Por: M. María del Cielo, SSVM

En nuestros conventos y Parroquias, solemos hacer lo que se conoce como “noches heroicas” cuando el Santísimo Sacramento queda expuesto en el altar y se adora a Jesús Eucaristía durante la noche, rogando por alguna intención en especial. Es muy conocida, por ejemplo, la noche del Jueves Santo, en la cual ante los Sagrarios o Tabernáculos de las iglesias se acompaña a Jesús, que esa noche sufrió su agonía en Getsemaní, hasta su muerte en cruz. Es un modo espiritual de unirnos a Nuestro Señor en su dolorosa Pasión.

Pues bien, las noches en la Parroquia Sagrada Familia, de Gaza, se pueden llamar, con toda razón, verdaderas noches heroicas. Largas noches desgranando el Rosario bajo los ruidos de misiles y bombardeos… uniendo esa oración a la Cruz de Cristo.

«Queremos quedarnos aquí, junto a los cristianos de Gaza, no tienen a dónde ir». Esa fue la respuesta, al inicio de la guerra, de nuestras hermanas Pilar y Perpetuo Socorro, unidas no solo por ser gemelas, sino por la misma vocación y la pertenencia a la misma Congregación Religiosa. Esa fue también la valiente respuesta del Padre Iusuf, sacerdote de nuestra Familia Religiosa presente en Gaza.

Nadie pudo imaginar, aquellos primeros días, que, el lugar provisorio para algunos parroquianos que pedían refugio, se convertiría realmente en la nueva casa de casi setecientos cristianos refugiados que lo perdieron todo.

Nadie se hubiera imaginado que aquel doloroso y terrible 7 de octubre donde murieron en Israel mil doscientas personas, se repetiría y se prolongaría durante casi cincuenta días más en Gaza, bajo bombardeos continuos, donde ya catorce mil personas han perdido la vida, quedando el resto de los dos millones trescientos mil habitantes sin electricidad, sin agua y sin un lugar seguro donde vivir.

Desde aquel primer día de la guerra en Gaza, las comunicaciones con nuestras Hermanas también se vieron afectadas, por lo cual no hay mayor alegría en el grupo de las superioras que integran nuestra Provincia, que ver un mensajito de Madre Pilar, que suele enviar cada mañana o apenas puede:«Estamos todos bien; aunque fue muy duro, pasamos la noche».

Otra noche más… Otra noche heroica que quizá pasaron en la iglesia, acomodando a los ancianos en los bancos para que estén más cómodos. Otra noche en la que renovaron su entrega inicial. Otra noche heroica que pasaron junto al Sagrario rogando a Nuestro Señor que los cubriera con su Corazón como con un escudo. Una noche más que sobrevivieron, que pudieron contener, servir y acompañar a los cristianos ortodoxos y católicos refugiados allí.

Así están viviendo estos días todos los misioneros allí presentes: las hermanas misioneras de la Caridad de la Madre Teresa; las religiosas del Rosario de Jerusalén; nosotras, Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará, y el padre Iusuf, miembros de la misma Familia Religiosa del Verbo Encarnado.

Ellos son como la lámpara que brilla constantemente ante el tabernáculo del Señor en el altar de Gaza.

Una vez, hace muchos años, estando nosotras en Belén bajo toque de queda, sin poder salir de nuestras casas por los enfrentamientos armados durante la llamada Intifada, entre Israel y Palestina, alguien me dijo: – «Para estar allí encerradas, sería mejor que salieran de la guerra y estuvieran más tranquilas». Yo le contesté: -«Eso siempre lo rechacé como una tentación». Porque precisamente era nuestra presencia silenciosa y “aparentemente inútil” la que seguramente daba fruto… rezando, ofreciéndonos por la tan ansiada paz, para que Dios protegiera las familias encomendadas a nuestras oraciones, con quienes estábamos en continua comunicación. De hecho, nuestra adoración al Santísimo, que por regla hacemos cada día, coincidía muchas veces con la hora en que se incrementaban los disparos y bombardeos. No era lo mismo rezar en Italia o en Argentina que rezar en Belén, compartiendo y sufriendo la misma situación de aquellas personas inocentes que sólo buscaban la paz. Pero para verlo se necesita la fe.

Mi emoción como Madre fue muy grande al constatar que la entrega generosa de nuestras hermanas en Gaza fue acompañada por otras tantas similares del resto de nuestras religiosas en Tierra Santa, que ante la opción de permanecer en una misión en guerra, con peligros de atentados y ataques de misiles que se reciben también cerca, dijeron: «Quiero quedarme, por amor a la Misión y para acompañar a nuestras hermanas en Gaza». Es que la caridad de Cristo une con lazos más fuertes que la sangre…

Ante esta actitud alguien puede preguntarse: ¿Qué puede llevar a una religiosa extranjera que tiene la posibilidad de “salvarse” y estar tranquila en otro lugar, a preferir quedarse en una misión dificil, bajo continuos bombardeos, con la tierra que se mueve bajo los pies, respirando el aire contaminado por las cenizas de incendios y de las armas, etc.?

¿Que puede llevar a una religiosa a decir SÍ, ante una opción que el mismo Instituto le propone elegir con toda libertad?

¿Qué es lo que la empuja a no anteponer a esta decisión su familia que reclama su presencia? ¿Qué es lo que la lleva a olvidarse de su propio bienestar y seguridad a querer arriesgarlo todo para que la gente que acudió a su cuidado se sienta sostenida y acompañada por aquel «quiero quedarme junto a ustedes»?

La respuesta la da Nuestro Señor en la Última Cena: «Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15, 12-13).

De ese modo, amando al prójimo y a Dios, podremos ser luz en medio de las tinieblas que ahora cubren el cielo de Gaza, bajo el humo de las bombas, misiles y disparos: «Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5, 16).

Quiera Dios que estas noches heroicas de nuestros misioneros en Gaza contribuyan a la paz y a despertar en los cristianos de occidente un mayor amor a Dios.

Muchos preguntan cómo ayudar… La oración está al alcance de todos, y, en estos momentos, urge el ruego fervoroso pidiendo por la paz.

¡Que la Santísima Virgen, Reina de la Paz, de fortaleza a nuestra comunidad cristiana en Gaza para que no decaiga en su fe!

Madre María del Cielo, SSVM

Misionera en Tierra Santa