Por: P. Diego Cano, IVE

Kangeme, Kahama, Tanzania
18 de enero de 2024

Estimados amigos de la misión, les escribo en medio de muchas actividades, y por eso mil disculpas si muchas cosas quedan en el tintero. Es difícil recordar todo, y escribirlo, sobre todo cuando han pasado algunos días. Trataré de compartirles algunas reflexiones que se me han venido a la mente, a raíz de la celebración de navidad, de paso, puedo contarles otra vez cómo son las costumbres de las celebraciones de esas fiestas por estos lados.

En la Nochebuena, acostumbramos, al final de la misa, hacer la veneración del Niño Dios, de la imagen del Niño Jesús, como es tradición en todos lados. Ahora bien, otra vez les cuento, para los que no hayan leído las crónicas de navidades anteriores, que en esta cultura no está la costumbre de besar, y mucho menos las imágenes. Es por eso que cuando llega el momento de la veneración de la imagen, explico que hay varias maneras de adorar al Niño Jesús, como por ejemplo: con una reverencia, o tocando la imagen con la mano y haciendo una señal de la cruz, o dándole un beso. Todas estas maneras, vienen ejemplificadas con gestos, que trato de hacer claramente. Me llama la atención que cuando toca el turno de dar el beso a la imagen, muchos se sonríen, como que es algo muy extraño y les causa gracia. Años atrás, les decía que había que besar la imagen, y me pasaba que muchos lo hacían como con vergüenza, rápidamente, sin devoción… Y a veces nos encontrábamos con los gestos más graciosos, como por ejemplo apoyar la nariz, o apoyar la frente, y hasta algunos que lamían la imagen. Lamentablemente, en alguna ocasión algunos le tiraban saliva, y si bien eso es tan violento para nosotros, me manifestaba que lo que se hacía era muy extraño para muchos de ellos. Por eso, cuando comienza el rito de la adoración del Niño, prefiero que elijan la forma con la que ellos se sienten más cómodos para expresar ese acto. En esta navidad pude ver que la gran mayoría optaba por tocar la imagen y hacer la señal de la cruz, otro una reverencia profunda, y muy pocos besaban la imagen. Pero los que lo hacían, realmente era con mucha devoción.

Como adicional, les cuento que a todos los niños que vienen a participar de la misa de la fiesta, les regalamos un dulce, que esperan ansiosamente. Eso hace que en la iglesia veamos muchos rostros que no acostumbran a estar, sino que vienen porque sus amigos les dicen que al final de la misa les dan un regalo. Para aprovechar la oportunidad para catequizar, a todos los niños les decimos que pasen a adorar al Niño Jesús, a adorarlo, porque es el Hijo de Dios hecho hombre, y que el Niño Jesús les trae un regalo en esa noche tan grandiosa para toda la humanidad. Ese regalo, se expresa con ese dulce. Cuando me pongo frente al altar con la hermosa imagen del Niño Jesús en mis manos, el coro comienza a cantar villancicos, y el catequista y un hermano se paran a sendos lados con las cajas de “chupetines” (sé que en cada país se los llama de distinta manera, por eso deberán hacer la traducción, como “colombinas”, “chupetes”, etc.). Se produce un alboroto, ¡llegó el momento de recibir el regalo! Y entonces es cuando llega el momento también de ver cómo expresan su saludo al Niño… y aquí conocerlos, sobre todo ir viendo cuántos son católicos, pues se saben hacer la señal de la cruz. La mayoría optaba por tomar gracia del Niño, y hacer la señal de la cruz, pero en casi todos esta última resultaba un garabato incomprensible. Se veía que muchos imitaban lo que veían hacer al de adelante, y que difícilmente lograban formar una cruz. Me alegraba de todas formas de que ellos pasaran a venerar al Niño Jesús, y me imaginaba que muchos de ellos eran como los pastores que aquella noche llegaron al pesebre, sin saber mucho más que aquello que escucharon de los ángeles, que “ha nacido un Redentor”, que es el Hijo de Dios. Pero a la vez me admiraba que de esa multitud de niños, que en la misa estaban tan quietos y escuchaban y miraban todo, la mayoría, yo diría un 70%, no sabían hacerse la señal de la cruz, y tal vez la mayoría de ellos eran paganos.

