Por: P. Marcelo Molina, IVE

 

Limatambo, 19 de junio de 2022, Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo.

El gran Papa San Pablo VI enseñaba que “la finalidad de la evangelización es precisamente la de educar en la fe, de tal manera, que conduzca a cada cristiano a vivir —y no a recibir de modo pasivo o apático— los sacramentos como verdaderos sacramentos de la fe”. Creo que esto vale para la evangelización en todos los campos, y de un modo especialísimo en la evangelización que hemos de emprender desde “nuestra Parroquia”. ¡Sin dudar jamás que ese “hacer a los hombres consortes de la naturaleza divina”, fin propio de la Revelación, se da en plenitud cuando se reciben los sacramentos de manera digna!

Limatambo no es la excepción en lo que se refiere a la “parálisis” que ha ocasionado la pandemia y las respectivas restricciones impuestas al culto católico en estos dos últimos años; no es necesario decir mucho sobre esto, pues todos ya conocemos esta realidad vivida y sufrida. Más bien, de lo que quiero hablar en la presente crónica es del resurgir del sentido de fe del Pueblo de Dios que, una vez más, pone en evidencia el hecho sobrenatural de que es el Espíritu Santo el “alma” de la Iglesia.

Desde inicios del presente año hemos tenido la gracia de recomenzar todo el apostolado en torno a la recepción de los Sacramentos de Iniciación. Y así es como en la actualidad:

  • prácticamente todas las semanas se acercan a la Parroquia familias y personas que solicitan recibir el Sacramento del Bautismo;
  • son varias las parejas que se están preparando para contraer matrimonio, siendo en su totalidad “regularizaciones” de su situación matrimonial, lo que brinda la oportunidad de que más familias comiencen a vivir en gracia y fundadas sobre el santo matrimonio;
  • se ha recomenzado la catequesis presencial de niños para la Primera Comunión en tres centros de la Parroquia;
  • se ha recomenzado también la preparación de los jóvenes para la Confirmación

En cuanto a lo primero, durante varios días a la semana se tienen encuentros de preparación para el Bautismo, en donde se prepara a las personas por el tiempo de un mes aproximadamente, según las posibilidades (algunas familias vienen de pueblos alejados, y la exigencia debe ser menor para estos casos): familias que han pedido el Bautismo para sus niños; niños mayores de once años que quieren ser bautizados; adolescentes e incluso adultos, se preparan con mucho esfuerzo y entusiasmo. Como fruto de todo esto: el poder celebrar el Sacramento del Bautismo no sólo con más conciencia sino también como lo que es, la “verdadera puerta de ingreso a la vida de la gracia”. ¡Cuánto gozo para el sacerdote sumergir en las aguas bautismales a estas almas! ¡Y qué gozo para las familias y para las personas! Hoy pude bautizar a un niño de cuatro años. Durante la homilía, al ver la compostura del niño (dicho sea de paso, muy poco común en estos casos…), me animé a preguntarle:

― ¿Quieres recibir el Bautismo?
― Sí, me respondió.
― ¿Quieres ser hijo de Dios?
― Sí.
― Dios va a comenzar a vivir dentro de tu corazón, agregué. ¿Vas a portarte bien para que Dios no se sienta triste dentro de ti?
― Sí.
― ¿Quieres ver triste a Dios?
― No.

“A buen entendedor, pocas palabras…”. Lo cierto es que en esto he comprobado una vez más la fuerza que tienen los Sacramentos, esa fuerza no sólo para transformar un alma, sino toda la Iglesia. El niño se llama Paul, por quien pido sus oraciones para que esa gracia se conserve y crezca cada día más, “ayudado por la palabra y el ejemplo de sus padres y padrinos”.

Hace unas semanas atrás, también, bauticé a un joven de 14 años, llamado Luis. Al incorporarse después de recibir el Bautismo, noté en sus ojos una emoción contenida que lo empujaba a llorar… ciertamente que “lo esencial es invisible a los ojos”, pero hay veces en que podemos intuir a través de los ojos la acción suave y cierta del Dulce Huésped que ya comienza a trabajar. ¡Qué gran detalle de amor de parte de Dios para con sus sacerdotes el permitir, más no sea por unos segundos, el ser testigos del trabajo divino, que no pierde un segundo! Porque el Padre que está en los Cielos “trabaja siempre”. ¡Cuánta verdad en la sentencia del Señor: “de los que son como niños es el Reino de los Cielos”!

Por otro lado, desde hace un tiempo atrás venimos preparando a un grupo de jóvenes del último año del Colegio para recibir la Confirmación este próximo lunes 20, por manos del Obispo Auxiliar de Cusco. Es seguro que al leer la presente crónica ya haya pasado este acontecimiento, con lo que me veré en el deber de escribir nuevamente. Se trata de los jóvenes que no han podido recibir este Sacramento a causa de la pandemia. Fue precisamente voluntad expresa de nuestro Arzobispo el que redoblásemos los esfuerzos para poder prepararlos de tal manera que reciban la Confirmación, y así no acaben la educación secundaria sin ser confirmados. En nuestros pueblos, la mayoría de los chicos emigran a las grandes ciudades del Perú una vez que finalizan sus estudios secundarios, lo que los expone a no recibir el Sacramento sino después de mucho tiempo, y generalmente con ocasión de contraer matrimonio. Dada la “indiferencia religiosa” en la que viven muchos de nuestros jóvenes, pensé en un primer momento que los estudiantes no responderían a la invitación de prepararse… me equivoqué, y gracias a Dios que me equivoqué; hombre de poca fe que una vez más aprende que Dios todopoderoso es el verdadero dueño de las almas, y que es la fe “la que vence al mundo”. La invitación no se hizo esperar: son casi 70 jóvenes, provenientes de los distintos colegios de nuestras dos parroquias quienes se han confirmar este próximo lunes. Entre el P. Nicacio, las Servidoras y los profesores de Religión (sin cuya ayuda se nos habría hecho casi imposible este trabajo) hemos podido concluir en este día la preparación. Confío en que la gracia del Espíritu Santo, Autor del primer Pentecostés y de todos “los Pentecostés” de todos los tiempos y lugares, sabrá suplir con creces nuestras limitaciones, porque la Confirmación también es un verdadero Sacramento de la Ley nueva, y como tal tiene una fuerza inconmensurable.

Con estas breves anécdotas deseo sumarme a los muchos testimonios de nuestros misioneros por el mundo entero que tienen la honda convicción de que una Parroquia se edifica siempre “con la fuerza de los Sacramentos”. Voy viendo cómo nuestra Parroquia sigue creciendo gracias a esta fuerza sobrenatural, invisible y misteriosa en cuanto a su esencia, pero que se manifiesta en ese nuevo vigor con el que se embellece la Iglesia. Es el invaluable legado que hemos recibido como Familia Religiosa, el convencimiento profundo que nos empuja día a trabajar por las almas, y el punto central, creo, en torno al cual pensamos nuestros planes pastorales.

Dije que se trata de un “legado”, recibido como don y que trae anejo en sí el sagrado deber de transmitirlo íntegramente a las nuevas generaciones de religiosos. En definitiva, ésta es la última razón por la que he escrito esta crónica.

¡Hasta la próxima!

P. Marcelo Molina, IVE