Por: P. Diego Cano, IVE

Kangeme, Kahama, Tanzania, 9 de diciembre de 2023.
Día de San Juan Diego.

Ahora que regreso de unas vacaciones en casa con la familia, retomo estas crónicas de la misión. Ciertamente hay muchas cosas que contarles, que han sucedido en la misión durante mi ausencia. Espero poder hacerlo, luego de que los padres y hermanas que han seguido con las actividades de este tiempo me cuenten detalles de las mismas. Pero lo iremos haciendo con tiempo, Dios mediante.

Ahora regreso de las vacaciones, y durante el viaje pensaba en lo que significaba para los misioneros de antes, de siglos pasados, salir para la misión. Nos hemos emocionado al leer páginas inolvidables de las despedidas de los grandes misioneros, dejando todo para seguir a Cristo y yendo a tierras desconocidas. En aquellos tiempos, en que los viajes por tierra y por mar implicaban tantos peligros. Los viajes por tierra eran odiseas de años, y también llenos de riesgos. ¡Cuántos misioneros murieron en el viaje sin poder ver con sus ojos su tierra de misión! Cuando se despedían de sus familiares, se despedían para siempre. Era muy raro, casi imposible, salvo algunas excepciones, poder regresar a la tierra natal. En aquellas épocas las comunicaciones se limitaban a las cartas, que llegaban después de muchos meses. Finalmente recordemos que en los lugares a donde llegaban, les esperaban condiciones de vida muy sacrificadas, con enfermedades, sin medicinas y tratamientos. Muchos misioneros ofrecían sus vidas en el lecho de la enfermedad por el bien y la prosperidad de la misión.

Hoy en día las condiciones son muy distintas para los misioneros, aunque varía un poco de acuerdo a los distintos lugares. Pero en general podemos decir que el misionero se despide de su casa, con la esperanza de volverlos a ver. Normalmente se esperan las vacaciones, y el viaje, aunque puede significar varios sacrificios, no se comparan a los de antaño. Por otra parte, por el avance de la ciencia médica, y las posibilidades de acceder a mejores cuidados, han alejado el temor de una muerte prematura. Tenemos acceso a medicinas y vacunas, y muchas enfermedades que cobraban tantas vidas de misioneros, hoy no las tememos como antes, como fueron la fiebre amarilla, el cólera, el tifus, la malaria, etc. Por último, respecto a las comunicaciones, la comparación es imposible. Hoy en día podemos hablarnos, y hasta vernos, con gran facilidad y frecuencia, por medio del internet. Por todo esto, pensaba cuando viajaba de regreso a la misión, que los misioneros de hoy no nos podemos ni comparar con aquellos gigantes de antaño. Sin embargo, el considerar las dificultades de ellos, nos alienta a nosotros a abrazar las dificultades que se nos presentan, que serán en algo parecidas, sean pequeñas o sean grandes.

De manera particular pensaba en lo que significaba «dejarlo todo» para ir a la misión. Muchos de ellos se despedían de una vez y para siempre de sus padres, de sus hermanos y familiares, de sus amigos, y de su patria, con todo lo que ello significa: la cultura, la lengua, las tradiciones… «dejándolo todo, lo siguieron», como nos dice el evangelio hablando de los apóstoles. Muchas veces significaba no volver a verlos nunca más en esta tierra.

Y si ahora consideramos la entrega que debemos hacer los misioneros de hoy, claro que en parte es diferente, pero en gran parte es lo mismo. Nos despedimos de nuestros padres, hermanos y amigos, y partimos para la tierra de misión. Debemos hacerlo con entrega total, sin desear recuperar lo que ya hemos ofrecido. Aquellos misioneros se despedían una sola vez, y nosotros debemos renovar esa entrega cada vez que vamos de vacaciones. Siempre será un gran sacrificio despedirse de los padres y hermanos, y dejar la patria, y volver a la misión. Cada vez que vamos de vacaciones se nos hace un nudo en la garganta al despedirnos de nuestros padres y hermanos. Y aquella entrega que hicieron los grandes misioneros de una vez para siempre, recuerdo en esos momentos de despedidas, nosotros la debemos renovar una y otra vez.

La entrega, debe ser la misma, «dejándolo todo, lo siguieron» (Lc 5,11)… nosotros, con más posibilidades y ayudas que aquellos misioneros, pero tal vez con otros desafíos. Sin embargo, siempre con el mismo espíritu. Ellos fueron capaces de una generosidad inmensa, y son ejemplo para nosotros, que nos tocan cosas mucho más pequeñas; si ellos pudieron con aquellas, nosotros podremos con éstas, con la gracia de Dios.

Para todo misionero, la salida a la misión también produce gran alegría espiritual. Lo que siempre nos anima es mirar hacia adelante, mirar las almas que nos esperan, las obras que hay que seguir llevando adelante, y sobre todo, mirar al premio que se nos promete si somos fieles… «y todo aquél que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna.» (Mt 19,29).

Aquí me encuentro ahora, escribiendo nuevamente desde Tanzania, con la felicidad de ser sacerdote y misionero del Verbo Encarnado. Vuelvo a las crónicas, a lo de siempre, a nuestra vida cotidiana, a lo que Dios nos pide. Recen por todos los misioneros, recen por los misioneros de esta misión de Tanzania, y recen para que seamos fieles a todo lo que hemos aprendido desde siempre en nuestra querida Congregación, y que hemos heredado del P. Buela, nuestro fundador.

Dios los bendiga… y ¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE