Por: P. Jason Jorquera, IVE
Queridos amigos:
En cuanto reabrimos el monasterio, por gracia de Dios, comenzaron a aparecer las visitas. Y como todos sabemos, debido a toda esta situación del Covid, las posibilidades de viajar a peregrinar están por ahora en espera, razón por la cual, la gran mayoría de nuestras visitas han sido grupos locales de diferente creencia a la nuestra, lo cual se ha convertido a menudo en una gran oportunidad de presentar lo que es e implica nuestra vida consagrada.
Ciertamente llama la atención nuestro acento al recibirlos y hablarles en la lengua local, el hebreo (pese a no hablarlo tan bien como quisiéramos), lo cual normalmente es el inicio seguro de un diálogo en el cual surgen las preguntas que para ellos resultan de gran interés, como el por qué de nuestro estilo de vida, «cómo podemos vivir con tanto silencio», «qué dicen nuestras familias de nuestra renuncia por seguir lo que Dios nos pide», «cómo es nuestro horario», y hasta -en más de una oportunidad-, «cómo descubrimos este llamado».
Mirando hacia atrás, cuando solamente podía decir un par de saludos y unas pocas expresiones como monje recién llegado, es notable la satisfacción de poder dar a conocer aun limitadamente (me falta bastante vocabulario para poder expresar mejor este vivir dedicados a Dios en la vida monástica), lo que significa para nosotros estar aquí, en un lugar santo y rezando y ofreciendo sacrificios mientras «le cuidamos la casa a santa Ana»; y a partir de ello poder intercambiar opiniones, y explicar algo acerca de «lo que nosotros creemos, nuestra fe», aprendiendo sobre la de ellos, y todo con un trato agradable, ya que automáticamente las personas se alegran del esfuerzo que ponemos en hablar mejor la lengua y mantener este lugar con alegría, concluyendo, por lo general, con un «de nada» de nuestra parte, y un «todá rabá, zé meanién» de parte de nuestras visitas, que quiere decir en hebreo «muchas gracias, es interesante». Y me detengo en esta expresión porque, justamente, lo «interesante» es aquello que despierta el interés, que llama la atención y que de alguna manera nos obliga a considerarlo y reflexionar; y es por eso que no nos detenemos ante lo que no nos interesa, a lo sumo lo padeceremos; pero cuando «hay algo especial» -en este caso, una vida consagrada totalmente a Dios-, se despierta el interés (porque «zé meanién»), y buscamos profundizar, aprender más, y dedicar tiempo…
«Zé meanién», la expresión que aquí tanto escuchamos, nos debe ayudar a considerar constantemente dónde están nuestros intereses, y cómo está «nuestro gran interés que es Dios»; porque si perdemos de vista esto entonces nuestra vida se encamina a un fracaso espiritual seguro (si no nos corregimos), ya que quien se interesa de otras cosas o de sí mismo más que de la gloria de Dios y salvación del alma, sencillamente ha perdido el rumbo. Y esta es la gran advertencia que debemos tener muy presente en tierra de misión: que lo más importante no es la lengua, ni un jardín reluciente o que podamos realizar todos los arreglos y proyectos que deseamos para el monasterio; sí, todo esto es importante, pero siempre y cuando sea en orden a Dios, nuestro gran interés; Aquel que es la razón de todas nuestras renuncias y que jamás debe perder el lugar central que le corresponde no sólo en la vida del consagrado, sino de todo creyente; preguntándonos constantemente «cuánto me intereso por la gloria de Dios»; y buscarla en todo lo que hagamos, a partir de una intimidad cada vez mayor con Él en la oración.
La vida consagrada se vivirá con intensidad, en la medida de que Dios siga siendo nuestro gran interés; y esto se percibe, y llama la atención, y será muchas veces el inicio del diálogo con los demás en tierra de misión.
Encomendamos a sus oraciones a todos nuestros misioneros, para que puedan despertar siempre en los demás el interés por Dios y por su gloria; y para que podamos ser siempre fieles a su santa voluntad, faro y guía de nuestras vidas.
P. Jason Jorquera, IVE