Por: P. Diego Cano, IVE

Ushetu, Tanzania, 6 de mayo de 2021

Al día siguiente de lo que les venía contando, me tocó hacer la visita a Salawe, una de las aldeas cercanas a Mazirayo. Allí ya había un nutrido grupo de feligreses para la Misa, aunque yo llegué un rato antes a propósito, como para poder ver la organización y sobre todo poder tener un buen tiempo de confesiones. Creo que a esta aldea no veníamos a celebrar Misa desde las primeras comuniones del año pasado, en diciembre. En esta capilla se destacan los niños que salen a recibir la camioneta siempre, cantando y con mucha fiesta.
La capilla está dedicada a San Luis Rey de Francia, y es verdad que lo elegimos a propósito, por un motivo muy especial. Un grupo de amigos, que se juntaron para ayudarnos a construir esta iglesia, son todos de San Luis, en Argentina, mi ciudad natal. Para recordarlos siempre a ellos es que le pusimos este patrono. La gente recuerda rezar por los que los han ayudado.
Aquí pude sentarme más de una hora a confesar… y venían sin demorarse entre una y otra persona. Se rezó el rosario, y el coro practicó cantos, mientras se sucedían los penitentes. En la santa Misa tuve el gozo de bautizar a cinco adultos, y 26 niños y jóvenes. Los adultos eran todas señoras que han hecho sus dos años de catecumenado. Ellas también recibieron la primera comunión y la confirmación. Una de ellas eligió el precioso nombre de María Luján… una gran alegría para mí bautizarla con el nombre de Nuestra Madre amada de Luján. Una alegría saber que su devoción sigue creciendo entre nuestra gente.
Luego de la Misa, como siempre, un muy sencillo y alegre almuerzo, todos sentados afuera, compartiendo como una gran familia. Después hicieron algunos cantos y bailes, y les entregué los sencillísimos regalos que les hemos podido conseguir: un rosario, una medalla, y un caramelo. Cerca de las cinco de la tarde comencé el regreso desde Salawe a Mazirayo, disfrutando del paisaje que se ve desde una gran colina que hay que cruzar y que me gusta mucho, porque la mirada llega muy lejos, con vista de una sucesión de colinas y campos cultivados.
Al otro día, jueves, tenía lugar la visita a la aldea de Nonwe, que tiene por patrono a San Miguel Arcángel. Aquí nos esperaba una larga historia, que espero no hacérselas tan larga a ustedes en ésta crónica. Nonwe es la última aldea hacia el oeste, y quien llega a Nonwe en vehículo, llegó al final del camino. Desde allí no se puede cruzar a ninguna parte. Está rodeada de parques nacionales y reservas forestales y faunísticas. Aquí vive mucha gente, pero en su gran mayoría son paganos. También hay muchos musulmanes y protestantes.
La capilla de esta aldea es por demás pequeña, y siempre que vamos a celebrar Misa allí hay que ir dispuesto a traspirar de lo lindo. Por suerte esta vez el catequista tenía mejor organizado el asunto de las fórmulas de bautismo, y no nos demoramos tanto como el año anterior. También pude confesar bastante aquí, hasta que ya no habían más penitentes. Una señora, después de la confesión me pidió que fuéramos a ver a su papá, que pedía el bautismo y estaba bastante enfermo. Le pregunto si vivía en Nonwe, si era cerca, y me dice que sí, “vivo aquí”. “Bueno, entonces después de los festejos, con mucho gusto vamos, con el catequista también”.
En la celebración se bautizaron 24 niños y jóvenes, y dos adultos. Luego de la santa Misa, comida, festejos, y regalos, como de costumbre. Había muchísima gente. Durante la Misa, había más gente afuera que adentro. La capilla tiene el techo de chapas, pero se está cayendo porque las maderas están apolilladas. Han comenzado a construir una nueva iglesia, y ellos mismos han hecho los cimientos y han cocido una buena cantidad de ladrillos. Ojalá que podamos levantar pronto la nueva capilla, que tanta falta hace.
Bien, después de despedirnos de todos, subimos a la camioneta con la señora y sus hijas, el catequista, y algunos líderes. La camioneta iba llena. Comenzamos a andar por Nonwe… y luego ya dejamos las casas un poco atrás. Seguimos andando y andando, los caminos muy angostos y destrozados, algunos de ellos se los veía como el simple cauce de un arroyo. Cada vez se hacía más difícil avanzar, y cuando ya habíamos hecho cerca de tres kilómetros, llegamos a un gran campo de arroz, hermoso, con todos los cultivos maduros. Pero allí mismo había una parte de barro que nos hacía dudar si podríamos pasar. Sobre todo porque no veíamos huellas de otros vehículos, y porque no conocíamos. Como ya era medio tarde, y estábamos en un lugar tan apartado, decidimos dejar la camioneta allí y seguir caminando, porque si se nos entierra, tal vez no tengamos a nadie que nos ayude.
Le reproché un poco a la señora que me había dicho que vivía allí mismo, en Nonwe, y que me había dicho que era cerca. Pues si me hubiera avisado, hubiéramos salido más temprano, o habríamos ido en moto, para poder cruzar el barrizal del campo de arroz. Reproches totalmente injustificados, pues para ellos “es cerca”.

