses, para poder sobrevivir hasta la próxima cosecha. También el trabajo manual los pone en contacto con la realidad más concreta, y perciben entonces que hay un Creador, que hay un orden, que hay una ley. Que la realidad es la realidad, que el maíz es maíz, y el girasol es girasol. Que si planto tabaco, voy a cosechar tabaco… y que la mandioca será siempre mandioca, y no pude cambiar para ser una sandía. En fin, cosas tan evidentes, que en el occidente de hoy en día, no lo son tanto.

Allí disfruté esos minutos viéndolos trabajar, en tanta armonía. Se reían al ver que los filmaba, pues para ellos es algo tan normal y cotidiano. Les agradecí y nos despedimos. Un miércoles de cenizas entre hojas de tabaco. Un Dios que nos recuerda que nos ha dado la vida, que nos ha dado todo, pero que también todo pasa.

¡Firmes en la brecha!
P. Diego Cano, IVE