Esta experiencia también la viví los otros días en otra circunstancia totalmente distinta. Se trataba de un funeral, y aquí los funerales son participados por todo el mundo, todos los vecinos deben ir, o de lo contrario pagarán una multa. Por eso en los entierros se puede ver la realidad de la sociedad en la que estamos misionando. Como la señora que había fallecido era católica, y había recibido todos los sacramentos antes de morir, el entierro se hizo con el rito católico, y en este caso, pude ir a celebrar la santa misa. Allí, ante esa multitud, se pide que los que son cristianos católicos se pongan cerca del altar, pues son los que saben las respuestas de la misa, cuando hay que pararse o sentarse, etc. Pero los familiares del difunto deben estar cerca también, pues es la despedida, y aunque no sean católicos, participan. Al final de la misa todos pasan, especialmente los parientes, a dar el último saludo al cuerpo, antes de cerrar el cajón. En ese momento van pasando y algunos hacen una reverencia, y los que son católicos, se detienen y hacen una señal de la cruz. También pude comprobar la gran cantidad que no son cristianos, y muchos que querían hacer la señal de la cruz, y sólo atinaban a hacer algo parecido. También puedo decir que era una pequeña minoría que parecía ser católica, con algunas caras conocidas.

Entonces también pensaba en los números que nosotros manejamos. Pues algunos que escuchan decir que tuvimos 1.350 niños en el campamento de fin de año, quedan admirados por la gran cantidad. Y a veces a nosotros mismos, los misioneros, nos puede parecer mucho. Sin embargo, si comparamos con la cantidad de gente que vive en nuestras parroquias, debemos ver que es una minoría, y que todavía nos queda muchísimo trabajo misionero… mucho trabajo “ad gentes”. Entre nuestras dos parroquias se calculan unos 70.000 habitantes. Si pensamos que tal vez un 30% son niños entre 7 y 14 años de edad, si no hago mal los cálculos, tendríamos unos 21.000 niños. Es decir que estos 1.350 niños católicos que participaron en los campamentos son un 6,42% de los niños entre 7 y 14 años que habitan en nuestras dos parroquias. En fin, que vemos un gran trabajo por delante, y vemos que es mucha la gente que no conoce a Cristo, pues la mayoría en estos lados son paganos. Pues este cálculo de los campamentos nos sirve de ejemplo, que se podría aplicar a la cantidad de gente que participa de la misa o celebración de la Palabra los días domingos, puede ser parecido. A veces vemos la iglesia llena el día domingo, hasta gente afuera, pero debemos pensar que los que no vienen, son la mayoría, y que debemos seguir trabajando con todas nuestras fuerzas.

Pero ante ese panorama, sobre todo cuando uno viaja por la parroquia, pasando por aldeas lejanas, y ve que la mayoría de las personas no saben siquiera que somos “el padre”, o el misionero… me pongo a pensar que sin embrago, cada vez que alguien se bautiza, o comienza a rezar, es una victoria de la misión, es una victoria rotunda de Cristo en esa alma. Y no nos desanima mirar lo que falta, porque miramos las victorias rotundas en las almas, en los que se han convertido, en los que regresan después de años, en los que se confiesan luego de una larga vida lejos de Cristo y de su gracia. Estamos convencidos de las grandes victorias de Cristo en miles de almas. Y aunque sólo fuera un alma, ¡es una victoria rotunda! Por eso, en la misión, avanzamos de victoria en victoria, por la sangre de Cristo que salva a las almas. Y miramos el campo a misionar, y sólo nos encomendamos a Dios ya a su Madre, que nos preparen muchas victorias en tantas almas.

¡Viva la misión! ¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE