Por: P. Marcelo Molina, IVE

Pampaconga, 05 de abril de 2023

Miércoles santo

Estamos en la mitad de la Semana Santa, y a un día de comenzar a conmemorar y celebrar el Triduo Pascual. Como dicen nuestras Constituciones: “momentos fuertes” de la pastoral parroquial. Fuertes, en el sentido de todas las actividades que se deben organizar en una parroquia; pero fuertes, sobre todo, por el hecho de que se trata de un tiempo de gracia único en el año. A través de lo “visible” de las celebraciones, lo “invisible” y “trascendente” de la gracia de Dios llega a las almas produciendo frutos copiosos de conversión y santidad.

Les escribo desde una de las comunidades campesinas de nuestra Parroquia de Limatambo; concretamente desde Pampaconga. Y escribo para compartir con ustedes, queridos lectores, una actividad tradicional, y que desde hace algunos años no se podía realizar.

Todos los años, en el marco de la Semana Santa, los alumnos del último curso de Secundaria tenían la práctica de subir a un cerro vecino, en donde se encontraba una antigua cruz que, por razones que aún desconozco, ya no se encuentra más en el lugar. El asunto está en que Dios nos ha bendecido este año enviando al Colegio de Pampaconga un profesor de Religión de ésos con los que uno puede confiar y esperar un gran y abnegado trabajo; es nuevo en el Colegio, y está continuando la labor de la profesora que fue trasladada precisamente al Colegio de Limatambo (otra gracia enorme también, pues se trata de una verdadera cristiana y gran apóstol entre sus estudiantes, y que, ahora, está más cerca de nuestra parroquia).

Me propuso este profesor volver a organizar esta práctica, pero esta vez ¡con todos los alumnos del Secundario, cargando una nueva cruz para dejar allí plantada, y rezando el Santo Vía Crucis! Y así fue. Los chicos iniciaron la subida cerca de las 9 de la mañana, acompañado de sus profesores y de la Hna. María, Lirio de Castidad. Después de plantar la cruz, y celebrar con entusiasmo este gran signo, descendieron al Colegio para tener allí la Santa Misa. Antes de la celebración, algunos profesores y alumnos pudieron recibir el sacramento de la Confesión, como preparación para la Pascua. Hoy, por la tarde y por la noche, vendrán los demás alumnos y demás fieles para participar de Liturgia penitencial y así poder confesarse. La jornada finalizará con la Santa Misa para toda la Comunidad.

Hasta aquí el relato de lo acontecido hoy; algo muy sencillo de narrar, ciertamente. Pero por encima de todo, la impresión que deja todo esto en el alma:

Primero. Compruebo una vez más que es el mismo Espíritu Santo quien no sólo dirige a la Iglesia, sino también el que hace surgir una y otra vez en las distintas culturas la fe verdadera, la fe profunda del Pueblo de Dios, que busca amar a Jesucristo a través de la auténtica piedad popular, tan enraizada en la historia de la evangelización de estos pueblos: adorar a Jesucristo en el misterio de la Santa Cruz, visible en las cruces de madera esparcidas por los caminos y cerros de estos pueblos andinos, y ser conducidos suavemente a la fuente de la Gracia, al pedir la Confesión y participar de la Santa Misa, comulgando quizá después de cuánto tiempo.

Segundo. Pensé mucho en este día, sobre todo al mirar una de las fotos, en la que cuatro alumnos van sosteniendo la cruz, mientras es puesta en tierra; uno de los chicos tiene la mirada fija en lo alto, quizá para ir asegurando que quedase derecha… quizá viendo y contemplando algo que sólo el Señor sabe. Lo cierto es que esta imagen, junto a todo lo transcurrido en el día de hoy, me hizo ver la necesidad que tiene cada joven (y cada ser humano) de que la Cruz de Cristo sea clavada en sus corazones, como en tierra firme, porque “todo lo que la Cruz toca, fecunda”. Y que sea la misma Cruz del Señor muerto y resucitado la que transforme esta generación de tantos adolescentes con el corazón vacío de Dios y lleno hasta la hartura del mundo.

Me llevó a repensar una vez más sobre el siguiente interrogante: ¿qué le damos a nuestros jóvenes? Ciertamente que se trata de una reflexión que debe convertirse en obras concretas: debemos trabajar para clavar la Cruz de Cristo en el corazón de todos los hombres, y ¡cuánto más en el corazón de los jóvenes!

“Y la cruz volvió a su lugar”: fue el primer pensamiento gozoso que surgió en mi ánimo al contemplarla desde el pueblo. Volvió a su lugar para proteger a este pueblo sencillo de Pampaconga, y para pregonar desde allí que la auténtica vida del hombre está en Dios y en su Hijo Jesucristo, muerto en la Cruz para la salvación de nuestros pecados, y resucitado para que tengamos nueva vida. Volvió a su lugar para recordarnos a los misioneros de estas tierras la cantidad de corazones en los que la Cruz fue arrancada. Volvió, sobre todo, para infundir en nuestras almas el suave soplo del Espíritu que nos ha de impulsar para gastar y desgastar nuestras vidas, hasta ver a Cristo formado en nuestros hermanos.

¡Feliz Triduo pascual para todos!

P. Marcelo Molina, IVE