Eso sí, le pregunté si de verdad era Nonwe y allí me reconoció que esa aldea se llama “Ifurugutya Ndezu”, en expresión sukuma. En Swahili se llama “Nabe”, y hasta que me pude aprender el nombre en sukuma preferí el de Nabe. Comenzamos a caminar, y si no fuera porque era bastante tarde, y no sabíamos cuánto íbamos a caminar, creo que lo hubiera disfrutado mucho más, como sí disfruté del atardecer al regreso.
A medida que avanzábamos me explicaban que las colinas que se elevaban a nuestra derecha y al frente, eran ya de la reserva natural. Bosques llenos de animales salvajes, y muchos kilómetros de reserva natural. Desde un punto del camino por dónde andábamos se veía un río, que es el límite natural de la reserva. Podíamos pensar que estábamos llegando al límite total de nuestra misión. Más allá ya no hay más gente. Caminamos con un clima cada vez más agradable, pues atardecía. En el camino veíamos grupos de niños a los que yo los saludaba y no respondían nada, ni con la mano. Los que me acompañaban decían que muchos de esos niños nunca han visto a un misionero. Se pusieron a sacar cuentas y decían que en todo el poblado de Nabe habrían ocho casas de católicos.
Luego de pasar por hermosísimos campos, cruzamos un pequeño bosque y llegamos a la casa. Allí habían algunos jóvenes, y estaba el esposo de la señora que nos llevaba. Todos paganos. La señora se había bautizado hace un año, y ahora sus hijas están todas en catecismo.
Allí en el patio estaba el abuelo, con hemiplejia como se podía ver. Luego de saludarnos, comenzamos el rito, pues debíamos tratar volver de día hasta la camioneta al menos. Hicimos el bautismo, y tomó el nombre de Antonio. Confirmación y unción de los enfermos con indulgencia plenaria. No sé si estaría en peligro de muerte, pero la hija nos decía que estaba muy mal… y por otro lado pensaba, ¿cuánto tiempo puede faltar para volver otra vez por estos parajes? Allí les dejé rosarios y medallas de regalo y comenzamos el regreso. Quedaron muy agradecidos, y los paganos que estaban allí miraban con gran atención lo que pasaba, aunque algo a la distancia.
Volvimos disfrutando del lugar y de la caminata al atardecer. Pasamos por el centro del poblado, y estaban allí reunidos algunos grupos de hombres tomando café, o comiendo caña de azúcar. En los “negocios” habían grupos de mujeres. Todos nos saludaban en sukuma, y estaban sorprendidos de ver al padre por primera vez. En una casa se veía entrar a dos niñas con sus vestidos blancos del bautismo. Se habían bautizado en esa tarde… y ¡eran de Nabe! Pensamos que están a una distancia de casi seis kilómetros de la capilla. Y van caminando y regresan caminando todos los domingos… y para ellos “está cerca”.
Durante la celebración del bautismo en la casa, leímos el evangelio de San Mateo en el pasaje que Cristo manda a sus apóstoles a “ir, y hacer discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Y allí estábamos, en uno de los confines, bautizando y llevando a Cristo a las almas. La gente recibiendo el evangelio con alegría. En ese poblado no hay ninguna iglesia ni templo, y hay quienes van a rezar, caminando hasta Nonwe. Da alegría saber que las palabras de Cristo se siguen cumpliendo, dos mil años después. Eso muestra la fuerza de la predicación de Cristo, sus palabras que “son espíritu y vida”, y que “el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. Por más que griten, chillen, y protesten los enemigos de la Iglesia… La Iglesia de hoy sigue teniendo la fuerza del Espíritu Santo, y la presencia de Cristo, quien dijo: “Yo estaré con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo”.
Entre tantas reflexiones que se me venían a la cabeza, llegamos a la camioneta al atardecer. Comenzamos el regreso hasta Mazirayo, donde llegamos ya de noche. Agradecidos de haber ido hasta ese lugar, Iburugutya Ndezu, que yo no tenía ni idea que existía… dentro de nuestra parroquia.
¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE