Por: P. Jason Jorquera, IVE

Queridos amigos:

Escribía san Juan Pablo II que, «en la resurrección se reveló el hecho de que ‘en Cristo reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente’ (Col 2, 9; cfr. 1, 19). Así, la resurrección ‘completa’ la manifestación del contenido de la Encarnación. Por eso podemos decir que es también la plenitud de la Revelación. Por tanto, como hemos dicho, ella está en el centro de la fe cristiana y de la predicación de la Iglesia».

Creer en Cristo Resucitado, en primer lugar, da consuelo a nuestros corazones afligidos; da calor a nuestra alma para que se entusiasme nuevamente a reparar nuestra vida de pecado y seguir las huellas del divino Maestro; nos mueve a correr en busca de la Madre de los Dolores, pero no ya para consolarla, sino para contemplarla gloriosa en la gloria de su divino Hijo; porque creer en Cristo es sintonizar nuestros corazones con el Corazón del Resucitado, para que ambos puedan latir juntos por su gracia en el Amor de la redención.

Contemplar la resurrección de Cristo es dar seguridad a nuestra fe, avivar nuestra esperanza, enardecer nuestra caridad; y dar descanso y consuelo a nuestro corazón. Es por esta razón que celebrar el Triduo Pascual en Jerusalén constituye una de esas gracias inefables que no se pueden expresar completamente con palabras, pero que de todas maneras se pueden más o menos compartir al contarlas, y eso es justamente lo que queremos hacer ahora con ustedes, compartiendo tanto la alegría de este tiempo Pascual que acabamos de comenzar, cuanto el gozo interior de haber podido rezar en los mismos santos lugares, que permanecen hasta nuestros días como testigos silenciosos que confirman irrefutablemente la historia de la redención.

El lunes, martes y miércoles santo: trabajo intenso en el monasterio, arreglos; cosecha de limones para mermeladas, trabajos de jardín, etc.

El miércoles santo por la tarde: viaje a Jerusalén, hospedados a 5 minutos caminando del Santo Sepulcro, para participar del Triduo Pascual y demás celebraciones en la Ciudad Santa. Santo Rosario en el Calvario por la noche.

Jueves Santo: Misa crismal y cena del Señor en el Santo Sepulcro; 250 sacerdotes concelebrantes y la participación de las hermanas SSVM, religiosos de muchas congregaciones y feligreses tanto de Jerusalén como de lugares cercanos.

Por la tarde nos dedicamos a la lectura de todos los capítulos que narran la pasión hasta el prendimiento (de los cuatro Evangelios), con los padres en el techo del Cenáculo, lugar de la primera Santa Misa de la historia, presidida por el mismo Jesucristo acompañado de sus discípulos. A continuación, liturgia en Getsemaní por la noche y veneración de la roca de la agonía, lugar donde antaño nuestro Señor padeciera tristeza mortal en su alma a causa de los pecados de la humanidad, al punto de sudar sangre.

Luego rezo del santo rosario con toda la Familia Religiosa peregrinando rumbo a san Pedro Gallicanto, siguiendo el mismo recorrido de nuestro Señor aquella noche santa, y oración personal en el lugar de las negaciones, leyendo salmos penitenciales en la cisterna donde Jesucristo pasó la noche antes del Calvario.

Viernes Santo: liturgia y adoración de la santa Cruz ante una reliquia de la misma en el Santo Sepulcro por la mañana; rezo del Vía Crucis por la Vía Dolorosa con los franciscanos y cristianos locales por la tarde; liturgia del funeral de Cristo en el Santo Sepulcro por la tarde-noche, donde se desciende de la Cruz una hermosa imagen articulada del Señor, y se recrea dicho descenso para ser llevado hasta el Santo Sepulcro, pasando previamente por la roca de la unción donde los ungüentos y aromas se aplican antes de continuar hasta el lugar donde descansó el cuerpo del Señor hasta su triunfal resurrección.

Sábado Santo: Vigilia pascual “por la mañana” (sólo aquí en Jerusalén se hace así por Status Quo), y festejos al medio día con toda la Familia Religiosa.

Ciertamente fueron días físicamente intensos, con ceremonias de hasta 3 horas; sin embargo, el tiempo se pasaba realmente volando al ir participando de la hermosa liturgia que se lleva a cabo en los santos lugares: largas y solemnes procesiones, incienso, cantos en latín y hermosas oraciones y ritos especiales que acompañaron todas las celebraciones, se convertían inevitablemente en una invitación a la oración, haciendo de todo el Triduo un tiempo espiritualmente intenso también.

Tuvimos presente las intenciones y necesidades de toda nuestra Familia Religiosa, y de todas aquellas almas encomendadas a nuestras oraciones y ministerio; todos aquellos que rezan por nosotros y nos acompañan a la distancia con sus plegarias, y todo ello en los santos lugares de Jerusalén.

La Resurrección de Cristo es, en cierta manera, el comienzo de la Vida Eterna, el principio de una era nueva sin fin. Vivir la resurrección de Cristo es incorporarse a este nuevo estado, preparándose así a la vuelta gloriosa del Señor. De ahí lo que nos anuncia San Pablo: «cuando se manifieste Cristo, que es vuestra vida, entonces vosotros también apareceréis con Él, llenos de gloria». Nos toca, pues, vivir la resurrección de Cristo, y pregustar su triunfo definitivo.

Mientras tanto, seguimos peregrinando en esta vida mortal, con nuestros defectos y limitaciones, con nuestros pecados y tentaciones. Pero a pesar de todo, en todas nuestras dificultades y en cada una de nuestras batallas nos anima saber que nuestra Cabeza ya ha triunfado.

Lo que nos queda es tan sólo librar la batalla y alcanzar la victoria en el interior de nuestro corazón.

Que la alegría pascual se prolongue en nuestras vidas, en cada momento, en cada cosa que hagamos, sabiendo que en nuestra fidelidad a la gracia de Dios ya está presente nuestra resurrección de entre los muertos para vivir junto con Cristo para siempre, para nunca más morir.

Le pedimos esta gracia a la Santísima Virgen, Madre de Jesucristo resucitado.

 

P.  Jason Jorquera, IVE