Por: Sem. Harley Carneiro
Hace un año, nosotros contemplativos del Instituto del Verbo Encarnado festejábamos de manera muy especial el 85º aniversario del triunfo martirial de nuestros patronos, los Beatos Mártires Benedictinos del Pueyo. Con una hermosa novena nos preparamos para celebrar con ellos (los mártires) esta fecha muy significativa, sin embargo, un año entero ha pasado. Nuevamente nos pusimos a preparar la novena, a preparar las ceremonias tanto para la caminata nocturna del 27 de agosto, como para los maitines de la fiesta de los Mártires el 29, y también para la fiesta del 30.
Este año, mientras rezábamos la novena, no pude dejar de reflexionar sobre un hecho que, al menos a mí me ha marcado bastante, mientras toda la comunidad del Pueyo, nos poníamos de rodillas para recibir la Bendición Eucarística y en seguida rezar la novena a los Mártires, comencé a pensar en el hecho de que estábamos arrodillados delante de la comunidad mártir podiense, sus restos reposan y aguardan la resurrección final ahí, abajo del altar del Santuario. Estábamos arrodillados ante sus reliquias y rogando a Dios por toda nuestra pequeña Familia Religiosa, de modo muy especial por la vida contemplativa de nuestro Instituto. Estábamos poniendo preces y súplicas en sus manos para que, estando ya en el cielo, puedan presentarlas ante el Trono del Cordero. Lo que me hizo pensar en esta realidad muy hermosa de la comunión de los santos, en el intercambio de gracias que se da entre los santos del cielo y los que militan en este valle de lágrimas.
Es cierto que ver a sus restos: calaveras, huesos resecos, ver tres urnas de cristal llenas de pequeñas señales de una total ausencia de vida (tal cuál humanamente conocemos), es una cosa que sí, nos hace pensar en la muerte, pero, ¿quién tendrá la audacia de decir que rezar arrodillado ante las reliquias de estos beatos mártires no nos llena de vida? O que, al menos, ¿no nos llena de pensamientos que transcienden esta vida y nos ponen en contacto con las realidades eternas?
La verdad es que muchas veces nosotros dejamos al margen de nuestras vidas estos pensamientos, la profunda reflexión sobre estos temas, o incluso el intento de asimilarlos a nuestras vidas personales, pero ¿cómo es posible no sorprendernos cada vez que nos damos cuenta de la gran gracia que tenemos al poder cada día hacer las “mismas cosas” en los mismos lugares que ellos las hacían? Debe asombrarnos, o debería…
En la crónica del año pasado me refería al hecho de estar recorriendo nuevamente, tras 85 años, los últimos pasos que dieron sobre esta tierra los mártires. En la caminata de este año, aunque siempre muy sencilla, fue revestida de un aspecto solemne y triunfante, éramos pocos, pero, ¿acaso será el número de las personas que nos dirá algo del espíritu que animó toda la caminata en la noche del último 27? No, seguramente que no. Mientras caminábamos (o seguíamos la procesión) teniendo una reliquia de nuestros héroes a la cabeza de la procesión, me pasaba por la mente la sencilla idea de que, “estábamos caminando con los mártires”. En un primer momento puede ser que incluso a mí me pareció una tontería, pero, ¿y si no fuese una tontería? “Estaban ahí, sus reliquias nos acompañaban, parte de sus cuerpos, que un día estarán gloriosos en la Jerusalén celestial…
Quizá en la historia muchos tuvieron la gracia de caminar con mártires -quizá aun estando en vida estos últimos-, sin duda que muchos han tenido la oportunidad de participar en alguna procesión con reliquias de santos, incluso quizá mártires, pero, ¿cómo es caminar junto a un mártir? Volviendo a la comunión de los santos a la cual me refería al comienzo, no hay como no pensar, estando en esta caminata, en la gloria que en este momento disfrutan nuestros beatos, no hay cómo no dar paso tras paso sin anhelar estar en el mismo lugar que ellos, no existe un modo de seguir estos kilómetros en dirección al cementerio de Barbastro sin pensar que a nosotros de modo especial, se nos hace imperativo y urgente, santificarnos al ejemplo de los mártires, prepararnos y predisponernos a ofrecer nuestras vidas en un sacrificio vivo, agradable a Dios, dentro de nuestros claustros, de nuestros monasterios, dentro de nuestras celdas, en nuestro silencio… nos urge el llamamiento de la sangre de estos mártires a juntarnos a ellos en las filas de su ejército en el cielo. Quizá a algunos Dios les tiene preparado el martirio, pero, no importa mucho si el martirio viene por el derramamiento de sangre o por el holocausto del propio yo cotidianamente, lo que importa es que cuando llegue la muerte, la dichosa muerte, que no se apiade de nosotros y que tampoco tarde en hacernos traspasar el umbral de la eternidad, allá nos esperan, aquí el mundo ya nos tiene por muertos.”
Este pensamiento rondaba mi cabeza mientras hacíamos la procesión, así caminamos con los mártires en este año, así debemos intentar vivir y llegar un día a gozar de las dulzuras celestes junto a ellos.
Y mientras tanto, que ellos intercedan por nosotros, y qué nos bendigan a todos.
¡Viva la Virgen del Pueyo, viva los Beatos Mártires Benedictinos del Pueyo, Viva el Verbo Encarnado!
Sem. Harley D. Carneiro
Monasterio Nuestra Señora de El Pueyo






